jueves, 12 de febrero de 2015

Balance de viaje

Siento que no soy bueno para contar historias. Cuando alguien me pregunta, después de mi regreso, qué hice, tiendo a resumir, como hace todo el mundo. Sucede que no siempre es fácil entender a cuál  significado se refiere quien nos pregunta, si al significado literal o al pragmático. La respuesta correcta entonces es algo del estilo de: -Nada... -Muchas cosas... -De todo un poquito... -Bien, con mi familia, etc. Sin embargo, me encuentro que a veces, amigos enfatizan ante mi resumen ramplón pero conversón, en que lo que quieren decir es que responda literalmente, que les eche el cuento. En ese momento me faltan las palabras para comenzar. No sé qué contar primero. Lo más fácil: comenzar con "El 23 de diciembre salí para Bogotá...", con la esperanza de que en algún momento del relato, tenga que cortar, cuando vea al otro u otra, cabeceando de sueño.

Lo que he contado hasta aquí podría ser mentira, y haber acomodado fotos de otras épocas con algunas recientes para hacer parecer como que realmente hice todas estas visitas entre el 23 de diciembre y el 22 de enero. Luego de mi toma del remedio donde el taita Juan, en cuyo ritual nocturno hay fuerte influencia católica, pero también un trato tierno con el tigre y el guacamayo, a quienes se dirige en diminutivo, para que lo ayuden, para que nos ayuden, me siento bien, entero, enérgico (no sé si por el viaje mismo por Colombia, o por el viaje del yagé). Me vienen recuerdos a veces de esa noche, pasada la medianoche, luego de haber esperado más de tres horas acostado en un junco (para quienes no conocen, unas cañitas secas pisadas, de una variedad que en este estado guarda aire y es abullonada), durmiendo intermitentemente. Me encanta la imagen de un tigrecito tigrecito viniendo en mi auxilio (aunque no la visualicé durante mi sueño). Cuando miré los cuadros católicos, brindé por mis antepasados y pensé en mi bisabuelo Nepomuceno, mis abuelos Germán, David, mis abuelas Bárbara, Benilda, mis padres... de la generación de mis abuelos el único que queda vivo es mi tío Salvador, el que visité en Barranquilla, dos días después de la cita con Pedro en Valledupar. Con todos sus problemas y sus hijas engendradas ya pasados los 60 años, es el superviviente de su época. Sobrevive incluso a mi padre, su compañero de pilatunas hace 50 años por las calles de Ciénaga. Él murió hace 15 años. Recordé tantos sueños con mi padre en estos 15 años. Pensé si lo vería. Influenciado por las enseñanzas sobre Don Juan, el chamán amigo de Carlos Castaneda, me pregunté bajo qué figura se podría presentar el yagé y qué diría... Mis compañeros de ritual dijeron: -Buena pinta... Yo me senté y cerré los ojos un rato. La verdad, en mi caso, encontré muchas imágenes borrosas, algunas motivadas por mí mismo en mi afán de "ver" algo... Comprendí que se trataba de orar en un sentido libre y dejé fluir ensoñaciones. Formas sin forma, al parecer sin motivo. Las manchas en la pared al otro lado de la habitación se me parecieron a una silueta de la costa de Cartagena, como la vi hace 22 años, llegando en un barco de contrabando, desde Isla Fuerte, con 15 molas en mi maleta, dispuesto a venderlas en las playas de Bocagrande: -Molas para regalaaar!... -Molas para decoraar!... contínuo, durante diez horas, tres días, hasta llegar a la conclusión de que debía contentarme con haber vendido la mitad de las molas y haber recuperado la inversión y un poco más. suficiente para llegar a donde mi tío Salvador, en Barranquilla. Podría haberme quedado a vivir en Barranquilla, siguiendo la invitación de mi tío y a lo mejor, tendría un hijo costeño próximo a entrar en la universidad, como mis compañeras y compañeros de generación. Poco antes del fin de año me enamoré y pensé en tener un hijo, pero esa relación se venía marchitando en las semanas anteriores al viaje. Este dolor también me empujó al viaje, y ahora buscaba claridad en este camino diferente. La claridad, en realidad, me la trajo el viaje. Mis anfitriones me mostraron su vida y cómo están viviendo, cada uno, cada una, me hizo antojar de lo que hace, de cómo vive. Pedro y su esposa Sandrine me mostraron tal cariño por sus niños -biologicos de ella-, adoptivos para él... Igual Wilton y su esposa en San Vicente... mis sobrinos me encantan y me quieren... La familia que me acogió aquí... las chicas más jóvenes del grupo que visitamos a don Sixto, que podrían ser mis hijas.. todo me pareció lindo, emocionante. Ver estas personas vivas, aprendiendo, gozando, riendo... podría ser. Pero también esta emoción de visitar, como si volara, todos estos lugares, ha sido posible por no estar amarrado a nada. ¿Qué será mejor? El yagé no me dijo nada al respecto. Es decir, lo que quiera que haga, será bueno.

En cambio interpreté otras imágenes, las pocas comprensibles y que aún recuerdo como una invitación a seguir viajando y a internarme en la selva. Un amigo, desde San José del Guaviare, me proponía en estos días ir a trabajar en educación indígena por allá, pero uno de los hermanos de mi anfitriona en Sibundoy decía en una imagen: -todavía no son fechas... Un hombre mayor, con un capisayo puesto corría tras una chiva que arrancaba hacia alguna parte, y decía: -espeere!, espeere! De un salto se ponía en la plataforma trasera y reía sonoramente. Pensé que era don Juan, el taita, burlándose de algo, quizás de mí... Solo lo compartí con la abuela de mi anfitriona, ya en la casa, habíendo regresado y ella lo interpretó como un signo de que el taita está armando viaje. Al día siguiente al viaje del yagé, mi amigo me explicó por teléfono que, por el momento, la posibilidad de trabajar en el Guaviare, para mí, quedaba postergada, no se habían dado todas las condiciones que esperábamos.

Finalicé mi viaje entero. Sin accidentes, mi recuperación de una herida que me había hecho en el pié derecho en noviembre pasado, cuando me clavé tontamente un escalón de escalera mecánica de aeropuerto en el empeine, era ahora completa, cierta infección cutánea, que molestaba un poco antes del viaje, había desaparecido ya, y sentía que el yagé y la limpieza que el taita me hizo por la mañana (me puso a cargar una piedra como de dos kilos (o kilo y medio) con las dos manos mientras el hacía el ritual (media hora, quizás? como que le caí bien al taita Juan). Del peso prolongado sobre mis antebrazos, hubo un momento que el cuerpo me empezó a temblar de manera casi incontrolable, mientras él terminaba de sacar lo que hubiera quedado de malo luego de la parte de la que el yagé se había encargado la noche anterior (mientras vomitaba, comprendía que era el yagé el que salía, sacando con él todo lo malo, limpiando). Pensé que este movimiento podía agregarle dramatismo al momento y que quizás el temblor no se debía a este peso sino genuinamente a algo fuerte que me estaba saliendo. Ese día me sentía fuerte, irresistible, nada se opondría ahora a mis nuevas determinaciones y planes. El olor de las yerbas utilizadas en esta parte del ritual me acompañó durante dos días, el baño del segundo día no consiguió borrarlo por completo. Era un olor fuerte, dulzón, en todo caso agradable. Cuando llegué a Manizales, dos días después, aún sentía este olor y este vigor. Mi vida no es perfecta ahora, ni ha mejorado sustancialmente aún, pero ciertas determinaciones, con sus dudas, me parecen algo más serias. Procuro apartar las dudas, a veces con éxito. Al parecer, este mes, incluida esta ultima experiencia me confirman como alguien muy comunitario, que puede serlo más todavía.

Lo que pase conmigo, en concreto, ya se verá. Si lo que vi significa que seguiré viajando, espero seguirlo compartiendo por aquí. Gracias por leer estas historias (perdonen lo presumido que aparezca a veces).

[Debo las fotos]

jueves, 29 de enero de 2015

El remedio y lo espiritual que queda en mí


Ninguna certeza previa de que el yagé me ayudaría. Marisol me había dicho en el camino de regreso de La Macarena que ella lo tomó hace años y que no le hizo nada, pero a su marido sí le generó un impacto fuerte. Una amiga antropóloga hace años presentó una ponencia en el Congreso Latinoamericano de Sociología de Buenos Aires (ALAS 2010) sobre los yageceros internacionales, en la que comentaba, entre otras cosas que había tomado yagé con el acompañamiento ritual y sin el acompañamiento ritual, y que solo en el primer caso le había generado algo. Una amiga teatrera de Cali hace poco había tomado yagé en Colón (uno de los cuatro municipios del valle del Sibundoy, los otros son Sibundoy, Santiago y San Francisco) y, si bien no le había dejado un mensaje muy claro, sentía que la había sanado y que le ayudaba a organizar su vida un poco... incluso, una columna de El Espectador, reciente, de un ingeniero, explicaba que su vida se había organizado mejor desde que él entró en la onda del yagé. Mis recuerdos más antiguos me remontaban a mis tiempos de estudiantes de antropología, cuando dí con los estudios de Josep Fericgla, de la Universidad de Valencia, quien había desarrollado algunas teorías sobre el uso de "enteógenos" como llamó a la familia de sustancias medicinales de diferentes culturas que conectaban a las personas con una percepción integrada de diferentes dimensiones de la realidad, para ayudarlas a dar pasos o protagonizar cambios radicales e importantes en sus vidas. Él tenía la teoría de que el meollo del asunto era la percepción de cercanía de la muerte que podía ser propiciada en circunstancias rituales por el yagé. También recordaba algún escrito de Michael Taussig en donde hablaba de las relaciones entre los chamanes indígenas del sur del país -obviamente también el yagé- y los poderes económicos de la región, especialmente en Cali, cuestionando que si bien parecía haber en esta práctica una forma de resistencia, se negaba a sí misma al ponerse en escena de esta manera, cuando la magia juega en favor de los opresores, es decir, los terratenientes que con su dinero la compran. Bueno, en todo caso, al final se doblegan así sea simbólicamente, ante el taita o ante el shamán.


