[Apartamento de Ricardo, Barrio Icaraí, Niteroi,
23 de octubre de 2017, 8 p.m.]
La desmesura es
la medida del mundo. Hay que meterse en un bus a dormir varias noches, caminar
horas bajo un sol inclemente por encima de los 40 grados centígrados, encontrar
un grupo de personas diferente cada día a más de 500 ó 1.000 kilómetros,
meterle al estómago una masa diferente, una bebida diferente cada vez y verlo
hincharse y deshincharse muchas veces, olvidar el nombre de la persona amable
que te acaba de recibir en un aeropuerto o confundirlo con el de la que te
recibió ayer en otra parte cuyo nombre se te acaba de escapar, dar consejo
sobre cosas de las que no estás seguro, pero en las que una fe o una memoria
frágil te arrojan una mínima seguridad, tener tu cabeza o tu corazón más
grandes que tu maleta, olvidar el nombre de lo que te estás comiendo y que
antes lo olvidaron tus comensales, dudar constantemente sobre para dónde es que
vas mañana y a qué hora, sonreir y asentir mientras te preparas para decir: –Nao,
desculpa…, pasar de la extrema hambre y cansancio a una saciedad y satisfacción
indigestos, tener ardor en los ojos y la espalda cansada pero las entrañas –o
algo ahí- agradecidos, dejar de sentir que el sol te quema, no molestarte con
el sudor entre tu espalda y la maleta, ni con las moscas rondando tu sudor, ver
cómo se va el agua en lo seco y al borde del mar, para para darte cuenta de
ello.
Estoy aquí en
esta desmesura pegajosa o sensual, una tarde –ya noche- sin agua al borde del
mar, a escasos 500 ó 600 metros de una playa, la de Icaraí, en Niteroi. Ninguna
claridad me viene cuando pienso en lo que compartir con estudiantes, amigxs,
gente curiosa que aún no conoce aquí y a quien esto pueda servir. No escribí
nada y olvidé todo. Pero lo tengo todo conmigo mientras pienso y escribo. ¿Soy
yo una desmesura y por eso me gusta este ambiente que alegremente me
compartieron brasileros y colombianos en estos días anchos y luminosos?, risas
amplias, dientes grandes, carcajada sonora, cuerpos voluminosos, rebelión y
comunión con los estándares de belleza, el mayor orden y desorden a la vez… Saludar
a Iván, abrazarlo, girar hacia un hombre flaco, estatura media, como la mía,
verlo a los ojos y sonreir, decir: –prazer, y subirnos a un Fiat 1 viejito pero
resistente, al que hay que cerrar la puerta con fuerza para enfrentarnos a más
de 100 km por hora con unas tractomulas destartaladas que traquetean a esa gran
velocidad como queriendo caer de lado sobre nuestra insignificancia.
Desmesura es
torso desnudo de hombres y control sobre el comportamiento de las mujeres.
Escribo esto y recuerdo un día común en Manizales, Medellín o Pereira. ¿Qué me
da derecho a comentar? ¿No somos de los mismos? Y del fútbol, nada que decir,
después de estos días de eliminatorias para el Mundial, es un terreno especial
para salirnos de cualquier tamaño decente o normal.
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La última desmesura que se atravesó de frente –entre una gran variedad de ellas- apareció hoy, y no fue la gran cantidad de habitantes de calle que rodean el Terminal Rodoviario, digna de ser comparada con el ambiente del Bronx bogotano, atacado por el último alcalde. El domingo, de mañana, llegando, me impresionó tanto que pensé –¿Cómo entra la gente aquí? ¿Cómo voy a entrar (o salir) yo? Pero había olvidado que era domingo, y cuando la gente no va al trabajo el centro de las ciudades queda a merced de sus habitantes. Al contrario, lo que me sorprendió hoy fue el aeropuerto más grande que he visto en Suramérica, a 90 kilómetros de Belo Horizonte y luego de tres cabezadas de a 15 minutos más o menos. Son realmente dos aeropuertos, uno de carga y otro –un poco más pequeño- de pasajeros, separados por unos dos kilómetros. El aeropuerto de pasajeros, por dentro, cuidadosamente pulcro, al detalle bien organizado, que me pareció que era de otra ciudad. Llamado Aeropuerto de Confins. Suena como si de repente el pasajero, desde una tierra ultraterrena, se despega del cochino suelo y llega al cielo, antes de subirse al avión.
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Tancredo Neves International Airport Belo Horizonte, Brazil - illustration by Leif Peterson Design |
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