lunes, 23 de octubre de 2017

La desmesura

[Apartamento de Ricardo, Barrio Icaraí, Niteroi, 23 de octubre de 2017, 8 p.m.]

La desmesura es la medida del mundo. Hay que meterse en un bus a dormir varias noches, caminar horas bajo un sol inclemente por encima de los 40 grados centígrados, encontrar un grupo de personas diferente cada día a más de 500 ó 1.000 kilómetros, meterle al estómago una masa diferente, una bebida diferente cada vez y verlo hincharse y deshincharse muchas veces, olvidar el nombre de la persona amable que te acaba de recibir en un aeropuerto o confundirlo con el de la que te recibió ayer en otra parte cuyo nombre se te acaba de escapar, dar consejo sobre cosas de las que no estás seguro, pero en las que una fe o una memoria frágil te arrojan una mínima seguridad, tener tu cabeza o tu corazón más grandes que tu maleta, olvidar el nombre de lo que te estás comiendo y que antes lo olvidaron tus comensales, dudar constantemente sobre para dónde es que vas mañana y a qué hora, sonreir y asentir mientras te preparas para decir: –Nao, desculpa…, pasar de la extrema hambre y cansancio a una saciedad y satisfacción indigestos, tener ardor en los ojos y la espalda cansada pero las entrañas –o algo ahí- agradecidos, dejar de sentir que el sol te quema, no molestarte con el sudor entre tu espalda y la maleta, ni con las moscas rondando tu sudor, ver cómo se va el agua en lo seco y al borde del mar, para para darte cuenta de ello.

Estoy aquí en esta desmesura pegajosa o sensual, una tarde –ya noche- sin agua al borde del mar, a escasos 500 ó 600 metros de una playa, la de Icaraí, en Niteroi. Ninguna claridad me viene cuando pienso en lo que compartir con estudiantes, amigxs, gente curiosa que aún no conoce aquí y a quien esto pueda servir. No escribí nada y olvidé todo. Pero lo tengo todo conmigo mientras pienso y escribo. ¿Soy yo una desmesura y por eso me gusta este ambiente que alegremente me compartieron brasileros y colombianos en estos días anchos y luminosos?, risas amplias, dientes grandes, carcajada sonora, cuerpos voluminosos, rebelión y comunión con los estándares de belleza, el mayor orden y desorden a la vez… Saludar a Iván, abrazarlo, girar hacia un hombre flaco, estatura media, como la mía, verlo a los ojos y sonreir, decir: –prazer, y subirnos a un Fiat 1 viejito pero resistente, al que hay que cerrar la puerta con fuerza para enfrentarnos a más de 100 km por hora con unas tractomulas destartaladas que traquetean a esa gran velocidad como queriendo caer de lado sobre nuestra insignificancia.

Desmesura es torso desnudo de hombres y control sobre el comportamiento de las mujeres. Escribo esto y recuerdo un día común en Manizales, Medellín o Pereira. ¿Qué me da derecho a comentar? ¿No somos de los mismos? Y del fútbol, nada que decir, después de estos días de eliminatorias para el Mundial, es un terreno especial para salirnos de cualquier tamaño decente o normal.

http://www.rodoviariasbrasil.com.br/tag/rodoviaria-do-rio-de-janeiro/

La última desmesura que se atravesó de frente –entre una gran variedad de ellas- apareció hoy, y no fue la gran cantidad de habitantes de calle que rodean el Terminal Rodoviario, digna de ser comparada con el ambiente del Bronx bogotano, atacado por el último alcalde. El domingo, de mañana, llegando, me impresionó tanto que pensé –¿Cómo entra la gente aquí? ¿Cómo voy a entrar (o salir) yo? Pero había olvidado que era domingo, y cuando la gente no va al trabajo el centro de las ciudades queda a merced de sus habitantes. Al contrario, lo que me sorprendió hoy fue el aeropuerto más grande que he visto en Suramérica, a 90 kilómetros de Belo Horizonte y luego de tres cabezadas de a 15 minutos más o menos. Son realmente dos aeropuertos, uno de carga y otro –un poco más pequeño- de pasajeros, separados por unos dos kilómetros. El aeropuerto de pasajeros, por dentro, cuidadosamente pulcro, al detalle bien organizado, que me pareció que era de otra ciudad. Llamado Aeropuerto de Confins. Suena como si de repente el pasajero, desde una tierra ultraterrena, se despega del cochino suelo y llega al cielo, antes de subirse al avión.