Alguno de los primeros días de mi viaje, llamé a Silvia, estudiante de la universidad, indígena de la región, con quien siento bastante cercanía, resultado de un semestre excelente en una materia que di hace un tiempo, y a una emotiva salida académica en dicha asignatura. Le dije que tenía pensado pasar por el valle de Sibundoy y le pedí orientación al respecto. Ella inmediatamente me ofreció hospedarme en su casa y no preguntó nada más. Fue solo el día que llegué, tras dos días de viaje desde La Macarena, por la ruta San Vicente del Caguán - Florencia (noche ahí) - Pitalito - Mocoa - Sibundoy, cuando ella me preguntó si yo tenía en mis planes tomar el remedio, una de la formas más frecuentes de referirse al yagé. Me lo preguntó cauta, casi disculpándose por preguntar, pues para ella esto es algo muy personal. Igual yo, lo último que me imaginaba era salir de la toma a gritar a los cuatro vientos lo que había hecho y cómo había sido  y que increible, etc., etc. Pero admito que finalmente, al escribirlo aquí, algo de eso hay. 

Igual que en las entradas anteriores, el ponerse como ejemplo etnográfico es también narcisista, quisiera decir quijotesco en un sentido no heróico. El registro sincero da para salir más como antihéroe que como héroe. En mi caso, anuncio lo que sería consecuente -incluso épico- hacer, pero luego no lo hago. Por ejemplo, en la Macarena, me parecía inapropiado tomar fotos, por respeto a un anciano, y sin embargo, descubrí luego que su imagen aparecía en dos fotos de mi cámara, y su nieta -Sonia (nombre ficticio)- en otras tres. Más aún, pensé para mis adentros que ni tomaría fotos, ni pagaría un aporte por el derecho a tomarlas. Mi recuerdo debería ser como mucho el mañoco que le compré a don Sixto el último día. Pero cuando se aproximó Elías, pidiendo la contribución, saqué mi billetera y puse 20.000 pesos, con pesar por no haber tomado fotos. Lucas -el antropólogo religioso- me la montó en ese momento recordándome que me había visto tomar fotos a Sonia (realmente, al grupo, en que se incluía ella) cuando fuimos a buscar conexión de celular en un punto a menos de un kilómetro de la casa. 


Pensé que estaba regalando ese dinero, así que estuve pensando a lo largo de todo el viaje de regreso, en el momento en que podría copiar las fotos y grabaciones que los demás hicieron, pero ese momento no llegó. Una vez estuve en San Vicente del Caguán, ya tarde, el sábado 17, me quedaba tan poquito tiempo, que solo me pude duchar y salir corriendo a tomar un bus rumbo a Florencia. No solo había faltado a mis principios tomando fotos, sino también pagado por ello, y no había sido plenamente consciente de ello. Recuerdo, sí, que en una foto fui consciente. Cuando estabamos aprendiendo a lanzar flechas con el arco de don Sixto, para poder algún día pescar o cazar como él. Le entendí que él pesca así, pero su hermano Kiterio, quien murió escondido en algún lugar más arriba en la selva de La Macarena, hace menos de una década, cazaba cajuches (jabalíes) y otros animales pequeños. Ese día, una vez Ciro y yo quedamos satisfechos de más o menos conseguirlo con algo de acierto (él más que yo, la verdad, será porque tiene el mismo apellido de don Sixto... lo ibamos a declarar como "el próximo tinigua", el heredero...), Cintia tomó el arco y la flecha para intentarlo. Quise fotografiarla y ví que don Sixto estaba detrás. Pensé, mejor que no salga, que no salga, pero la muñeca jaló sola, un poco, un poquito... y saz! en la foto quedó don Sixto en la esquinita derecha. Lo supe y me dije para mí mismo: -fue sin intención. Pero quedó bien en esa foto el viejo. Le tomé cariño en poco tiempo, creo que especialmente por su forma de reír, de reírse de nosotros. Pero sobre lo que dije en la entrada anterior que parecía una postura ética sobre el manejo de las imágenes de los otros, realmente no lo cumplí, no fui consecuente.


Tampoco estoy siendo consecuente ahora mientras narro mis experiencias en Sibundoy. Pero en otro sentido, quizás lo soy demasiado. El caso es que le dije a Silvia que sí, que estaba interesado y que era una de los razones por las que había venido. Esto era verdad, cuando imaginé el viaje completo, con la idea de buscar mi propio camino ahora que ando solo y que comienzo a ser consciente de la oportunidad que ello representa, para encontrarme, para desarrollarme en libertad, como yerba mala, la etapa final la pensaba pasando por Sibundoy con la posibilidad de que la toma de yagé me ayudara a asentar experiencias, sentimientos, aprendizajes no solo del viaje, sino del tiempo de cambios fuertes que fue el año pasado. Sé que las expectativas depositadas influyen en si el yage ayuda o no. En el fondo lo consideraba una forma de oración más libre que la que practique por mucho tiempo mientras estuve más en el mundo de lo comunitario católico, ecuménico, religioso. Ya que me gusta presumir de hereje, la toma del yagé y el depositar mi confianza en él, es una manifestación de esta herejía por construir. Algo hay en ella en el considerarme un buenhombre a la manera de los cátaros del siglo XIII y XIV, pero me he venido sintiendo tierra hace tiempo, y el fundirme en ella es una imagen poderosa cuando pienso en un lado espiritual o trascendente, que no está para nada en el elemento aire, sino en las raices de las matas, entre las uñas de las manos y los pies cuando se llenan de tierra. Literalmente, la tierra es el espíritu que no se separa de lo material, y yo tampoco. Algo relacionado con esto quería sentir.

No hubo necesidad de esperar a la toma de yagé. Mi anfitriona se esmeró en facilitarme todo sin agobiarme con exceso de propuestas que no alcanzáramos a cumplir. Lo de la toma de yagé lo fue resolviendo rápido. Llamó al taita Juan (nombre ficticio), quien es al parecer la persona más de confianza de la familia.En cuanto a la conexión con la tierra, la mía en Sibundoy se me reveló en dos síntomas muy fuertes de mi conexión con ella. El primero fue la vegetación y el aspecto de todo el valle del Sibundoy, ¡tan parecido a la sabana de Bogotá! También tengo grabada la imagen del árbol borrachero. Alguna vez mi abuela materna arreglando una cerca con el árbol de borrachero se sintió mareada y se asustó. Contaba esa historia como si se tratara de algo muy peligroso que le había pasado, una aventura de campo que yo recibía con una sensación de misterio que me hacía reconocer algo mágico en esas formas retorcidas y nudosas de los tallos del borrachero. Muchas veces he pensado cómo será comerse una curuba de ese árbol que generalmente llama la atención cuando está florido. Es un árbol hermoso. Pues de este árbol sembramos más de diez en la tarde de mi tercer día en el valle de Sibundoy, en la finca de Lucho y Bárbara, en las afueras del municipio de Colón.


La atracción de esta finca son las aguas termales. Pero no son piscinas, sino charcos gigantes, pantanos de agua tibia, medicinal, en los que antaño se enterraba el ganado de las fincas vecinas. Los dueños tenían estos pantanos como un grave mal que no hallaban como eliminar. La llegada de Lucho aquí, en su propio relato, estuvo determinada por la sensación de una conexión cósmica, espiritual con este lugar, con las fuerzas, energías que el subsuelo libera aquí en forma de calor. Todo el valle del Sibundoy está sobre un volcán antiguo, las fisuras profundas generan calor que sube aquí cerca de la superficie y calienta el agua. Cerca de su finca habíamos visto una zona de balneario con piscina de aguas termales muy visible, aviso grande, negocios de venta de comida que en este día y a esta hora estaban todos cerrados. En fin de semana, familias enteras vienen a pasar el día calienticos, curándose y divirtiéndose en estas piscinas termales. Sin embargo, ante la promesa de algo más discreto, no me detuve a anotar detalles, ni me fijé en el nombre del negocio. 

