miércoles, 4 de octubre de 2017

Terror comunitario en el Nido Colibrí

[Nido Colibrí, vereda La Floresta, Villamaría, Caldas, septiembre 17 de 2017: 10 p.m.]

De los tres convites y la cantidad de historias que podría sacarles, me quedo con la historia que aterrorizó durante dos noches a más de 25 personas que se quedaron en la casa para ayudar en el inicio de labores de construcción del Teatro Campesino del Nido Colibrí (aún pendiente de nombre). Esto fue hace ya tres semanas, en el primer convite campesino que tuvimos en la casa esta temporada.

Ocurrió dos días antes de la mencionada minga, el primer sábado de septiembre, que fue el día dos, entonces fue la noche del jueves anterior, 31 de agosto, madrugada del viernes 1 de septiembre. Acaso algo significativo haya en el cambio de mes. No recuerdo qué luna era, pero hoy estamos en casi en luna nueva. Entonces, faltarían algunos días para la luna llena (ahora recuerdo que dijimos que no sería buena fecha para sembrar, pero la expectativa nuestra era de tener tanta gente que a algunos había que ponerlos a sembrar aunque no estuviéramos en menguante).

Esa noche, a una hora que no me resultaba precisa, mientras dormía, cansado de la cantidad de preparativos que implicaba el convite, y quizás a consecuencia de ello, una extraña sensación de agua tibia invadió en segundos, pero de manera gradual mi conducto auditivo, como un agua que se escurre lenta hasta tapar el oído. La primera reacción mía fue pensar en sacarme el agua que seguro se coló por alguna gotera desconocida cayendo en mi oreja. Esto es fácil. Se pone la palma de la mano sellando lo más herméticamente posible toda la forma parabólica hecha de cartílago y se succiona invirtiendo la forma de la palma, tal como lo hace una chupa de baño. También existe la variante playera, saltando simultáneamente sobre el pie del mismo lado de la oreja invadida por el agua.

Pero no funcionó. El agua que había dentro de mi oreja comenzó de repente a zumbar dentro de mi cabeza, haciendo moverse a todo el mundo material a mi alrededor. El mundo retumbó en mi cabeza unos tres segundos y se detuvo, para alivio mío. Luego de un rato comenzó de nuevo. Yo pensaba rápidamente en qué hacer, cómo sacarme esa mosca de la cabeza. Recordé algún caso de una amiga gringa, a quien en un paisaje desértico, andando en su carro en busca de un lugar para acampar cerca de los elefantes, se le había metido una mosca en la oreja que le costó varios días sacar. Recordé su desesperación y pensé en la poca importancia que le había dado hasta ese momento. Pero me dije: -Puedo solucionarlo… Acto seguido, me metí a la ducha, eche por el conducto agua caliente, luego fría… el bicho se debatía aguerridamente dentro de mí por no dejarse sacar y el mundo hacía traslaciones verticales con mi cabeza a una velocidad que doblegó mi entusiasmo inicial. Paré de echarle agua y salí de la ducha resuelto a tomar la moto y subir corriendo a un hospital con atención de urgencias. Me vestí para ello y bajé. Entonces ví la hora. Era la una de la mañana. Vi unos palillos y pensé que podría sacarla, pero ni tuve éxito, ni tranquilidad. Mientras trataba, imaginaba que me reventaba un tímpano yo mismo por desesperado.


El animal se calmó un poco y me dejó pensar. ¡Un momento! Alguno de los chicos que viven conmigo podría ayudarme al menos a mirar lo que tengo y quizás me puedan ayudar a sacarla. Entonces desperté a Samir: -¡Samir, Samir! Hágame un favor. Ayúdeme a ver lo que tengo aquí, que creo que se me metió una mosca en la oreja… Él se incorporó, primero lento, con la pereza de que lo hagan a uno levantar a la madrugada. Luego, cuando comprendió, dijo: -¿Cómo así? A ver… Se acercó a mi oreja, le di el palillo, urgó un rato, conmigo aterrorizado, pero simulando autocontrol. –No veo nada profe… -Búsquemos una linterna, le dije. Trajo una de las que usamos para las bicicletas de noche. Pensé que alumbrar atraería a la mosca hacia la luz y la haría salir. Entonces nos hicimos en una parte en sombra a esa hora y alumbró hacia dentro de la oreja. Entonces fue cuando dijo: -¡Ahí está! ¡Es grande!... Lanzó la mano con rapidez hacia la oreja y agarró algo entre sus dedos pulgar e índice, lo halo por un ala y lo estrelló contra el piso, mientras decía en un chillido estridente que no quería despertar a todos en la casa: -¡Una cucaracha!, ¡aaaggh! Y después: -¿¡Cómo se le metió eso ahí, profe?! Estaba muerta.

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