Tancredo Neves International Airport Belo Horizonte, Brazil - illustration by Leif Peterson Design

Y mañana… pasaré de nuevo por esa avenida-cementerio, en frente del Terminal Rodoviario Novorio. Ignoro los nombres de esos edificios abandonados, de tamaño imperial –ya rotos, ruinosos y huecos-, que comenzando en uno que llaman Leopoldina van quedando por debajo de la vía elevada que circunvala la ciudad. Cuando iba pasando por allí hace unos días en el bus 710, que va de Niteroi a Rio de Janeiro y que pensé me dejaría cerca de Sao Cristovao. Evité, por miedo, bajarme en la parada que me llevaría en línea recta. Cantidad de habitantes de calle se levantaban, estilo zombi a media tarde, en una calle que atraviesa 500 metros de edificios abandonados, sin calles aledañas visibles, sino la sola sensación de restos de imperio caídos en desuso y desmesuradamente democráticamente puestos a disposición de quienes ocupan la parte inferior de la base de la pirámide…


martes, 10 de octubre de 2017

La generosidad porteña

[Casa Marcela, Villa Lugano, Buenos Aires, 9 de octubre de 2017: 8:45 a.m.]

Una amiga viene insistiéndome hace tiempo en la importancia de aprender a recibir. Así pues, en Buenos Aires estoy teniendo una oportunidad importante para lograrlo.
Marcel Mauss (sociologiac.net)
Desde que llegué, he venido siendo sujeto de relaciones de intercambio diferido dignas de ser citadas por Marcel Mauss, ese reconocido estudioso, antropólogo, de los regalos, presentes, ofrendas, trueques y otras formas de “negocio” que se mueven entre la generosidad y el interés.

Recién desempacadito del avión, en el Aeroparque Newbery, con la vista del Rio de la Plata en frente, la primera donante fue una joven tucumana de nombre a la cubana (se llama como la hija de Fidel). Como en otras ocasiones, pretendió que quien era del lugar era yo, preguntándome si por allí pasaba el autobús número 33. Ocasión para enterarme yo mismo que ese era el autobús que yo debía tomar. Pero una vez ya subidos en el número 33 en cuestión, a punto de volver a bajarme, dándome cuenta que hace años que ya no se puede pagar en el propio autobús, sino que debe ser con una tarjeta de SUBE, ella me detuvo: –No. Espera. No te bajés. Yo te marco. En serio… Sin vergüenza, pero agradecido, subí, insistiendo en pagarle el pasaje. –Pero si no pasa nada, tú acabas de llegar, es como la bienvenida… Mientras, la conversación se iba hacia su trabajo como artista en el sector de San Telmo, hace paisajes, expone y vende en esa calle (Defensa) que se abarrota de turistas buscando un lugar donde ver bailar tango, antigüedades, romper el aburrimiento del turista dándose codazos con otros turistas… Pensé en ofrecerle un regalo, algo colombiano, había traído media libra de café (uno bueno, pero no de la Federación), galletas de café y caramelos de miel, todo pequeño, pero mientras los buscaba en la maleta, me dio pereza. Es sólo una vez, me dije…
Calle defensa, un domingo (commons wikipedia)
La conversación dio para intercambiar correos electrónicos y continuar charlando después. Lamentablemente, no hubo segundo encuentro. Dos días después salió para Tucumán y no alcanzamos a encontrarnos para tomar un café, invitarla a algo, corresponder… 

[10 de octubre, 10 a.m.] El de Alina sería un caso aislado si no hubiera necesitado al día siguiente transporte para retornar desde la calle Santafé con 9 de julio hasta el hostal, que está a una cuadra de calle San Juan, por donde esta cruza a San Telmo. Había caminado por la mañana para recordar las calles y familiarizarme de nuevo con ellas. Llevaba más de cinco años sin venir, y había sido otra estancia aún más corta que esta. Son 45 minutos a paso de contrarreloj los que quería ahorrarme. Entonces, en la parada del colectivo (como se llama a los autobuses), pedí a la primera persona que vi ilustración sobre las rutas, que me marcara con su tarjeta y yo le pagaría el pasaje. La chica, en esta ocasión menos joven que el día anterior, me dijo –No te preocupées. Si no es naada… Llegó el autobús, subimos, marcó y no me quiso recibir nada. Así que poco después le regalaba yo los caramelitos de miel y le echaba un cuento de cómo se hacen.