Ahora estábamos en la parte de arriba de una estructura de madera destinada a convertirse en una casa, habíamos subido por una escalera externa, de caracol, de escalones redondos de diferentes alturas, sin baranda por el lado, pero con una guadua alta clavada al lado de la parte más alta, como para ayudar a quien estuviera ya llegando y le estuviera comenzando la sensación de vértigo, a no caerse. Estábamos almorzando luego de la tarea de la siembra. Habíamos escuchado a Lucho, recién cuando llegamos, contar su historia reciente a un grupo de hombres y mujeres jóvenes, visitantes y voluntarios, la mayoría mujeres norteamericanas, así que nosotros éramos en este caso el grupo local. Me sentí complacido de hacer parte de una familia local. Había comenzado a hacer buenas migas con José, un hermano menor de Silvia, quizás de unos 15 años, quien me había acompañado la tarde anterior a comprar ingredientes para el sudado con quinua que preparé para la comida (cena). Él caminaba a mi lado provisto de su celular de pantalla táctil, más moderno que el mío, unos audífonos, por los que escuchaba a un grupo de rap. Le pregunté el nombre del grupo (lo siento, ya lo olvidé, no tomé notas rápido y se me esfumó), hablamos corto, pensé que era un joven tímido, pero ahora, luego de sembrar juntos, en la perspectiva de meternos a los pantanos de barro termal, idea que notablemente lo emocionaba, y habiéndolo escuchado decir por el camino hasta aquí que quería volverse hippie, iba yo concluyendo que mi primera impresión era errónea. Le habíamos tomado del pelo sobre su idea de hacerse hippie, pretendiendo ponerle pruebas ridículas que ya olvidé... Daniel, quien sigue en edad a José entre los hermanos de Silvia estaba también contento, pero no tan decidido. Nos acompañaba tambien Sara, la mamá. ¡Caramba! ¡acabo de caer en cuenta que yo era el papá entonces! Pero la verdad me sentía como un hermano. Sí. Este rol familiar era más preciso. Yo era su invitado que venía de lejos, quizás pasaba por el hermano perdido de Sara, la mamá. Cualquier cosa, menos pasar por turista, aunque soy consciente de que también lo era.

Habíamos sembrado plantas plantas aromáticas y algunos árboles pequeños, siguiendo una indicación imprecisa de ponerlos donde hubiera espacio. por donde parecía ser la parte de la estructura destinada a tener la entrada principal. Había un camino de unos veinte metros que llegaba a un estanque-pantano, modificado por las manos de voluntarios anteriores a nosotros y las de Lucho y Bárbara, y posiblemente un poco también por las de Luna, hija de él, de unos diez años, una niña despierta supersociable, adorable. La forma de anillo de este estanque, con un diámetro de unos 25 metros, con una isla circular en el centro, daba una impresión esotérica o mágica, que se reforzaba con los árboles recién sembrados alrededor. Sentía yo pena de no conocer el nombre de ninguna de las plantas que había sembradas allí, excepto algunas matas minúsculas de maíz de menos de diez centímetros de altura, que conseguían escapar milagrosamente de las pisadas de tanto voluntario o voluntaria desprevenido, como pasa por allí, como nosotros mismos. La otra única mata que conocía es el borrachero, gracias a la historia de mi abuela, y a múltiples otros momentos de la vida en que había vuelto a ver borracheros.

En el hotel de Copacabana, al lado del lago Titicaca donde nos quedamos en el 2012 con Antonia había un borrachero florido hermoso, pero no era de flores blancas, sino rosadas. Ahora recién llegando a casa de Silvia, el primer día allí, también había visto borracheros y ella me había hecho ver que desde el balcón de su habitación se veían tres variedades diferentes a lo largo de las cercas de los potreros y las chagras vecinas. Esta mata fue proscrita en la sabana de Bogotá y no es tan común encontrarla cerca de las casas. La razón es que de ella se saca la burundanga, o cacao sabanero, con la cual ladrones habilidosos son capaces de robar la voluntad de su víctima y conseguir que se haga acompañar sin oposición en los llamados paseos millonarios. Pero aquí, al sur de Colombia, esta es aún una planta protectora. Por eso Lucho quería que su lago principal, en forma de anillo, fuera el lago de los borracheros. Un lugar que concentre energías antiguas y profundas, que las invoque para que cualquier proyecto que se haga aquí sea próspero, y para que los enemigos se sientan vencidos tan siquiera piensen en acercarse o hacer daño.


Habíamos plantado árboles, algunos curubos, aromáticas, maíz, habíamos movido pedazos de troncos de un árbol que alguna vez tumbaron y que ahora, humedecidos por el ambiente, pesaban como piedras. Así fuera arrastrándolos los habíamos llevado y los habíamos acomodado por debajo de la estructura destinada a ser casa. Estábamos cansados y ahora estábamos almorzando. Los amigos de Bárbara y Lucho habían traido comida preparada desde su casa, en la cabecera municipal, en Colón. Era comida bien preparada, no ACPM (arroz, carne, papa, maduro), ni comida típica para tobreros del campo. El arroz era de un tono oscuro y con aroma (no recuero ahora si era integral, probablemente sí), resaltaban los pepinos rellenos (que en algunas partes llaman cohombros), que aquí se llaman archuchas, pero el relleno era vegetal, con base de puré de papa. Estaba delicioso. Pero lo que más se quedó en mi memoria (seguro también en las demás memorias presentes allí), fue el postre: fresas y uchuvas ¡en baño de chocolate! Con pena, los más extrovertidos demoraron tiempo en abalanzarse sobre los platos donde quedaban las últimas, pegadas al plato por el dulce baño, ahora frio y solidificado. Cuando acabamos de comer apenas nos quedaban 20 minutos de baño termal en el pantanito de más atrás, el más calientico. Lucho ya nos había explicado que las corrientes calientes se sienten bajo el agua y que hay que buscarlas con los pies. ¡Era con precisión lo que sentíamos ahora! Con José jugábamos a estar más cochino el uno o el otro, metiéndonos tierra en las orejas, sumergiéndonos en el pantano, metiéndonos tierra en la boca y dejándola escurrir hacia afuera, haciendo la típica mascarilla, clavándonos de cabeza para buscar las corrientes calientes con las manos. Finalmente sacamos un poco de tierra medicinal en una bolsa para Silvia y Sara, que pensaban hacer un emplasto.

La ducha fue tan rápida, que los últimos pegotes de tierra en mis orejas me los saqué cinco días después en Manizales. Ahora, que me sentía sanado por este baño, más cerca de las profundidades de la tierra, estaba listo para finalizar mi curación en casa del taita Juan.

lunes, 26 de enero de 2015

Las fotos de don Nepo

Tan pronto habíamos llegado a la casa de don Nepo, mi amigo Ciro, notando ya que la mayoría de nosotros teníamos desenfundadas nuestras cámaras. Para ser más preciso, y excusarme, en ese justo momento yo la había guardado, pero el viaje por rio había sido un verdadero concurso de fotografía de tres horas. Yo fui de los primeros en desenvainar mi pequeña Nikon digital que justo se me había dañado en agosto pasado porque le entró agua en uno de los caños del río Inírida, cuando regresaba con Jaime de las escuelas de la diócesis de San José del Guaviare, ese día llovió y, aunque yo tenía cierto cuidado para tomar las fotos, el lente se mojó y comenzó a trabarse en el cierre del apagado, sin cerrar nunca completo. Siempre olvido llevarla a un técnico porque, de alguna manera, la cámara se recupera un poco y me permite tomar fotos caprichosamente, cuando ella quiere.

Que la cámara fallara ahora tiene dos interpretaciones posibles, para mí. La primera es que los ríos de la selva se me resisten a ser fotografiados. Ellos saben que lo mío no es la fotografía y que me siento mejor contando historias. Como para la mayor parte de la gente, la cámara en los paseos se vuelve una obsesión. Queremos capturar cada imagen bonita, para cuando regresemos ahorrarnos explicaciones y simplemente poner el reproductor de imágenes y que los amigos pregunten solo cuando algo les llame la atención. Yo igual he caído en esa adicción, aunque admito que me molesta mostrar mis fotos cuando regreso de un viaje. Siento que me callan. Es verdad que también me callan las actitudes de “no tengo tiempo”, “cuénteme ya”, “vaya al grano”, etc. que la gente va diciendo con sus ojos y cuerpo. Temo a esas intervenciones así que normalmente me resumo solo y me trago la rabia que me da conmigo mismo por no tener el valor de contar y que me valga güevo el resto del mundo. Mejoraría la calidad de mis relatos si los pudiera contar abiertamente a cualquier amigo que me cruce por cualquier calle en Manizales o Bogotá, pero todos vamos tan de afán…
Si lo hicieran conmigo, me pondría nervioso, como me pasa con dos famosos profesores de mi departamento, que acostumbran hacerlo no solo en clase, sino también en los pasillos. Los envidio, pero no soy capaz de hacer lo que hacen ellos. Ahora, ¿ellos escriben lo que narran tan inoportunamente? En favor de esta hipótesis debo decir que a los diez minutos de desembarcar en algún caño del rio Guayabero, cerca de la casa de don Nepo, la cámara comenzó a funcionar nuevamente.


La segunda interpretación de por qué se me daña la cámara cuando entro en estos ríos, es que la selva me está invitando a contemplar. Cuando aparece un Martín Pescador compitiendo con nuestra lancha y yo me afano a sacar mi cámara para fotografiarlo, prenderla, esperar a que haga el ruidito de encendido y apuntar el objetivo haciendo zoom para que alcance a medio figurar en la imagen que tomo, ya no está ahí, ni en ninguna parte. La pesca de imágenes de animales desde una lancha en movimiento es realmente algo difícil, aún más con una cámara digital normalita.


