[Avión Lima – Rio de Janeiro, octubre 3 de 2017:
1:00 a.m.]
 |
Imagen de Rock Dog (Adam Friedman, 2017) |
Mirando los
minutos finales de una película de dibujos animados, en que un perrito vence a
una banda de lobos feroces a punto de comerse a los habitantes de su pueblo
natal a punta de rock, con su guitarra eléctrica, volviéndolos dóciles y
amistosos, pienso que vengo acuñando una idea de héroe algo menos ficticia, y
realmente pacifista desde cuando hace 27 años, aún haciendo bachillerato, e
iniciándome en el trabajo comunitario, leí por primera vez sobre la Asociación
de Trabajadores Campesinos del Carare –ATCC-. Fue debido a su figuración en los
periódicos nacionales cuando ganaron el Rights Livelihood Award, premio
reconocido como el Nobel alternativo de la Paz, por su lucha por asegurar un
territorio de paz en medio del complejo conflicto que se desataba a su
alrededor, en las zonas de colonización del Magdalena Medio santandereano,
alrededor del rio Minero, también conocido como Carare-Opón. Hube de pasar dos
décadas desde entonces para dirigirme directamente a esta región en busca de
conocimiento sobre esta experiencia, y con la actitud del seguidor fanático, un
fan de líderes y procesos comunitarios.
El 24 de mayo de
2015, domingo, en la mañana, 25 estudiantes de Gestión Cultural y Comunicativa,
excepcionalmente motivados por los movimientos sociales y los estilos
culturales alternativos, y yo, nos movíamos confundidos entre un panal humano,
de gente que se movilizaba desde el corregimiento de La India, en jurisdicción
del municipio de Landázuri, Santander, en la margen norte del rio Minero, hasta
la escuelita de La Zarca, rio arriba, a unos 40 minutos de viaje en deslizadores
que llevaban grupos de 20 personas. Los que tenían más inclinación por la
pintura, ayudaban a un grupo pequeño de jóvenes locales con la pintura del
obelisco que hay en el parque o plaza principal del corregimiento, antes de
montarse en las lanchas que nos llevaban a la celebración de los 28 años de las
primeras negociaciones exitosas de paz local en nuestro país, las primeras
entre uno de los actores armados que hacían presencia en la región –en este
caso las FARC- y la ATCC.
 |
Edición del libro de J.P. Lederach en Colombia |
Un par de semanas
antes había conseguido entrevistarme con el presidente de la organización
–llamémoslo T-, en un negocio de empanadas en el sector de El Comercio, de
Barrancabermeja. Charlando sobre el interés que teníamos de visitarlos, fui
franco: había leído sobre ellos referencias cortas en medios de comunicación
alternativos hacía 28 años y en La
Imaginación Moral de John Paul Lederach había visto una parte de la
respuesta que Josué Vargas dio al general que en 1988 los urgía a tomar las
armas por cualquier actor armado, o irse de ahí. Con algunos retoques, que hice
luego para un ejercicio dramatúrgico, el discurso –del cual circulan varias
versiones en la región- pudo ser más o menos así:
Ustedes entraron aquí sin permiso de ninguno de
nosotros. Sabemos quiénes son. Los conocemos. Vienen con armas. Ustedes han
matado gente aquí. Violaron mujeres. Robaron niños. Nosotros no los vamos a
dejar pasar. Tampoco vamos a enfrentarnos. Muchos de nosotros tenemos ganas de
matarlos, pero no lo haremos. No somos como ustedes. Dicen que vienen a
salvarnos pero ¿de qué nos quieren salvar? Si son ustedes los que nos están
matando. Nosotros trabajamos la tierra, sacamos yuca, plátano, arroz, frutas...
Y ustedes vienen y nos matan... Todos ustedes que andan llevando armas, como si
nosotros fuéramos delincuentes. ¡Mírenos! ¿Quiénes pueden hacer daño aquí?
¿Ustedes o nosotros? Si todavía les queda un poco de vergüenza deberían irse
por donde vinieron... Dicen que somos auxiliadores de la guerrilla. ¿Es eso
cierto? No es verdad. Pero dicen que no nos creen, que los encubrimos. ¿Cuál es
la pena por ello? ¿Dicen que debemos tomar armas? No lo haremos. Lo hemos
hablado ya y decidimos no matarnos entre nosotros, ni combatir contra ustedes,
ni contra la guerrilla... Entonces, ¿nos van a matar? Háganlo. Estamos cansados
de vivir la vida miserable que ustedes con sus armas nos fuerzan a vivir. Pero
sientan vergüenza. Aunque mientan, ustedes sabrán lo que hicieron, porque somos
muchos en este poblado... Somos más de mil. Y ninguno tomará un arma contra
ustedes, ni intentará herirlos... Lo hemos decidido.