La tercera víctima fue un hombre, y la cuarta también. Había pensado que a lo mejor se trataba de mi atractivo natural pues, como no me he afeitado desde que llegué y aquí ese look está de moda, y sin peinar… ¡mejor aún! Pero el hombre al que pedí que me marcara la tarjeta y yo le pagaba, para ir al coloquio a la segunda mañana de mi estancia en la ciudad dijo algó inaudible terminado en chée y tampoco me quiso recibir dinero. Y el que me marcó para ir del centro hasta la casa de Marcela, mi anfitriona de couchsurfing, tampoco me quiso cobrar, y ni recuerdo lo que dijo.

Grupo "A las Tres", en concierto. Ariadna (izq.), Marcela y Sole (der.)
Cuando le conté a Marcela, ella buscó una tarjeta sin usar que tenía por ahí y me la prestó. De manera que no seguí ya aprovechándome de la buena voluntad de los usuarios del transporte público. A lo más, me colé una vez, más o menos sin querer. Fue ayer, cuando con mi maleta a cuestas, de retorno a los hostales del centro quise tomar el premetro, un vagón de tren que hace ruta por barrios periféricos del sur de la ciudad y termina en una esquina de la línea E del metro. El pasaje es más barato, solo 2,50 pesos (el de metro vale 6,50). Como al subir, en avenida general Roca, a la altura de Villa Lugano, vi que nadie pagaba, y el vagón se llenaba, y todos pasábamos delante de un policía que vigilaba el vagón, me dije –o el policía está muy perezoso o se paga el tiquete a la salida… Me dormí y desperté ya en Plaza de los Virreyes, fin del recorrido, los niños y sus madres habían bajado ya. Los pocos que abordaban el metro, sacaban sus tarjetas y marcaban para salir. Yo no tenía ya tarjeta. Rápidamente me dirigí al guarda de seguridad de la estación y le dije –voy a comprar la tarjeta, déjame salir a la taquilla. Compré la tarjeta. Vale 25 pesos, pero no pagué el pasaje de premetro. 25 pesos me pareció muy caro… 

Imagen del pre-metro (dossiertransporte.com.ar)

Pero estoy olvidando otro episodio, también me quedé sin saldo en la tarjeta… Para llegar a la cita con David –casi mi familia aquí- en un teatro por Palermo, otro porteño me volvió a gastar. A este sí le dije –¡Es que no me dejan pagar!... Tampoco me hizo caso (¿o quizás recibió un billete de cinco y otro de dos y los guardo en silencio en su bolsillo? Lo he olvidado ya, recuerdos se confunden). Y después de las cervezas y la comida con David (esto sí lo invité yo, ¡algo es algo!), él tuvo que marcarme la tarjeta en el colectivo, pues la mía seguía sin recargar (marca al amigo y baja, como se hace a veces aquí). Pero estas dos transacciones son difíciles de calificar, pues David ahora es porteño-colombiano (¿lo es? ¿Será porteño-ñero? ¿quilmeñero? ¿De la estirpe de los neoñeros iniciada por su hermano mayor hace años en México?).

Barrio Papa Francisco, en construcción, frente al Jumbo de Escalada
En cambio, ¿yo qué he dado? Con orgullo, puedo decir que ya le gasté el primer viaje a un desconocido. Fue en el viaje a Quilmes el sábado en la tarde, a un balbuciente trabajador que regresaba de su trabajo a su casa y al parecer había perdido su tarjeta. Su acento me resultaba tan difícil, y parecía algo borracho, la gente no le hacía conversación, yo seguí el ejemplo un poco, pero con respuestas cortas lo tenía a raya en la fila del colectivo. Me ayudó en todo caso a saber que la ruta 98 tiene variantes, la 1, 2, 3, 4, y 5, y quizás más, pero no quise preguntar. Al final de su monólogo me propuso lo mismo que yo le había propuesto a mis donantes –marcáame y yo te pago a vos… Le dije que no. Después de que le marqué se fue a la última silla entre la multitud apretada y no habló más.