Ha mejorado mucho la tecnología al respecto, pero mi coordinación, mano, ojo, intuición, no es tan ágil aún para conseguir siquiera una buena foto. Es mejor la pesca a pié, metido entre el agua en alguna playa de piedra, luchando contra la corriente porque no lo haga a uno perder el equilibrio y lo tumbe dañando definitivamente el desecho de cámara que solo prende cuando a ella le gusta, y obligándome a comprar otra o a definitivamente y claudicar con la imagen, para quedarme en la narración. Mis amigos me criticaran por seguir viviendo en el siglo XIX. El XXI no dejará tiempo para leer, solo para ver; no para tratar de entender, solo para sentir. Pues yo en este momento escribo y siento. Ansío que en algún momento de la lectura, usted deje de entender y sienta algo también. Ahora estoy ligeramente agazapado para sostener el equilibrio dentro del agua, la corriente no está fuerte aquí pues el rio Losada se ensancha por aquí y tiene menos de 30 centímetros de profundidad donde estoy ahora y quizás un metro veinte centímetros en la parte más caudalosa, a unos tres metros delante de mí. 

La otra orilla está a unos cinco metros. Avanzo agachado, despacio hacia una rama donde se posó un Martín Pescador. Sombrero negro intenso con pico hacia atrás, aerodinámico, como el casco de un ciclista diminuto. Ala azul brillante y negra, o ¿lomo negro que se confunde con el ala? No logro distinguir bien. Cuello y pecho blancos, contrastando con los otros colores oscuros. ¿Cómo hace para tener las plumas blancas tan blancas? En esta selva donde todo puede mancharlo, un prodigio de la naturaleza conserva un blanco tan limpio como si lo hubieran desteñido en límpido, clorox, o lejía. Dos veces el pájaro se me ha escapado cuando aproximo el zoom. Es difícil no perderlo en la pantallita, pues el zoom, con solo aumentas hasta cinco veces, puede finalizar apuntando a cualquier otra rama de colores parecidos y hacer difícil la tarea de hallarlo para disparar la foto. Tras otros intentos fallidos, concluyo que no me puedo aproximar a más de cierta distancia, que quizás podrían ser unos diez metros, pues entonces ya se va. Decido tomar primero una foto desde más lejos, con todo lo que dé el zoom, incluyendo la parte del zoom digital, que agrega unos 3x más. Aunque sean de mentiras, se ve bonito tener bien enmarcado el animal en la foto y no tener que sacarle tanto tiempo después a la edición de la imagen. Pero sin trípode, la siguiente dificultad es ahora que no me tiemble el pulso. Con el 8x de aumento que tengo, cualquier leve movimiento del brazo o la muñeca daña la foto. En una hora fui capaz de tomar tres fotos aceptables y me quedé tan contento. Seguí acercándome a donde Ciro y su hijo están pescando nicuros. Estuve en la pesca del primero.


Pero no insistí en pescar. No soy experto. Al final de la tarde ya lo haría, cuando tuvieran su tarea completada y tuvieran paciencia de explicarme y mostrarme cómo se debe hacer. Pero esa historia la conté ya y la elipsis está ya muy larga. No había contado sin embargo que esa tarde la pesca fueron once peces, tres fotos de Martín Pescador, algunas de loros y otras tres de micos churucos, que iban de paseo por la otra orilla al caer la tarde mientras pescábamos. Me parecieron más difíciles que los pájaros.

La presa principal para los concursantes en el viaje hacia don Nepo no eran ni los Martín Pescador, sino los caimanes. Presa menor fueron las tortugas charapas, que ha esa hora de la mañana salían a tomar el sol en cualquier palo o piedra que sobresalga del rio, cerca de las orillas. En uno de esos palos, el cuerpo de un caimán inmenso reposaba en una postura poco corriente, tenía la cabeza y la cola sumergidas; solo sobresalía el lomo por fuera del agua. Fuimos concluyendo que estaba muerto. Ante el ruido del motor, alguien dio una explicación que no conseguí escuchar. No le di importancia, estaba extasiado contemplando todo, la escena nos incluía a nosotros. Investigadores locales rumbo a una misión artística, emocionados capturando imágenes, charlando poco la verdad, lo poco que el ruido del motor y del agua -partiéndose delante de nosotros- permitían.


Al dejar el rio Guayabero y comenzar a remontar el caño que conduce a la casa de don Nepo los caimanes, las tortugas y las iguanas quedan más al alcance de las cámaras. Así que fue la fiesta de las imágenes fallidas. –Ah! Se me perdió… –Acércate, acércate, acércate… –Otro poquito, otro poquito… –Allá, allá, en la playita… –Mírelo, mírelo, mírelo… Divertido, comenté en algún momento que me parecía como si los caimanes se lanzaran al agua apenas nos veían para acompañarnos y nadar con nosotros, venían a darnos la bienvenida. Ciro, tratando de descifrarme, sonriente, dijo: –Me gusta su interpretación.

Al llegar al sitio de desembarque, mientras bajábamos las maletas y las sacábamos de las bolsas de basura en que las habíamos echado para protegerlas, agradecimos la acertada decisión de no haber traído una planta eléctrica que en algún momento Ciro pensó incluir entre los materiales de la expedición. El peso del mercado que llevábamos para don Nepo y para comer nosotros estos tres días podía pasar tranquilamente las cinco arrobas. Para poder registrarlo todo, cargamos al máximo todos los aparatos eléctricos que llevábamos y había una cámara alternativa, en caso de que la de Ciro consumiera toda su batería. Era la de Marisol, menos resolución, más una cámara de fotografía que de video, pero llevábamos suficientes memorias SD como para grabar con ella. El problema, para mí, no era ya de tipo técnico: mi cámara se arregló sola a los diez minutos de bajarnos de la lancha. Entonces son los ríos, pensé. No quieren que los fotografíe, pero la selva no tiene problemas conmigo. ¿Será que soy más de tierra que de agua? Alguna dinámica que hace años hacíamos con los raperos y parceros de PazParce, invitaba a la gente a identificarse con alguno de los cuatro elementos. Yo me sentía más tierra que cualquiera de los otros. Ahora, que mi identidad indígena se ha venido consolidando, esto me reforzaba en mi relación con la Pacha Mama. Reía para adentro con estas elucubraciones esotéricas mientras tomaba fotos del grupo en marcha hacia el destino de este desplazamiento.

El problema no iba a ser ahora técnico. Esto estaba superado. En cambio, fue la interacción la que me impuso la barrera durante los tres días que estuve en casa de don Nepo. En algún momento, procurando anticiparse a las fotografías, que ya estaban comenzando, Ciro dijo: –Don Nepo, ¿cómo hacemos con lo de las fotos? ¿Podemos tomarnos fotos con usted y de la casa?

–Ustedes verán… Usted ya sabe cómo es. –Sí, don Nepo, no hay problema… Vino luego una sesión de fotos de cada uno con don Nepo, a la que no fui capaz de sumarme. Don Nepo con Ciro, con los que vienen de la Casa de la Cultura, con los que vienen de La Macarena, con las mujeres jóvenes, con cada uno de nosotros, excepto los dos antropólogos. Lucas, quien además es religioso, y yo. Me sentí bicho raro, pero no tenía ganas de exotizarlo, al fin y al cabo, se trataba simplemente de un hombre mayor que recibe la visita de unos extraños. Esto justifica el cobro, del cual yo aún no estaba seguro. Y por lo visto, él no tenía intención de parecer cínico con el hecho de que su foto tenga precio. –Ustedes verán… Todos entendimos la idea, si bien no estaba claro el monto. Ciro, nuestro representante en este caso, daba a entender que el aspecto del monto era ya asunto resuelto. ¿Por qué no podía yo fresquearme? ¿Por qué no Lucas? Luego supe que tampoco Marisol quiso tomarse fotos con él. El consenso habitual generado entre antropólogos críticos y autocríticos del siglo XX es que la intromisión sin permiso no debería tener lugar en un contexto postcolonial. Las relaciones deberían ser equitativas y nada puede hacer el investigador externo si las comunidades –incluidas las comunidades étnicas- no lo han invitado. Lo menos peor cuando los externos hacen investigación siguiendo objetivos externos es por lo menos pagar para disminuir los efectos molestos de la intromisión. Sin embargo, la relación se ha naturalizado y se da por hecho que todo el mundo estaría dispuesto a dejar que se le metan en su vida privada si le dan dinero. Este parecía ser nuestro caso. Sin embargo, la motivación de la creación artística bien valía la pena. La transacción estaba justificada y don Nepo se notó contento con el acuerdo. Tres personas, sin embargo, no nos animamos a tomarnos fotos con él, al menos por el primer día de los tres que estuvimos allí.


Una parte de mí siente un poco de lástima por ser tan mojigato en este aspecto, pues me terminé dando cuenta de que don Nepo está bastante habituado a las cámaras. No solo está el video que vi varias veces en este viaje –Le dernier Tinigua, de Yves Billon-, sino también otros dos documentales más recientes por realizadores al parecer extranjeros (los apellidos podrían despistar pero no he tenido tiempo de averiguar de donde es el ) y que están subidos en youtube. Son La sombra del Guayabero, de Jean Paul Simard (financiado por la gobernación del Meta, la voz un poco lastimera), y La última palabra de Juan Pablo Tobal (de Córdoba, Argentina). Incluso videos cortos de pocos minutos están subidos allí, mostrando no solo a don Nepo, sino también al chofer de nuestra lancha, amigo de don Nepo desde hace más de 40 años.