Admiraba -y aún admiro- lo que
habían hecho y pensé que un grupo de estudiantes a mi cargo, podía contribuir dando
a conocer su experiencia en los lugares donde interactuamos: Manizales y Caldas.
Luego de hablar bastante, me dijo que podíamos ir a la celebración de los 28
años de la organización, en La Zarca, donde aquel 24 de octubre, pululábamos
con la multitud variopinta de muchas partes, con gente del Programa de
Reparación de Víctimas, del Ministerio de Cultura, algún extranjero, quizás
vinculado a las Brigadas Internacionales de Paz. Resultábamos ser el grupo más
grande y nuestros jóvenes eran atracción para los jóvenes locales, quienes nos
entrevistaban mientras nosotros tomábamos notas y fotos y los más
experimentados dirigían el evento, preparaban un sancocho grande para todos, en
leña, obviamente. Recrearon el ambiente de aquella primera negociación, a la
que el tiempo transcurrido daba el carácter de mito originario de paz, ahora
que había un principio de negociaciones entre gobierno y guerrilla que nos ha
traído al acuerdo que conocemos y que se está ejecutando con las dificultades
del caso, comimos y regresamos a seguir realizando actividades para la memoria
y para continuar transformando las realidades tan complejas del campo y de las
zonas azotadas por el conflicto armado.
 |
Niños y obelisco de la memoria en La India (24/10/2015) |
La experiencia de La Zarca fue
memorable, y quienes estuvimos allí soñamos con volver… El ambiente de fiesta,
el entusiasmo por recordar a unos héroes de la paz desde abajo, el dinamismo de
los jóvenes de Radio Efecto Sonoro, los muralistas, algún rapero independiente,
la belleza imponente del rio surcando la selva hacia la montaña, cielo azul con
pocas nubes, hombres y mujeres curtidos, experimentados en lo humano y lo
divino dedicándonos tiempo para contarnos, en hablar pausado, aspectos de una
vida que han tomado, con toda la verraquera que hacía falta, entre sus manos,
gente de todos los colores que vino desde hace cincuenta años más o menos desde
los lugares donde se gesta la gente fuerte, del material que dan las selvas de
nuestro país: no solo santandereanos, paisas, boyacenses, sino muchos chocoanos
y costeños, anhelando tener la tierra que sus manos trabajan y que han sabido
defender con el corazón en esas mismas manos callosas.
Un par de meses
después, constataba yo el gran poder que confiere ser profesor de la
Universidad Nacional de Colombia (quizás, ser profesor de cualquier
universidad, pero serlo en esta tiene el matiz de todo el bagaje de cercanía al
pueblo raso de nuestro país, difícil de equiparar desde las privadas por la
segregación clasista y en los otras públicas por su adscripción regional),
cuando en una cena en el Hotel Carretero, tenía el privilegio de continuar la
conversación con T, nuestro anfitrión inicial. Él, de niño, había conocido a
Josué Vargas y había sido en cierto modo protegido por él. Me describió la
compleja y sencilla personalidad de un campesino que se toma su vida entre sus
manos y que no tiene miedo, o lo sabe esconder, a morir por una causa justa,
por un pensar sensato. Hombre malhablado, groseramente entrañable, de ojos
vivaces y picardía cordial, dispuesto a decir lo que sea necesario al que sea
necesario, sin pelos en la lengua.
 |
Banano bocadillo |
El impulso de
esta y otras experiencias (como la de Fredonia, que mencioné en una entrada
reciente también) nos alcanzó para iniciar la escritura de un libro del
semillero, pero no para terminarlo, así que los borradores de los capítulos,
escritos por estudiantes entusiastas en proceso de formación, quedaron en
remojo y añejamiento hasta hace un par de meses, en que, con motivo de mi
período sabático y de la finalización de la última prórroga del proyecto, nos
volvimos a reunir para complementar, concluir y redondear este proceso de
investigación formativa que fue el Semillero de Agenciamiento Cultural y
Desarrollo Alternativo. Por mi parte, no me puedo quejar de este nuevo impulso:
en dos viajes en moto, situación que incluso me ha hecho sentir contagiado de
algún raro virus de heroísmo, viento en mis hombros, vista de las montañas del
cañón del rio Cauca, aguas indómitas de esa moderna mezcla de residuos de
explotación aurífera con aguas terrosas andinas a mi derecha (camino de Fredonia), vista en frente de la
ladera infinita que convierte los bosques de niebla de la región de Barbosa y
Velez en las selvas de la cuenca del Carare-Opón, en el corazón del Magdalena
Medio, intenso olor a guayaba –pegajoso, dulzón, colándose entre el casco,
entre las fosas nasales- cocinándose para elaborar el famoso bocadillo veleño (bocadillo
en Colombia nomina unas lonjas de dulce de guayaba similar al membrillo
ibérico), carretera desatapada entre relieve y accidentes geográficos dignos de
película de ficción, poblados construidos en maderas, esterilla, sacando sus frutas
a la carretera para lograrle algo… Caigo con gusto en la trampa y compro un
racimo de banano bocadillo (para los ibéricos: una variedad de plátano de unos
8 cm de largo, mucho más dulce y suave que el plátano normal, inclusive mucho
más dulce que el plátano de Islas Canarias). Pienso que me lo iré comiendo con
quien encuentre en el camino.