Para coronar: al día siguiente, luego de andar la playa de Quilmes, en busca de un negocio con wi-fi para poderme comunicar con David, en el único negocio que parecía tenerlo, el hombre de la barra, no me entendió que no llevo señal de datos y necesito wi-fi, pensó que no tenía tarjeta de crédito y estaba sin dinero. Había yo preguntado precios y mi cara reflejaba alguna contrariedad (pues lo más barato: el jugo de naranja, me pareció caro, 80 pesos, unos 15.000 pesos colombianos). Entonces lo resolvió fácil –El jugo te lo invito yooo… si no es naaada… Hay que sumarlo al vaso de sidra casi lleno que me regalaron en un bar donde cené el sábado, algo perdido en Quilmes Oeste, buscando wi-fi, y terminé bailando con cuatro señoras con sus canas pintadas de amarillo y rojo y el marido de una de ellas.

Ribera del Rio de la Plata en Quilmes. A la derecha (a lo lejos) el club de pesca Pejerrey.
Con saldo en contra, si contamos la infinita generosidad de Marcela, que me ha dado posada, comida, planes culturales y sociales, información, y me ha presentado a cantidad de gente interesante, creo que mi aporte aquí va siendo risible (la noche que tuve que pagar hotel –regateando como pude- en Quilmes: 450 pesos, en los hostales el promedio diario es 200 pesos en habitación compartida con seis). Antes de anoche intenté corresponder un poco y la situación fue propicia: tras el concierto de Marcela, con su grupo “A las Tres” y el solista Gastón Massenzio, cuatro músicxs hambrientos y dos amigas fueron mis primeras receptoras de algo: chorizo picante, queso pategras y pan con chicharrón, que eran mis tesoros del día, desaparecieron en cuestión de minutos… aaa!

Sesión fotográfica de "A las Tres" después del concierto.
Y ayer cociné algo para Marcela: patacones, marranitas (adaptadas a productos locales: pategras y dulce de batata) y ensalada de mis hallazgos en Liniers (el mercado popular más interesante que he visto por aquí, con muchos bolivianos, peruanos y chilenos: chuño del altiplano, huesito chileno, cancha peruana, restaurante boliviano…). Le eché radicheta, alfalfa, ajos triturados (bien secos, que pueden comerse como pasabocas), y las más conocidas cebolla roja, tomate, más queso pategras, ciruelas pasas y nueces pecanas. El balance de la medida de generosidad, sigue a favor de los porteños.

La cuenta que haría Rusell Bernard, para mis amigxs antropólogxs fieles al registro pormenorizado de la vida social, que aporte a la administración (estilo colonial?), sería más o menos esta (¡gracias Marcela!):


Item
Entradas
Donante
Salidas
Seis viajes en autobús
39 AR$
La generosidad porteña

Una bolsita de caramelos de maní

Javier – detalle viajero
3.000 COP
Una cajita de galletas de café

Javier – detalle viajero
7.000 COP
250 gramos de café

Javier – detalle viajero
5.000 COP
Tres noches de hospedaje gratuito en habitación individual
1350 AR$
La generosidad porteña + couchsurfing Marcela

Tres desayunos y una cena
250 AR$
La generosidad porteña + couchsurfing Marcela

Un jugo de naranja
80 AR$
La generosidad porteña

Cena improvisada de pategras, pan de chicharrón y chorizo

Javier – detalle viajero
150 AR$
Cena de raviolis y pizza con David

Javier – detalle viajero
250 AR$
Un vaso de sidra
80 AR$
La generosidad porteña

Ensalada, marranitas, patacones, yuca frita

Javier – detalle viajero
Invaluable
Tres CDs: Patuá, Amalgama y Mar Adentro, de Marcela Viciano
Invaluable
La generosidad porteña + couchsurfing Marcela


El almuerzo de hoy -la despedida- será preparado entre los dos. La cuenta de lo que me he atrevido a avaluar, va 1799 AR$ - 475 AR$. La generosidad porteña, al parecer, me triplica al momento de esta etapa del viaje. Pero contando lo invaluable...

miércoles, 4 de octubre de 2017

T

[Avión Lima – Rio de Janeiro, octubre 3 de 2017: 1:00 a.m.]