He llegado a la conclusión de que don Nepo -o don Sixto Muñoz-, pues es inútil ocultar ya su identidad, es realmente una celebridad y que está más acostumbrado a las cámaras que mis amigas actrices y amigos actores de Cali, Bogotá o Manizales. Es tal vez la persona viva que conozco que más ha salido por todo tipo de pantallas, y lo ha hecho sin más pretensión que representar a su gente. Nuestra misión como grupo de investigadores, paseadores, turistas culturales... como lo queramos llamar fue corresponder a esta voluntad de no desaparecer de la memoria, escondida en un cuerpo sencillo que nos enseñó a apuntar con arco y flecha (muy a lugar, luego de que mi amigo Ciro perdiera su pistola neumática de pesca justo tres días antes); también a bailar los pasos de 15 animales. Por él reconozco la diferencia entre la mata de yuca y la de yuca brava, y en lugar de tomarme una foto con él llevo el recuerdo de haberlo acompañado al otro lado de su laguna, a la otra mitad de su territorio, el que él fundó, como colono, no solo como indígena, sin tomar fotos, solo preguntando y opinando sobre cuáles racimos estaban más listos para llevar. Verificó que una mata de plátano estaba siendo atacada por una plaga de chizas que se le comen el tronco. Me dijo que estas no son las buenas para comer, las que se comen son más grandes y crecen en otra clase de palma. Uno de los visitantes fue quien le indicó de la plaga que estaba atacando al plátano por esta época. También algo material traje de allí: tres kilogramos de mañoco, acidito, fresco, suave, la farinha que quién sabe hace cuanto aprendió a hacer y que lo sostiene a sus más de 80 años fuerte, sonriente, lleno de conocimientos. Regalé un poco de esta farinha a mis tres benefactores en Sibundoy, contándoles de dónde venía y me guarde un poquito para mí. Para que cuando sea viejo también me ayude a conservar la memoria que me corresponda transmitir a mí. 



domingo, 18 de enero de 2015

Notas de la visita a don Nepo

Es 14 de enero y estamos en la casa de don Nepo (de nuevo recordemos que todos los nombres en este blog son seudónimos para ocultar la identidad de amigas, amigos y personas que podrían sentirse vulneradas por lo que cuente aquí, o por mis opiniones, pero quien quiera que se revele su identidad, me lo puede comentar). Es un hombre sencillo que, pese a ser el último hablante vivo de su lengua materna y ser reconocido por ello, consigue sobrellevar el karma de la estigmatización primero, persecusión, y finalmente exotización. Vine acompañando a un grupo de investigadores locales, relacionados con la Casa de la Cultura de San Vicente del Caguán. Para mí, este es precisamente el atractivo que este viaje tiene. El fenómeno social que hay que documentar aquí realmente no es el la sobrevivencia del último hablante de una lengua de origen precolombino, sino la emergencia de grupos de investigadores y artistas en las regiones que hace pocas décadas han sido de colonización, y que si bien lo siguen siendo, lograron generar el arraigo suficiente para que las últimas generaciones se dediquen a construir referentes identitarios con los elementos que la historia ha dejado en sus manos.

Ciro me presentó un trabajo hace unos meses en el que me describía una danza desconocida para mí hasta ese momento: el yariseño. Me remontaba a una historia local de otra parte de Colombia ya en ese momento antigua, a los años 60 y 70 del siglo XX, y me introducía en la historia cultural de la colonización caqueteña. Nada que ver con Colonización, coca y guerrilla de Alfredo Molano. Lo que se mostraba ante mí era una perspectiva de la historia que ya no era la de la confrontación entre la modernidad y lo indígena, sino la visión de los hijos de los colonos, quienes no se identifican de ninguna manera con las maneras en que la colonización fue llevada a cabo. A veces, descubren con horror los detalles del proceso que los ha configurado como identidades nuevas en nuestro país. No siempre esto es solo una toma de conciencia, sino que en este momento es un sistema de heridas abiertas sin sanar, sobre las cuales, sin embargo, se puede vivir y gozar, incluso con la libertad desbordada de la que hablé en una entrada anterior. Por ejemplo, en el transporte hasta aquí, Cintia me contaba que en una investigación sobre memoria reciente en San Vicente, han tratado de preguntar a la gente sobre el período de despeje para las negociaciones entre el gobierno de Andrés Pastrana y la guerrilla de las FARC, pero nadie quiere hablar al respecto, pues quienes fueron influyentes en la época de la guerrilla, así como quienes apoyaron la incursión posterior de las autodefensas, con las consecuentes desapariciones, que nunca han sido contadas, son personas que aún siguen siendo influyentes en el municipio. Es decir, la vida de quien sea que rebele algo de cómo fue esa época podría resultar en peligro,

En este momento, estamos en reunión con don Nepo. Acabamos de ver el breve documental que hizo la Casa de la Cultura de San Vicente del Caguán y Ciro le pidió a don Nepo su opinión. Él no comenta nada. Cuando Ciro insiste en preguntar, -¿Qué le parece? ¿Le gustó?. Él responde: -Sí señor. Eugenia, su hija, dice que no sabe. Al parecer no le parece bien dar su opinión sin el consentimiento de su abuelo.

Es difícil realmente sacarle una opinión sobre el montaje. Ciro propone mirar ahora el documental El último tinigua, de Yves Billon y N. Sauvoy. Mientras lo miramos, él y Joselín le preguntan cosas sobre lo que va apareciendo en el documental. Especialmente, los personajes que van apareciendo llaman su atención, y la de don Gustavo, su amigo de hace 40 años, quien nos trajo en su canoa, de diez metros de largo, hecha de un tronco de madera ahuecada. Excelentemente estable. Con un motor Yamaha de 40 caballos, los más comunes por aquí. La sonrisa de don Gustavo, así como la de mi amigo Ciro, tienen algo del brillo que enciende la cara de los niños cuando se sorprenden. Don Gustavo tendrá unos 60 a 65 años (quizás más?). Don Nepo, según las cuentas tiene cerca de 90 años, y Ciro, 34.

En el video aparecían imágenes de familiares y amigos de don Nepo. Ciro y Lucas iban deteniendo el video y preguntando a don Nepo por ellos. A veces, él contaba algún detalle sobre su hermano, su padre o sus amigos. Lo más común era que se pusiera a hablar con don Gustavo sobre sus conocidos y amigos comunes. Repasaban con Ciro los lugares donde él había vivido, pues en la danza que el año pasado prepararon y de la cual le mostraron el video, se representaban los lugares donde él y su familia habían vivido en una vida huyendo las persecuciones de las violencias, comenzando por la persecución de que los indígenas fueron objeto en los llanos orientales a lo largo del siglo pasado, luego la violencia partidista, la del actual conflicto político armado, que le ha tocado de tan cerca, como que contó que los cráteres que se formaron en un potrero a unos 500 metros de su casa, por el camino por el que pasamos para llegar a su casa, desde el caño más cercano, fueron producto de un bombardeo hace un par de meses. Entre los vecinos de don Nepo actores del conflicto armado y cocales de otras personas, se confunden, así como la intervención que, desde esta perspectiva parece errática, peligrosamente sujeta de graves errores. Recuerdo que contaba dos cosas: la primera, que estuvo sordo varios días luego del bombardeo, y la segunda, que el cultivo de coca no es negocio. De sus vecinos cultivadores, dice que cultivan esa hoja y siempre andan sin un peso. -En cambio yo tengo 20.000 pesos y no tengo necesidad de cultivar, ni meterme en problemas.

Hace un rato, don Nepo, finalmente se cansó de hablar sobre su vida y pidió que pusiéramos una película. La tecnología hoy permite llevar equipos livianos con los que el grupo de investigadores caqueteños puede moverse fácil, incluyendo un computador con películas que compartir en las últimas horas de la noche. Pusieron la única que había en el computador de Wilton: El Rey de Persia. Don Nepo y su nieta Valeria aguantaron una hora. Cuatro del resto de visita nos quedamos hasta que acabó y nos acostamos cerca de la medianoche.



lunes, 12 de enero de 2015

Ideas para entradas interesantes

Esto del uso de la primera persona, si bien es un recurso valioso en la escritura etnográfica, ayuda a superar la trampa de objetividad de la ciencia moderna, disminuye la separación entre el investigador y las comunidades, sirve como cura para la antropología y demás ciencias sociales colonialistas, etc., en lo personal genera al mismo tiempo una sensación de narcicismo. Es la distancia corta que separa lo egocentrado de lo egocéntrico. Un año afectivamente complicado me ha generado un eco de recriminaciones sobre mi egoísmo. De todas maneras, un efecto bueno de esta situación es que permanezco en guardia con lo que escribo, tratando de que, sea como sea, contenga algo que pueda ser considerado de provecho por alguien.

Quiero poner aquí algunas ideas que he venido acumulando a lo largo del viaje. He pasado ya por Taganga, Barranquilla, Cartagena, Cali, Popayán, Tierradentro, San Agustín, Florencia y ahora estoy en San Vicente del Caguán, en la Finca de un vecino de Ciro, el estudiante de la especialización en gestión cultural de quien hablé en la primera entrada. Resulta imposible, para mí, escribir sobre la cantidad de experiencias intensas que me atraviesan, como neutrinos.

