martes, 18 de julio de 2023

Del trópico a la Antartida: ida y vuelta

Casi me costó medio siglo caer en cuenta de quién soy, y aspectos de mí que debo a mis padres. En la vida me percato de ello por etapas. Andar con mi hermano, cuñada, sobrina, sobrino y primo, es un ejercicio de espejos múltiples que nos ofrece sorpresas y sonrisas, y quizás también algún que otro susto o preocupación momentáneas. Pero debo dar gracias a mis padres por habernos criado con tanta apertura, con la concretitud de la lucha contra la dificultad, de la disciplina diaria para cumplir con el trabajo que sacará a tus hijos adelante y con un corazón que nunca se fue del lugar del pueblo y de la vereda donde se nació. Sé que, en algún momento entendieron ellos que su tarea era levantarnos, hacernos capaces de empujar la vida hacia adelante y empujar a quienes se pueda y se dejen empujar a nuestro alrededor, para que estemos todos mejor. Mi padre lo intentó con su pueblo, Chiscas, de la misma manera romántica como tomo yo la vida y mis compromisos hoy; mi madre con el celo y dedicación infinitas que la hicieron ascender y ser apreciada y admirada en la Empresa de Teléfonos deBogotá y algunas de sus organizaciones de profesionales y pensionados.

Con Mafalda, Susanita y Manolito en San Telmo

Voy a entrar en mi segundo medio siglo con la memoria fresca, renovada, de gente de lugares lejanos que son espejos sorprendentes. Ya no solo la señora Julia (nombre cambiado provisionalmente), que conocimos en Puerto Iguazú, He visto y charlado en este viaje que luego pasó por Buenos Aires, Ushuaia (Argentina) y ahora Encarnación (Paraguay), cada día con más de cinco personas, entrando en detalles bonitos de la vida de cada uno, en admiración mutua que da la sorpresa, la diferencia: con los taxistas (en Argentina anhelando el fin del peronismo, en Paraguay soñando con el fin de la corrupción), con algunos compañeros y compañeras de viaje casuales en los terminales y en los omnibuses, con amigus colombianos en Buenos Aires y sus amigues en Casa Brandon, y también con algunos anfitriones locales (contactados por las redes Airbnb y Couchsurfing). Además de esta variedad de experiencias, intercambios cortos, a propósito, quise dedicar un tiempo del viaje a conocer al menos una fábrica recuperada, de aquellas que fueron tomadas por sus trabajadores en el año 2001, cuando tras la crisis del “corralito argentino” muchos dueños de fábricas despidieron a sus empleados, se declararon en quiebra y salieron del país1, Pero esto lo contaré en otra entrega.

Poster de exposición visitada en Casa Brandon

Este viaje por Argentina ha sido un tiempo de duelo y al mismo tiempo una oportunidad para detenerse, pensar la vida corriente, y hacerse replanteamientos. Urge reorganizar la vida cuando alguien muere. Con un esfuerzo de la imaginación, pensemos la cantidad de relaciones que quedan cortadas, de las cuales los parientes solo conocerán una parte. El velorio y demás rituales de despedida ayudan a darse cuenta de ello: se acercan de Aprotel, de Unipeteb, de Fontebo2. SI fuera alguien en mi universidad, aparecerían los fondos, los sindicatos, las organizaciones relacionadas con cada investigación. Si se trata de alguien que trabaja por contratos de obra y servicio, aparecen empleadorxs, algunos que fueron amigues también… en fin, una trama densa y compleja que cada persona teje en una vida y al morir debe destejerse para comenzar a remendarse por quienes quedamos aquí, asumiendo las tareas.

