[Nido Colibrí, vereda La Floresta, Villamaría,
Caldas, septiembre 17 de 2017: 10 p.m.]
De los tres convites
y la cantidad de historias que podría sacarles, me quedo con la historia que
aterrorizó durante dos noches a más de 25 personas que se quedaron en la casa
para ayudar en el inicio de labores de construcción del Teatro Campesino del
Nido Colibrí (aún pendiente de nombre). Esto fue hace ya tres semanas, en el
primer convite campesino que tuvimos en la casa esta temporada.
Ocurrió dos días
antes de la mencionada minga, el primer sábado de septiembre, que fue el día dos,
entonces fue la noche del jueves anterior, 31 de agosto, madrugada del viernes
1 de septiembre. Acaso algo significativo haya en el cambio de mes. No recuerdo
qué luna era, pero hoy estamos en casi en luna nueva. Entonces, faltarían
algunos días para la luna llena (ahora recuerdo que dijimos que no sería buena
fecha para sembrar, pero la expectativa nuestra era de tener tanta gente que a
algunos había que ponerlos a sembrar aunque no estuviéramos en menguante).
Esa noche, a una
hora que no me resultaba precisa, mientras dormía, cansado de la cantidad de
preparativos que implicaba el convite, y quizás a consecuencia de ello, una
extraña sensación de agua tibia invadió en segundos, pero de manera gradual mi
conducto auditivo, como un agua que se escurre lenta hasta tapar el oído. La
primera reacción mía fue pensar en sacarme el agua que seguro se coló por
alguna gotera desconocida cayendo en mi oreja. Esto es fácil. Se pone la palma
de la mano sellando lo más herméticamente posible toda la forma parabólica
hecha de cartílago y se succiona invirtiendo la forma de la palma, tal como lo
hace una chupa de baño. También existe la variante playera, saltando
simultáneamente sobre el pie del mismo lado de la oreja invadida por el agua.
Pero no funcionó.
El agua que había dentro de mi oreja comenzó de repente a zumbar dentro de mi
cabeza, haciendo moverse a todo el mundo material a mi alrededor. El mundo
retumbó en mi cabeza unos tres segundos y se detuvo, para alivio mío. Luego de
un rato comenzó de nuevo. Yo pensaba rápidamente en qué hacer, cómo sacarme esa
mosca de la cabeza. Recordé algún caso de una amiga gringa, a quien en un
paisaje desértico, andando en su carro en busca de un lugar para acampar cerca
de los elefantes, se le había metido una mosca en la oreja que le costó varios
días sacar. Recordé su desesperación y pensé en la poca importancia que le
había dado hasta ese momento. Pero me dije: -Puedo solucionarlo… Acto seguido,
me metí a la ducha, eche por el conducto agua caliente, luego fría… el bicho se
debatía aguerridamente dentro de mí por no dejarse sacar y el mundo hacía
traslaciones verticales con mi cabeza a una velocidad que doblegó mi entusiasmo
inicial. Paré de echarle agua y salí de la ducha resuelto a tomar la moto y
subir corriendo a un hospital con atención de urgencias. Me vestí para ello y
bajé. Entonces ví la hora. Era la una de la mañana. Vi unos palillos y pensé
que podría sacarla, pero ni tuve éxito, ni tranquilidad. Mientras trataba,
imaginaba que me reventaba un tímpano yo mismo por desesperado.
El animal se
calmó un poco y me dejó pensar. ¡Un momento! Alguno de los chicos que viven
conmigo podría ayudarme al menos a mirar lo que tengo y quizás me puedan ayudar
a sacarla. Entonces desperté a Samir: -¡Samir, Samir! Hágame un favor. Ayúdeme
a ver lo que tengo aquí, que creo que se me metió una mosca en la oreja… Él se
incorporó, primero lento, con la pereza de que lo hagan a uno levantar a la
madrugada. Luego, cuando comprendió, dijo: -¿Cómo así? A ver… Se acercó a mi
oreja, le di el palillo, urgó un rato, conmigo aterrorizado, pero simulando
autocontrol. –No veo nada profe… -Búsquemos una linterna, le dije. Trajo una de
las que usamos para las bicicletas de noche. Pensé que alumbrar atraería a la
mosca hacia la luz y la haría salir. Entonces nos hicimos en una parte en sombra
a esa hora y alumbró hacia dentro de la oreja. Entonces fue cuando dijo: -¡Ahí
está! ¡Es grande!... Lanzó la mano con rapidez hacia la oreja y agarró algo
entre sus dedos pulgar e índice, lo halo por un ala y lo estrelló contra el
piso, mientras decía en un chillido estridente que no quería despertar a todos
en la casa: -¡Una cucaracha!, ¡aaaggh! Y después: -¿¡Cómo se le metió eso ahí,
profe?! Estaba muerta.
increíble siempre pensé q esto solo pasaba en las películas!!!
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