Imagen de Rock Dog (Adam Friedman, 2017)
Mirando los minutos finales de una película de dibujos animados, en que un perrito vence a una banda de lobos feroces a punto de comerse a los habitantes de su pueblo natal a punta de rock, con su guitarra eléctrica, volviéndolos dóciles y amistosos, pienso que vengo acuñando una idea de héroe algo menos ficticia, y realmente pacifista desde cuando hace 27 años, aún haciendo bachillerato, e iniciándome en el trabajo comunitario, leí por primera vez sobre la Asociación de Trabajadores Campesinos del Carare –ATCC-. Fue debido a su figuración en los periódicos nacionales cuando ganaron el Rights Livelihood Award, premio reconocido como el Nobel alternativo de la Paz, por su lucha por asegurar un territorio de paz en medio del complejo conflicto que se desataba a su alrededor, en las zonas de colonización del Magdalena Medio santandereano, alrededor del rio Minero, también conocido como Carare-Opón. Hube de pasar dos décadas desde entonces para dirigirme directamente a esta región en busca de conocimiento sobre esta experiencia, y con la actitud del seguidor fanático, un fan de líderes y procesos comunitarios.

Noticia publicada en El Tiempo el 21 de octubre de 1990.
El 24 de mayo de 2015, domingo, en la mañana, 25 estudiantes de Gestión Cultural y Comunicativa, excepcionalmente motivados por los movimientos sociales y los estilos culturales alternativos, y yo, nos movíamos confundidos entre un panal humano, de gente que se movilizaba desde el corregimiento de La India, en jurisdicción del municipio de Landázuri, Santander, en la margen norte del rio Minero, hasta la escuelita de La Zarca, rio arriba, a unos 40 minutos de viaje en deslizadores que llevaban grupos de 20 personas. Los que tenían más inclinación por la pintura, ayudaban a un grupo pequeño de jóvenes locales con la pintura del obelisco que hay en el parque o plaza principal del corregimiento, antes de montarse en las lanchas que nos llevaban a la celebración de los 28 años de las primeras negociaciones exitosas de paz local en nuestro país, las primeras entre uno de los actores armados que hacían presencia en la región –en este caso las FARC- y la ATCC.

Edición del libro de J.P. Lederach en Colombia
Un par de semanas antes había conseguido entrevistarme con el presidente de la organización –llamémoslo T-, en un negocio de empanadas en el sector de El Comercio, de Barrancabermeja. Charlando sobre el interés que teníamos de visitarlos, fui franco: había leído sobre ellos referencias cortas en medios de comunicación alternativos hacía 28 años y en La Imaginación Moral de John Paul Lederach había visto una parte de la respuesta que Josué Vargas dio al general que en 1988 los urgía a tomar las armas por cualquier actor armado, o irse de ahí. Con algunos retoques, que hice luego para un ejercicio dramatúrgico, el discurso –del cual circulan varias versiones en la región- pudo ser más o menos así:

Ustedes entraron aquí sin permiso de ninguno de nosotros. Sabemos quiénes son. Los conocemos. Vienen con armas. Ustedes han matado gente aquí. Violaron mujeres. Robaron niños. Nosotros no los vamos a dejar pasar. Tampoco vamos a enfrentarnos. Muchos de nosotros tenemos ganas de matarlos, pero no lo haremos. No somos como ustedes. Dicen que vienen a salvarnos pero ¿de qué nos quieren salvar? Si son ustedes los que nos están matando. Nosotros trabajamos la tierra, sacamos yuca, plátano, arroz, frutas... Y ustedes vienen y nos matan... Todos ustedes que andan llevando armas, como si nosotros fuéramos delincuentes. ¡Mírenos! ¿Quiénes pueden hacer daño aquí? ¿Ustedes o nosotros? Si todavía les queda un poco de vergüenza deberían irse por donde vinieron... Dicen que somos auxiliadores de la guerrilla. ¿Es eso cierto? No es verdad. Pero dicen que no nos creen, que los encubrimos. ¿Cuál es la pena por ello? ¿Dicen que debemos tomar armas? No lo haremos. Lo hemos hablado ya y decidimos no matarnos entre nosotros, ni combatir contra ustedes, ni contra la guerrilla... Entonces, ¿nos van a matar? Háganlo. Estamos cansados de vivir la vida miserable que ustedes con sus armas nos fuerzan a vivir. Pero sientan vergüenza. Aunque mientan, ustedes sabrán lo que hicieron, porque somos muchos en este poblado... Somos más de mil. Y ninguno tomará un arma contra ustedes, ni intentará herirlos... Lo hemos decidido.