Así también son las personas que nos encontramos en el viaje. Hay tramas de vida en San Telmo, el barrio emblemático, mítico, del centro histórico de la ciudad, donde Jorge (nombre cambiado), un mesero habla en inglés y español aleatoriamente mientras sirve empanadas, protagonistas importantes en cada ciudad. Mi hermano ha preguntado por las empanadas salteñas, reconocibles porque son jugosas y la masa está perfectamente sellada para que no escape el jugo. Hoy ya fuera de Argentina, no dimos con ellas, pero en Encarnación unas empanadas chilenas han sido lo suficientemente jugosas como para parecer satisfactorias. Hay también tramas de vida en Ushuaia que conectan con el polo sur. El territorio argentino toca el vértice que une los meridianos 25 y 74, el punto extremo sur de nuestro planeta. Desde 1904, hay una base de operaciones destinada a investigación de manera permanente, en la península Antártica, donde la cordillera de los Andes termina realmente, pues esta cadena montañosa continúa bajo el mar y aparece de nuevo en ese continente gélido, donde Metallica cantó para los habitantes de las bases que son estaciones de investigación científica (por audífonos para evitar efectos peligrosos en este entorno), donde nació por primera vez una persona hace apenas 55 años, donde se libró la última contienda colonizadora de ultramar entre algunas potencias europeas y los países más septentrionales del mundo. Esta finalizó con el Tratado Antártico (1959) que prohibe reclamar territorios en este continente en adelante, e invita a la cooperación científica entre todos. Se conservan como legítimos los reclamos hechos hasta ese momento, en los que la mayor parte es de Australia (31%), Noruega (18%) y Reino Unido (17%). Sin embargo, casi la totalidad del territorio reclamado por este último, está también reclamado por Argentina y/o Chile. 

Por la carretera entre Cerro Castor y Ushuaia

También hay tramas de vida entre los colombianos prestamistas en Puerto Iguazú, de quien supimos por doña Julia y por el señor que vende empanadas en la esquina del parque del Club Deportivo Galaxia (calle Roque Gonzalez con calle República Argentina), y en sus taxistas con quienes hablamos sobre corrupción y soñamos que algún día se logre acabar, y en la guía estudiante que en el parque de las cataratas, después de que resistimos a la insistencia de varios en que contratáramos sus servicios, se acercó para recomendarnos no alimentar a los coatíes, pues se les hace un daño, particularmente las bolsas con muy peligrosas, y estos animalitos pueden hacerse agresivos por los restos de comida de cualquier humano.

Roque González fundó Encarnación

Una trama de estas tocó hoy a Samir, del Nido Colibrí, pues ante la curiosidad de mi hermano por los nombres y dispersión geográfica de este animal, lo quise consultar: en el Amazonas colombiano lo hay, en castellano se le conoce como cusumbo, en bue, es una clase de gedo, cuyo nombre específico es n+maido. Ayer en las ruinas de las misiones jesuíticas de Trinidad, ya otra vez con un clima soportable para cuerpos tropicales, oré y sentí tristeza tanto por la violencia sufrida por los colonizados locales, emparentados por lengua e historia con algunos grupos amazónicos colombianos, como por la sufrida por cada soñador igualitario que ha trabajado en busca de justicia y respeto por la dignidad humana y de los pueblos. He sentido llamado de árbol, de mate, de hoja de coca… las tramas no tienen centro y tampoco tienen fin. Cada uno de estos datos sugiere o se podría relacionar con una trama de vida diferente.

Quizás alguna de nuestras redes de relaciones, entramados de vida, llegue hasta el Parque de Montaña y Estación de Esquí Cerro Castor, a 26 km de Ushuaia, donde con mi hermano, cuñada, sobrino, sobrina y primo, llegamos al punto más extremo de nuestro viaje a terminar nuestro ritual familiar, respecto del cual no diré todos los detalles (sería hermoso hacerlo, pero ¿qué finalidad tendría?). De contar, vale la pena explicar que para quienes gustamos de viajar asumiendo sólo gastos razonables, es decir economizando recursos, ahorrando, la regla número uno es “no pagar paquetes completos”, dos: “siempre cotizar y volver a cotizar hasta saber los precios, las ventajas y desventajas de todos los proveedores del mercado”, tres: “hacerlo in situ, no antes de viajar, pues solo in situ se corrobora la necesidad de cada gasto y cada servicio”. Esto sin embargo, puede tener desventajas, pues a veces el dejar para última hora las decisiones te puede dejar sin el servicio que estabas buscando, pero puede ser un riesgo que vale la pena correr. En nuestro caso, no hubo opción: mi mamá, junto con la familia de mi hermano tenían tiquetes de avión Buenos Aires-Ushuaia que fueron aislados como reservas individuales para que el de mi madra pudiera ser cancelado. 