Hace cuatro días estaba tomando fotos del Nevado del Huila desde un alto cualquiera en las entrañas de Tierradentro, y hoy estoy escuchando música norteña en medio del Caquetá, en una finca de 150 hectáreas, pequeña, para los estándares de los llanos orientales. Hablábamos con alguien antier de la transformación de la selva en llano, que es realmente lo que ha venido pasando en este departamento, el más desarrollado del Amazonas colombiano. Todo el tiempo pasan cosas importantes: hoy saqué mi primera yuca, ayer, pesqué mi primer pescado, un par de días antes llevé a mi mamá a ver por primera vez Tierradentro y encontramos el nevado del Huila hermoso, despejado, sublime. Menos esquivo realmente, que los picos Colón y Bolívar, en la Sierra Nevada de Santa Marta (quizás las montañas de Tierradentro han tenido más tiempo para hacer confianza conmigo, pues las visito desde 1994).

La lejanía de mis lugares habituales me cura un poco de todos mis males. Un viento sopla suave en un día soleado. A la sombra de un árbol de naranja, en una esquina de la casa donde nos quedamos voy pasando revista a mis recuerdos de un año de cambios fuertes, un año montaña rusa. Un poco más atrás de donde estoy sentado, está guindado mi chinchorro, entre un arbol y la casa. Pienso tanto en mí ahora, que me cuesta esta vez encontrar los temas que podrían ser interesantes para mis amigos, y para otras personas. He estudiado mucho y sé poco de la vida.
Envidio a mis anfitriones de aquí, cuatro parejas con hijos entre niños, adolescentes y jóvenes. Antes de anoche, jugando bingo, tomando cerveza y hablando, chanceando, montándosela los unos a los otros. Pepa, la mujer de Mancho, nos invitó a conocer su finca, explicando que le daba pena no tener aquí lo necesario para que nos sintamos cómodos. Fue una escena chistosa pues ella extremadamente introvertida, tiene un marido extremadamente reservado, tranquilo. Así que ella lo echó al agua en determinado momento: -Mi amor, yo los invité... Al fin y al cabo, la mitad de la finca es mía-. Él sonrió tranquilo y con un poquito de picardía. Nos dijo más o menos por dónde era. Alguien dijo: -Así sea caminando, si alguien me dice por dónde es, ¡hijueputa! ¡allá les llegamos!-... Y nos fuimos animando todos. Ayer, repartidos en una Hyundai Tucson y cuatro motos, diez adultos, ocho jóvenes, cuatro niños, mercado para todos y cinco pacas de cerveza lata, recorrimos el camino hasta la vereda El Castillo, poco más de una hora, con la aventura incluida de cruzar un retén de la policía sin llevar los papeles de las motos. Me pareció sorprendente aquí en ese momento, dos cosas: nadie ofreció o intentó sobornar a los policías, y tras hacernos esperar 15 minutos de regaño por no ser precavidos, etc., nos dejaron pasar.

No contaré todo lo que he visto y vivido aquí. Solo comparto hoy que extraño el tiempo en que los planes surgían improvisadamente sin importar que no había ni cinco de dinero. Los paseos con mis amigos de los parches del proyecto PAZ-PARCE por el suroriente de Cundimarca. Todo lo que se necesitaba eran 10.000 pesos para los pasajes hasta el páramo detrás del cerro de Guadalupe, en el oriente de Bogotá. El resto se improvisaba, pero nunca moríamos de hambre.Este recuerdo me ayuda a recordar cómo era mi vida hace tiempo. Es bueno recordarlo para decidir cómo quiero ser en la nueva época que comienza.

Al pensar los temas sobre los que me gustaría escribir, tengo esta sensación, y el pedido de mi amigo Ciro, de contar que San Vicente del Caguán, con toda su historia de haber sido territorio legalmente administrado por la guerrilla durante el gobierno de Andrés Pastrana, y de haber sido claramente epicentro de la guerra que aqueja a nuestro país hace décadas, en todo caso, no es como lo pintan.
Aquí hice mi primera pesca en la vida, a los 41 años, en el río Losada, afluente del Caguán. También arranqué mi primera mata de yuca. Nos dejamos arrastrar del rio Caguán buscando peces para cazarlos con pistola neumática (no la llevaba yo, no avanzo tan rápido), perdimos la pistola neumática en un descuido, me acosté como un tronco mirando el cielo azul profundo de un día soleado, hasta que me estrellé con un tronco y perdí la careta con la que estaba careteando la lado de Ciro y Toño, quienes llevaban sus pistolas neumáticas. Hace tiempo no estaba tan despreocupado de mis cosas, de mis papeles, tan con sólo lo necesario, dejándome arrastrar de la corriente durante horas. San Vicente respira una libertad en la que se mezcla el llano inmenso con la selva generosa. Ayer, al salir a la finca, dejé mi celular en casa de Ciro, como hace tiempo que no hacía. Comienza mi desintoxicación tecnológica.


Sin más rodeos, estos son algunos temas que quizás desarrolle luego en otras entradas. Sé que no podré con todos ellos, pero nombrarlos por lo menos me puede ayudar para sostenerlos activos en la memoria un poco más:

Familias envidiables: ¡he encontrado unas familias tan bonitas! Lo común y llamativo en estos casos es la forma como se han conformado. Lo normal es que no se trate de familias nucleares típicas, es decir, una pareja con sus hijos biológicos, sino que son comunes la adopción de hijos de uno por parte del otro.

Las calles del sabor: Los vecindarios de mis amigos son espectaculares. Cada uno en su estilo. En Valledupar, Barranquilla, Cartagena y San Vicente del Caguán he dado con cuadras de barrio popular muy unidas y festivas. Los vecinos y parientes circulan como si la casa fuera espacio público.

San Agustín por los ojos de mi sobrina: A mi sobrina le encanta escribir, inventar letra a las canciones, hacer periódicos improvisados,... y me pidió que jugáramos a escribir lo que pasó el día que fuimos a San Agustín.

Mi tocayo de Suaza: Un moto-taxista, de nombre Javier, me charló rápidamente sobre la situación de la gestión cultural en su pueblo, mientras me llavaba a Guayabal, el día que intentaba llegar lo más rápido posible a Florencia, para pasar a esta etapa del viaje en la que me encuentro ahora.

Tratare de escribir más corto. La verdad, el estilo diario que acompañó el relato de búsqueda de Pedro por la Sierra Nevada es muy exigente para el poco tiempo que me está quedando de escritura y también creo que se hará pesado para varios amigos que quizás no tengan tanto tiempo como para ponerse a leer todo.

viernes, 9 de enero de 2015

¿Lugar equivocado? (segunda parte)

Ya por la carretera, en el último trecho, antes del arroyo, un señor con quien logramos conversar un rato, me había dicho que Pedro -o Nerúngumu, su nombre en lengua Iku- era su tío. Yo lo dudé, pues el hombre era claramente de más edad que mi amigo. Intenté objetar, pero no me escuchó bien y más bien me despedí y seguí mi camino. Él iba para el otro lado. Ya en Nabusimake, poco después de haber pasado las primeras casas, las que me parecieron más bonitas, continué por la carretera, viendo casas a lado y lado, formando grupos caprichosamente, iba preguntando a quienes veía, y a veces, si no veia a nadie, me asomaba a alguna casa. A veces la gente no salía, entonces intuía que podía estar solo la mujer con los niños, y otras veces, me decían que no lo conocían. Un hombre joven me indicó que debía llegar a una lata y subir y luego derecho derecho. La lata, vi poco más adelante, es una valla que da la bienvenida a Nabusimake, exaltando su valor como sitio de armonía con la naturaleza. En mis notas rápidas de ese día, me puse la tarea de copiar su contenido o de tomarle una foto, pero no hice ni lo uno ni lo otro. En ese punto, una puerta entra en un potrero y se podría seguir un camino de travesía hacia arriba. Pero también la carretera se bifurca. Una sigue hacia abajo y otra sigue realmente derecho. Entré en duda sobre lo que me había querido decir el joven y decidí regresarme hasta una casa donde se escuchaba un machete cortando algo.

La del machete era una mujer, Seinadiya, según le entendí, ella me dijo que Nerúngumu era su cuñado, y me dio unas indicaciones parecidas a las del joven anterior, pero aclarando que “por arriba” se refereía a la carretera, no al camino de travesía del potrero. Así que caminé un buen rato por la carretera siguiendo unas indicaciones adicionales que ya no recuerdo. Entonces fue cuando vi el poblado de Nabusimake. Es imposible no darse cuenta. Parece una ciudad amurallada, pero cuyas murallas no se levantaron para proteger, sino apenas para servir de muro a una buena zanja que circunda el poblado, que tiene quizás alrededor de dos hectáreas. Por la zanja, pensé en un castillo medieval. Pero a pesar de que tiene su puerta principal, hay tronquitos que salvan la zanja por varias partes y facilitan la entrada. Incluso, por el lado de la puerta principal, cuando entré (esto fue al día siguiente), la puerta estaba cerrada. En cambio, había una escalerita tallada en un tronco grueso, que sube y baja la murallita, que tiene, por el lado de la puerta, algo más de un metro de alta.