Admiraba -y aún admiro- lo que habían hecho y pensé que un grupo de estudiantes a mi cargo, podía contribuir dando a conocer su experiencia en los lugares donde interactuamos: Manizales y Caldas. Luego de hablar bastante, me dijo que podíamos ir a la celebración de los 28 años de la organización, en La Zarca, donde aquel 24 de octubre, pululábamos con la multitud variopinta de muchas partes, con gente del Programa de Reparación de Víctimas, del Ministerio de Cultura, algún extranjero, quizás vinculado a las Brigadas Internacionales de Paz. Resultábamos ser el grupo más grande y nuestros jóvenes eran atracción para los jóvenes locales, quienes nos entrevistaban mientras nosotros tomábamos notas y fotos y los más experimentados dirigían el evento, preparaban un sancocho grande para todos, en leña, obviamente. Recrearon el ambiente de aquella primera negociación, a la que el tiempo transcurrido daba el carácter de mito originario de paz, ahora que había un principio de negociaciones entre gobierno y guerrilla que nos ha traído al acuerdo que conocemos y que se está ejecutando con las dificultades del caso, comimos y regresamos a seguir realizando actividades para la memoria y para continuar transformando las realidades tan complejas del campo y de las zonas azotadas por el conflicto armado. 
Niños y obelisco de la memoria en La India (24/10/2015)
La experiencia de La Zarca fue memorable, y quienes estuvimos allí soñamos con volver… El ambiente de fiesta, el entusiasmo por recordar a unos héroes de la paz desde abajo, el dinamismo de los jóvenes de Radio Efecto Sonoro, los muralistas, algún rapero independiente, la belleza imponente del rio surcando la selva hacia la montaña, cielo azul con pocas nubes, hombres y mujeres curtidos, experimentados en lo humano y lo divino dedicándonos tiempo para contarnos, en hablar pausado, aspectos de una vida que han tomado, con toda la verraquera que hacía falta, entre sus manos, gente de todos los colores que vino desde hace cincuenta años más o menos desde los lugares donde se gesta la gente fuerte, del material que dan las selvas de nuestro país: no solo santandereanos, paisas, boyacenses, sino muchos chocoanos y costeños, anhelando tener la tierra que sus manos trabajan y que han sabido defender con el corazón en esas mismas manos callosas.

Un par de meses después, constataba yo el gran poder que confiere ser profesor de la Universidad Nacional de Colombia (quizás, ser profesor de cualquier universidad, pero serlo en esta tiene el matiz de todo el bagaje de cercanía al pueblo raso de nuestro país, difícil de equiparar desde las privadas por la segregación clasista y en los otras públicas por su adscripción regional), cuando en una cena en el Hotel Carretero, tenía el privilegio de continuar la conversación con T, nuestro anfitrión inicial. Él, de niño, había conocido a Josué Vargas y había sido en cierto modo protegido por él. Me describió la compleja y sencilla personalidad de un campesino que se toma su vida entre sus manos y que no tiene miedo, o lo sabe esconder, a morir por una causa justa, por un pensar sensato. Hombre malhablado, groseramente entrañable, de ojos vivaces y picardía cordial, dispuesto a decir lo que sea necesario al que sea necesario, sin pelos en la lengua.

Banano bocadillo
El impulso de esta y otras experiencias (como la de Fredonia, que mencioné en una entrada reciente también) nos alcanzó para iniciar la escritura de un libro del semillero, pero no para terminarlo, así que los borradores de los capítulos, escritos por estudiantes entusiastas en proceso de formación, quedaron en remojo y añejamiento hasta hace un par de meses, en que, con motivo de mi período sabático y de la finalización de la última prórroga del proyecto, nos volvimos a reunir para complementar, concluir y redondear este proceso de investigación formativa que fue el Semillero de Agenciamiento Cultural y Desarrollo Alternativo. Por mi parte, no me puedo quejar de este nuevo impulso: en dos viajes en moto, situación que incluso me ha hecho sentir contagiado de algún raro virus de heroísmo, viento en mis hombros, vista de las montañas del cañón del rio Cauca, aguas indómitas de esa moderna mezcla de residuos de explotación aurífera con aguas terrosas andinas a mi derecha  (camino de Fredonia), vista en frente de la ladera infinita que convierte los bosques de niebla de la región de Barbosa y Velez en las selvas de la cuenca del Carare-Opón, en el corazón del Magdalena Medio, intenso olor a guayaba –pegajoso, dulzón, colándose entre el casco, entre las fosas nasales- cocinándose para elaborar el famoso bocadillo veleño (bocadillo en Colombia nomina unas lonjas de dulce de guayaba similar al membrillo ibérico), carretera desatapada entre relieve y accidentes geográficos dignos de película de ficción, poblados construidos en maderas, esterilla, sacando sus frutas a la carretera para lograrle algo… Caigo con gusto en la trampa y compro un racimo de banano bocadillo (para los ibéricos: una variedad de plátano de unos 8 cm de largo, mucho más dulce y suave que el plátano normal, inclusive mucho más dulce que el plátano de Islas Canarias). Pienso que me lo iré comiendo con quien encuentre en el camino.