En el parque
principal de Landázuri, me encuentro con la sorpresa de que mi anfitriona, de
la ATCC, quien estuvo en Manizales el año pasado (un año después que T, en
cierto modo en su lugar, pongamos que ella también es T) y la acompaño el final
de la tarde en su oficina en la alcaldía. Hace algunos meses trabaja como
asesora de la alcaldía en procesos de reparación de víctimas. Ella también
tiene una moto, así que la llegada a Cimitarra es en caravana. Al tiempo que me
presenta a su familia, me invita a La India al día siguiente a una actividad
con representantes de la Gobernación de Santander en la que trabajarán sobre
una de las medidas del proceso de reparación de víctimas, llamada “Salud sexual
y reproductiva”. Aunque llegaré tarde a Manizales, acepto sin vacilar. La India
siempre atrae, con su color, su ambiente festivo y su experiencia de paz y
transformación de conflictos.
A la mañana
siguiente, mientras la dejo a ella en su reunión, en la cual no quiero dar la
sensación de chismoso, pues en todo caso, estoy aquí como de sorpresa,
inadvertidamente, paso por el parque principal y en una tiendita donde venden
desayunos y tinto, la parte de atrás mirando hacia el rio Minero, en primera
fila, en la única mesa ocupada, veo a T, relajado, sentado, como esperando
algo. Me sorprendo de verlo porque me habían dicho la noche anterior que estaba
por Barrancabermeja, en cierto modo, sus compañeras de la ATCC le han perdido
un poco la pista desde que hubo el cambio de Junta Directiva el año pasado. Me
alegro de verlo. Él también está sorprendido. –Si lo llegamos a planear no nos
hubiéramos encontrado-, me dice. Luego me cuenta que está trabajando en la
consulta popular de Jesús María, -para detener un ímpetu minero de empresas grandes que ya se siente por aquí. Dice también que llegó esta mañana bajando por el rio desde
allá.
 |
Obelisco en memoria de Josué Vargas, Saúl Castañeda y Miguel Ángel Barajas. |
Hablamos como por
una hora, muy animadamente, se pega uno de los jóvenes raperos, muralista, con
quien pintamos el obelisco hace dos años. Me dice que grabó hace poco con el
Príncipe Johnny, de Bucaramanga. Sueña con hacer un estudio de grabación y está
trabajando para conseguir los recursos con los que hacer un estudio de
grabación aquí, en La India… Todos soñamos y trabajamos. Poco después regreso a
buscar a los de la Junta Directiva de la ATCC, que se han movido hasta el
colegio, donde el resto de la mañana reciben y entregan a los profesores de
allí, a sus directivas, el material que la Gobernación trajo para cumplir con
la medida de salud sexual y reproductiva. ¡Cuánto interés y celo en hacer bien
las cosas! Cuando termina la entrega del material didáctico, las cajas van a la
sede de la asociación, a un kilómetro del colegio. Los receptores y
administradores del material son la comunidad organizada, no los profesores,
quienes en todo caso son contratados y mudables. Me doy cuenta que esta manera
de hacer las cosas no está exenta de conflictos, pero razonablemente, que la
comunidad reciba y administre parece más estable que las directivas de la
institución… Pienso que, para nuestro joven rapero, como para la ATCC, seguirán
las tareas difíciles, pero aquí de repente –al encontrarme y hablar con T- voy sintiendo
que yo también soy T, T muchos somos, somos muchos Trabajadores, ¡verdaderos
Trabajadores!
PD: Con este
cierre tan proletario de la entrada, quiero precisar que trabajar no se refiere
en mi caso a la actividad remunerada, como es habitual entenderlo en las
conversaciones típicas con quienes andan buscando trabajo. En cambio, entiendo
Trabajo como la transformación de la materia, relaciones y energía que los
humanos obramos casi siempre con nuestras manos, pero que puede involucrar
cualquier parte o todo el cuerpo, la palabra, el gesto, en ejercicio de nuestra
autonomía y mediado por nuestra razón, amor y esperanza. Quienes hacen esto son
los verdaderos Trabajadores.