Las indicaciones incluían algo sobre seguir de largo por el poblado y pasar un campo de fútbol. Tuve que volver a preguntar, porque algo me habían dicho de un puente, que aún no veía. El río sonaba ya más adelante (al día siguiente vi que el puente por ahí ya estaba cerca). Unos señores mayores me indicaron cuál era la casa, señalándola con el dedo. Pero esa casa estaba cerrada con candado. Es decir, la puerta tenía una cerca de reja, que estaba protegida con un grueso candado. Llamé desde afuera varias veces y nadie salió. Circundé el predio or la derecha, pero tampoco vi señales de que hubiera alguien a quien preguntar. Pregunté en la casa de al lado y, por los gestos, entre lo que pude entender, había que entrar por el otro lado. Intenté circundar por ahí, pero los predios estaban pegados con los de los vecinos. ¿Por dónde entrar? Al fin, alguien me indicó que debía dar la vuelta al grupo de casas, pero no había calle por donde se pudiera pasar. Unos vecinos me indicaron que había que pasar por su casa, pero al llegar a la casa de atrás de la de Pedro, unos jóvenes me dijeron que allí no había nadie. Entonces, uno de ellos, pensando, me dijo algo como: -Un momento, usted no está buscando a Pedro, el de la muleta?-, -Sí, a él estoy buscando-. Entonces me dio otras indicaciones, según las cuales tenía que regresarme un buen trecho, buscando un puente diferente.


Ya para ese momento llevaba más de una hora buscando a Pedro y según lo que escuchaba, era un largo camino hasta su casa. No me desanimé aunque estaba exhausto. Seguí las nuevas indicaciones y pasé de nuevo por un lado de el poblado, pero por el lado de abajo, luego me desorienté y volví a preguntar. Unas tres personas no sabían. Un joven en la puerta de una finca hermosa, con puerta grande de madera, me mostró que ya estaba cerca del puente que buscaba y me pudo dar instrucciones más claras. Muy precisas incluso: pasando al otro lado del puente, a mano izquierda, debía caminar y cruzar tres arroyos y ya por ahí volvía a preguntar, que estaría muy cerca. Así lo hice, pero no encontraba los arroyos y volví a preguntar. Afortunadamente a este lado del río ya todos conocían a Pedro y una señora me volvió a decir lo de los tres arroyos. Justo al llegar al tercero, sin cruzarlo, debía tomar un camino a mano izquierda, apartarme del rio y llegar a un grupo de casas que es el de la familia de Pedro. Así hice, el camino subía por un pedacito pendiente de tierra negra, una pequeña galería del arroyo número tres, y luego llegaba a una sola casa. Sospeché que no era allí, pero las instrucciones habían sido tan precisas... Un perro pequeño pero bravo defendía su territorio con valor. Era blanquito, motoso y estaba sucio. Parecía que el camino conducía a más casas, pero el perrito no me dejaría pasar. Así que me regresé un poco y me encaramé por el barranco. Temí que el peso de la maleta me echara a rodar hacia el arroyo, pues estaba ya alto y la subida había sido resbalosa y pendiente. Tuve éxito en burlar al perrito, pero me tocó pasarme la cerca de la parte de arriba del predio para que se calmara. Ahí me dí cuenta que no había más casas hacia arriba y que me había metido en un bosquecito ralo de arbustos que solo llevaba al monte. ¿Cómo devolverme? No quería llamar la atención y donde estaba sentía que cualquier habitante podía estarme mirando y pensando si yo me iba a meter a esa casa a robar. Me mamé, pensé, me quité la maleta y la dejé allí, al lado de la cerca, para inspeccionar un poco, aprovechar la magnífica vista que tenía de Nabusimake desde allí, y ver por dónde putas bajaba.

En poco tiempo, me calmé, y vi que el vecino de al lado sí estaba en su casa, y que al parecer, la entrada principal para la casa del perrito mamón, era precisamente por donde ese vecino. Allí unos niños llamaron a un señor y él me indicó que debía bajar por su casa al camino principal otra vez, por el lado del río, y atravesar la zanja para ahí sí, subir a buscar la casa de Pedro. La señora me había dado una instrucción ligéramente errónea. Pero, bueno, disfruté la vista. Tuve que regresar por la maleta y, ya animado de nuevo, bajar al rio y entrar por el camino que sí era. Por allí, crucé una puerta de madera, fui preguntando en las casas que vi a la izquierda del camino, y a la tercera o cuarta, no recuerdo bien, llegué a la casa de Pedro.


Un perrito flaco ladraba insistentemente y me amenazaba, pero yo había ya perdido el temor a los perros de esta región. Me hice la sensación de que realmente en este camino recorrido los perros no tienen intención de morder, sino tan solo de avisar. Solo el perro que me había sorprendido en el atardecer del día anterior parecía que quizás pretendió morder, pero con poco compromiso, más bien él pasó de largo asustado que en actitud de herirme. Un señor que se movía pausadamente, con el pelo gris, no blanco, salió a ver qué necesitaba yo. Tuve la sensación de que no me comprendía muy bien sobre lo que yo buscaba. A lo mejor algo de desconfianza, finalmente, yo era un extraño en ese momento. Un momento después me decía que Pedro sí vivía ahí, que es su hijo, pero que no estaba, que él trabaja en Valledupar. Me invitó a seguir y nos presentamos. Estaban él, su esposa y su hija, con un par de nietos -niña y niño-. Expliqué que llevaba un presente para Pedro y que lo quería entregar. Preguntaron cómo había venido, cuándo había llegado... Conté. Ellos se miraron, no demasiado expresivos y ya. También les dije que había intentado llamar a Pedro antes de viajar, pero que no contesta al teléfono y pregunté si tenían el teléfono actual. La señora lo tenía guardado en un viejo monedero de donde sacó primero otro papelito, muy parecido, con el nombre de otra persona y un número. Le dije el nombre de la persona y se apresuró a cambiármelo, al darse cuenta de que me había dado el papelito equivocado. Eran trozos de papel de cuaderno rayado, amarillento. Le ofecí la bolsa de tumes explicando que eran para Pedro y ofrecí a ellos tumes aparte de los de la bolsa, para que los probaran. No tenía confianza como para decir algo pretendidamente chistoso, así que tampoco me atreví a preguntar si estaba bueno, si conocían los tumes... Respeto el silencio y el ritmo pausado, precavido de hacer conversación en estos casos.

Había comprado los tumes en el parador de carretera del bus Bogotá-Valledupar y al abrir el primero, hacía un día, por el camino, en un momento de hambre y cansancio, había descubierto con emoción, que estos tumes no tenían bolsa por dentro. ¡El bocadillo estaba directamente en contacto con el dulce de guayaba! ¡Tenía años que no veía un tume así! Supuestamente, por higiene, alguna directriz sanitaria generó hace años que los que se venden en Bogotá tengan un plástico que separa la hoja del dulce de guayaba. ¡Dañaron los tumes! Pensé la primera vez que encontré la desagradable sorpresa al regresar de Barcelona, en 2008. Pero estos tumes eran legítimos, a la antigua. Por otra parte, menos contaminantes, pues en términos de biodegradabilidad, el plástico atravesado en un tume tradicional es un crimen. Ahora me sentía complacido de regalar algo rico, tradicional, de otra región y que no tuviera plástico por dentro.

Continuar la conversación me parecía algo difícil. Yo nunca había ido por allá. No conocía las formas habituales del trato entre las personas. No sabía si ellos me entendían todo o si tenían que haer esfuerzo para ello y me parecía descortés preguntarlo. ¡Una complicación! Pero por otro lado, me sentía tan cansado que ansiaba que me invitaran a pasar un rato allí, con ellos, descansando. No pediría posada directamente pues ellos no me conocían. ¿Qué tal que yo fuera un mentiroso? Uno nunca sabe... Yo tampoco sé si ellos tienen algún enemigo, alguien que quisiera dañarlos con algún engaño de este tipo. Cualquiera de estas preguntas es una descortesía en la primera vez que saludas a alguien que no ha pedido verte. Así que me limité a explicar que quería dejar una nota a Pedro, para que entendiera de quién era el regalo. Don Aniceto, pensaba y pensaba con una chirimoya gigante entre sus manos, hasta que se atrevió a regalarmela. Estaba madura y lista para comer. Yo la recibí con mucho agrado. Pero ahora no recuerdo si la comí inmediatamente con fruición, o si la guardé para después. Si la comí allí, ¿la compartí? Es lo lógico, no? O debería comerla completa mostrando agrado por el regalo? No me acuerdo qué hice.

Hiciera lo que hiciera, me fui despidiendo y dando las gracias. Mientras por dentro pensaba en qué haría. Dónde me dejarían colgar el chinchorro. Cuánto más tendría que caminar para poder descansar un poquito. Para mi fortuna, don Aniceto me dijo, antes de que me fuera, -¿Por qué no se queda aquí?-. Consultó con su esposa brevemente con la mirada y un cruce de palabras rápido que obviamente no entendí, y me llevaron al cuarto de Pedro, que realmente era espacioso y cómodo. Con el piso de concreto bien alisado, era un lujo realmente. Tenía un espacio que servía como estudio-cocina, con una mesa grande, un platero metálico fijo a la pared, con unos pocos trastos limpios, y en el otro extremo del cuarto dos camas. Por indicación de doña Celia sobre de dónde podía tomar las cobijas, vi una separación entre ambas áreas. Era un palo largo colgado del techo del cual colgaban cobijas, algunas prendas de ropa y una especie de cortina. El techo era de teja eternit, distribuida en dos aguas a lo largo de la habitación, sin cielo rasos ni nada parecido. En una caja llena de libros, al lado de las camas, me llamó la atención un diccionario Iku escrito como parte de un proyecto apoyado por el gobierno vasco, y dirigido por un lingüísta vasco. El diccionario no era Iku-español, sino Iku-Iku. Pensé: ¡vaya vascos!, tal para cual. Los indígenas de la Sierra Nevada han sido firmes en seguir fieles a sus tradiciones. No podían tener mejor aliado en estos tiempos.