En el parque principal de Landázuri, me encuentro con la sorpresa de que mi anfitriona, de la ATCC, quien estuvo en Manizales el año pasado (un año después que T, en cierto modo en su lugar, pongamos que ella también es T) y la acompaño el final de la tarde en su oficina en la alcaldía. Hace algunos meses trabaja como asesora de la alcaldía en procesos de reparación de víctimas. Ella también tiene una moto, así que la llegada a Cimitarra es en caravana. Al tiempo que me presenta a su familia, me invita a La India al día siguiente a una actividad con representantes de la Gobernación de Santander en la que trabajarán sobre una de las medidas del proceso de reparación de víctimas, llamada “Salud sexual y reproductiva”. Aunque llegaré tarde a Manizales, acepto sin vacilar. La India siempre atrae, con su color, su ambiente festivo y su experiencia de paz y transformación de conflictos.

A la mañana siguiente, mientras la dejo a ella en su reunión, en la cual no quiero dar la sensación de chismoso, pues en todo caso, estoy aquí como de sorpresa, inadvertidamente, paso por el parque principal y en una tiendita donde venden desayunos y tinto, la parte de atrás mirando hacia el rio Minero, en primera fila, en la única mesa ocupada, veo a T, relajado, sentado, como esperando algo. Me sorprendo de verlo porque me habían dicho la noche anterior que estaba por Barrancabermeja, en cierto modo, sus compañeras de la ATCC le han perdido un poco la pista desde que hubo el cambio de Junta Directiva el año pasado. Me alegro de verlo. Él también está sorprendido. –Si lo llegamos a planear no nos hubiéramos encontrado-, me dice. Luego me cuenta que está trabajando en la consulta popular de Jesús María, -para detener un ímpetu minero de empresas grandes que ya se siente por aquí. Dice también que llegó esta mañana bajando por el rio desde allá.

Obelisco en memoria de Josué Vargas, Saúl Castañeda y Miguel Ángel Barajas.
Hablamos como por una hora, muy animadamente, se pega uno de los jóvenes raperos, muralista, con quien pintamos el obelisco hace dos años. Me dice que grabó hace poco con el Príncipe Johnny, de Bucaramanga. Sueña con hacer un estudio de grabación y está trabajando para conseguir los recursos con los que hacer un estudio de grabación aquí, en La India… Todos soñamos y trabajamos. Poco después regreso a buscar a los de la Junta Directiva de la ATCC, que se han movido hasta el colegio, donde el resto de la mañana reciben y entregan a los profesores de allí, a sus directivas, el material que la Gobernación trajo para cumplir con la medida de salud sexual y reproductiva. ¡Cuánto interés y celo en hacer bien las cosas! Cuando termina la entrega del material didáctico, las cajas van a la sede de la asociación, a un kilómetro del colegio. Los receptores y administradores del material son la comunidad organizada, no los profesores, quienes en todo caso son contratados y mudables. Me doy cuenta que esta manera de hacer las cosas no está exenta de conflictos, pero razonablemente, que la comunidad reciba y administre parece más estable que las directivas de la institución… Pienso que, para nuestro joven rapero, como para la ATCC, seguirán las tareas difíciles, pero aquí de repente –al encontrarme y hablar con T- voy sintiendo que yo también soy T, T muchos somos, somos muchos Trabajadores, ¡verdaderos Trabajadores!


PD: Con este cierre tan proletario de la entrada, quiero precisar que trabajar no se refiere en mi caso a la actividad remunerada, como es habitual entenderlo en las conversaciones típicas con quienes andan buscando trabajo. En cambio, entiendo Trabajo como la transformación de la materia, relaciones y energía que los humanos obramos casi siempre con nuestras manos, pero que puede involucrar cualquier parte o todo el cuerpo, la palabra, el gesto, en ejercicio de nuestra autonomía y mediado por nuestra razón, amor y esperanza. Quienes hacen esto son los verdaderos Trabajadores.