Para ofrecer algo a cambio de la posada, fui a comprar cosas a la tienda más cercana, y descubrí que allí venden minutos de Movistar (Claro, había visto yo que no tiene cobertura), y que también alquilan cuartos a los visitantes. También, ofrecí llamar a Pedro, para saber cuándo venía. No hubiera sido tan grave si no me hubieran ofrecido posada, después de todo. Pero ya que me la ofrecieron, mucho mejor. Por otra parte, lo que hablé por teléfono con Pedro nos dejó tranquilos a todos. Yo acordé una cita con él al día siguiente en Valledupar, y él me dijo que podía decirle a sus padres que él llegaba el 30 o 31 de diciembre. No pudimos hablar más porque de todas maneras la cobertura es muy mala y ya no se entendía lo que el uno ni el otro decía. Lo último que le pude entender fue algo como: -Javier, es inútil, que hablemos más ahora es tiempo perdido... Aproveché entonces para reservar el puesto en el carro del mediodía del día siguiente para Pueblo Bello. Es el único que salía ese día. Regresé a casa con el recado de mi amigo. No hubo excitación o sobresalto en la noticia. Parecía que en el fondo ya lo sabían. El almuerzo fue bocachico seco sudado, con patacón y arroz. Estaba delicioso, pero no hablábamos mucho, la verdad. Alguien volvió a preguntar lo de cómo había llegado hasta allí y conté brevemente, sin estar muy seguro de que me entendían todo, pero alguna conversación se generó, sobre todo con doña Celia, la mamá de Pedro. Los niños de Sonia, la hermana de Pedro, eran atentos conmigo. Como una atención más, ofrecí tinto, orgullosamente cocinado en la estufita de campingaz que llevaba y que gustó mucho a doña Celia. Ahí charlamos otro poco. Ella preguntaba y yo explicaba cosas de lo que hacía yo. Creo que se quedó más tranquila después de eso.


También apareció otro sobrino de Pedro, adolescente, quien me hizo conversación más de una hora esa noche. Le gustaba hablar de sus caminatas a Pueblo Bello, presumía de caminar rápido y mucho. Podía ir y volver el mismo día caminando. También me contó que ese año decidió no estudiar más. Le gusta más el trabajo del campo. Este año hizo su primer sembrado de papa.

Esa noche dormí muy bien. El cansancio acumulado de los últimos días se apoderó de mí y tuve un solo sueño desde las 9:30 p.m hasta las 7 a.m del otro día. Ya me habían dicho que no era necesario que madrugara mucho. Ellos tampoco tenían pensado levantarse muy rápído.

Al día siguiente, no me ocupé en más búsquedas por la mañana. Ofrecí tinto preparado con mi estufita. Conocí un par de personas más en casa de don Aniceto y doña Celia, me encaramé en el alto más alto que hay detrás de la casa de ellos, hasta un descampado desde donde se deberían ver los picos nevados de la Sierra, pero no se pudo. Apenas comencé a caminar, se fueron tapando de nubes, y cuando llegué ya solo se podía intuir que ahí era donde estaban. En todo caso, el camino fue ya diferente a los dos días anteriores. Sin maletas encima me sentía vigoroso y subí en un momento. A la bajada, por la cantidad de bifurcaciones menores, me pasé un poco y entré por una casa diferente, un poco más abajo de la casa de Pedro, desembocando en un camino aún de herradura, pero mayor, notablemente importante. Luego los padres de Pedro me explicaron que ese camino conduce a Las Cajas. Entonces pensé que de no haberme separado del camino que llevaba inicialmente el día anterior, de todas maneras hubiera llegado a Nabusimake. En todo caso, aún me quedó tiempo para caminar hasta al poblado propiamente, el que está construido en piedra y que parece como dar un salto en el tiempo. El mismo que ví el día anterior pero que pasé de largo, afanado en encontrar la casa de Pedro. Fue un paso muy rápido, de todas maneras, porque sólo tenía hasta el mediodía para mis caprichos. Allí fui a la tienda de la cooperativa, que al decir de doña Octavia, la señora joven que me atendía en la otra tienda, era la más grande y surtida de Nabusimake. En la cooperativa habia tres indígenas: el que atendía y dos clientes. Yo vi cantidades de cosas útiles para el campo y nada turístico. Bien, pensé, ¿qué pido aquí? Así que me pedí una Pony Malta y unos panes, como si estuviera en la Bogotá de mis tiempos de estudiante. Hablé poco, miré mucho y olvidé la mayoría de las cosas. La sensación era fresca, el lugar oscuro, es decir, sin ventanas. Aunque entraba mucha luz por las puertas pues el día era realmente caluroso. El pueblo parecía desierto, varias casas estaban con candado y poca gente se veía en la calle. Así que me regresé corriendo para alcanzar a meterme rápidamente en el río, como ya había hecho la noche anterior, despedirme y montarme en el carro, una toyota cabinada de un modelo de los años 90, que no recuerdo. Nos llevó en un par de horas a Pueblo Bello, a mí y a seis personas más.

La búsqueda de Pedro finalizó esa tarde. Lo llamé desde Pueblo Bello, mientras esperaba el colectivo de Cotransnevada. Llegué a Valledupar como a las 4:30. Intenté caminar hacia el hotel que me recomendó Pedro -el Eupari-, para familiarizarme con las calles, pero rápidamente sucumbí a la tentación de los moto-taxis. El que me llevó me cobró 3.000 pesos (Pedro se sorprendió de que mne hubiera llevado y me explicó que en Valledupar los moto-taxistas solo llevaban mujeres y personas con discapacidad, pues un hombre les podría robar la moto). El sector me pareció bonito, con las calles estrechas que normalmente me cautivan y en la noche la iluminación ténue que da un aspecto romántico, que no pude disfrutar realmente. La cita fue a las 6:30 p.m. en la casa indígena donde trabaja Pedro. Él me quería mostrar su lugar de trabajo, a sus compañeros y compañeras, y salir desde allí para su casa, donde luego cenamos algo preparado por su esposa que tenía pollo y bastante ensalada. Charlamos de todo: de la historia de Dusakawi -la EPS que iniciaron los arhuacos y que luego se extendió a las cuatro comunidades de la Sierra, más los Wayuú y los U'wa-, de las relaciones de los líderes indígenas con el mundo de la política en Valledupar, de su proceso y del mío, de cuando éramos estudiantes en Bogotá, de los amigos comunes y sus pasos y destinos, etc. Yo ofrecí compartir mi descubrimiento más reciente: el cherrinche aromatizado con tomillo que compré en la tienda donde la señora Octavia. Pedro aceptó encantado. Ya su esposa se había vinculado a la conversación y por un rato charlamos de cualquier tema que fuera apareciendo. Aceptó también el cherrinche, y en un rato nos lo acabamos. Alcanzamos incluso a hacer un negocio con Pedro. Le propuse hacer un trueque de la estufita de campingaz por una mochila arhuaca que le vi intenciones de ofrecerme. Le mostré cómo se manejaba y pareció interesarle, así que hicimos negocio. Me trajo una mochila de lana muy bonita, que fue la del trueque y otra más de fique, que fue como presente para mí.

Un vecino cocainómano, pero inofensivo, se asomó a la ventana para pedir algo de dinero. Era conocido de la casa e Ignacia, la esposa de Pedro lo trataba bien. A las 2:30 ó 3 de la mañana (no recuerdo bien), él se encargó de acompañarme a tomar el taxi, pues a las 4:30 salía el bus del que yo había comprado tiquete hacia Santa Marta. Mi plan ese día era caretear en Taganga y por la tarde salir hacia Barranquilla, a visitar a mi tío Salvador, el que ofreció apoyo a mi papá cuando él viajó de Chiscas (Boyacá) a la costa en la década de 1960, para terminar su bachillerato. El último de sus hermanos y hermanas que aún vive. Él es hermano de mi abuela Bárbara, quien murió hace dos años. Mis recuerdos se preparaban ya para la visita a mi tío mientras me quedé dormido en el bus, que tenía un aire acondicionado infernalmente frío, hasta que llegamos a Santa Marta.

La mochila de lana se la regalé a mi tío Salvador. Por teléfono hablé un par de días después. Me dijo que ya estaba en Nabusimake, pero que aún no había usado la estufita de campingaz. La señal no era buena, así que no pudimos hablar mucho. Lo incluí luego en la lista de whastapp “Buscando a Pedro”, en la que había puesto a los amigos a quienes pedí ayuda para ubicarlo en algún teléfono que tuvieran y, claro, compartí ahora el teléfono correcto con ellos.