 

La compra había sido por internet en la página argentina de Aerolínea Argentinas. ¿Cómo fue posible hacerlo? No lo entendemos, pero así fue, y se hizo desde Colombia. Por ello, cuando se tramitó la novedad en Colombia por el fallecimiento de mi mamá, apenas se pudo separar cada persona de esa reserva, pero todo lo demás había que hacerlo en Argentina, con la posibilidad de que no se pudiera. Esto obligó a no comprar los tiquetes de mi primo y míos hasta estar seguros de que se pudiera hacer el cambio de fechas en los tiquetes de mi hermano, y esto generó que todo se hiciera sobre la marcha. Estuvo bien, en todo caso, disfruto un poco con los retos que plantea la improvisación.

En Ushuaia, esto generó que luego de un día y medio de averiguaciones, elegimos ir en Uber hasta la dicha estación de esquí, pero cuando los tres primeros de nosotros nos montamos en el primero, no sabíamos que no habría más automóviles de esta plataforma disponibles. Así que debimos esperar en Cerro Castor una hora hasta que mi hermano, cuñada y sobrina llegaron, en un carro alquilado. Una vez no consiguieron un segundo Uber, fueron a una concesionaria donde alquilaban carros y lograron uno relativamente económico por 24 horas. Fuimos un poco apretados, pero pudimos movernos con más flexibilidad ese día.

Rio Larsiparsabk en Cerro Castor

Los paquetes para visitar el parque de montaña eran costosos, uno sin esquiar y otro esquiando. Sin embargo, es desproporcionado pretender aprender a esquiar en una hora. Esto requiere de varias jornadas, mientras el cuerpo aprende a manejar su peso, el equilibrio y la forma de los esquíes pegados a los pies. Los muchachos y mi sobrina estaban un poco ansiosos con ponerse los esquíes. Fueron ellos quienes se dieron cuenta de que se podía alquilar los esquíes “de fondo”, es decir, unos que se usan en lo plano, lo cual minimiza el riesgo de caídas muy fuertes, que pudieran generar fracturas. Así que comprendido esto, no se diga más: ¡a esquiar!

Cada uno o una de nosotres cayó sobre la pista de esquí de fondo, un poco escarchada ya por la falta de nieve, varias veces en poco más de un kilómetro, hasta llegar al puente sobre el río Larsiparsabk, ahí cada uno pensó un momento en detalles bonitos de mi mamá y por último mi hermano y yo bajamos al río y hablamos con ella, pues la sentimos ahí, quedándose en el punto más al sur en nuestro camino, el punto más bello, donde nos reímos al vernos caer, vimos a los muchachos y a mi sobrina reír resbalando, trastabillamos asustados y divertidos. Dimos las gracias, animamos a seguir el camino que cada unx tenga pendiente, a sentir satisfacción por las tareas cumplidas, la felicitamos por todo lo logrado y nos alegramos juntos por ello, nos comprometimos a continuar con nuestras luchas, que son también las suyas, luego la dejamos ir siguiendo la corriente del río, pero también ella se quedó allí, en el frío hermoso de esa nieve escarchada y resbalosa que nos había hecho trampa y en el brillo de esos picos numerosos que habitan el horizonte, el cielo azul, inmenso que no termina, como los caminos de todos, los caminos familiares.

1En un libro del año 2006, de Alberto Ivern, titulado Hacerlo Posible, leí sobre varias de estas fábricas que me llamaron la atención.

2Asociación de profesionales de la Empresa de Teléfonos de Bogotá, Unión de Pensionados de la Empresa de Teléfonos de Bogotá, Fondo de Trabajadores de la Empresa de Teléfonos de Bogotá.

sábado, 8 de julio de 2023

Retorno a la Madre

Diseño original recordatorio M.V. Lozano Züñiga

[Apartamento de Cristian, julio 7 de 2023, 11 p.m.]

Sin adjetivos, ni espectáculo pese a que el publicar claramente lo es, quiero escribir al inicio de esta etapa del blog, tan olvidado como mi escritura, esta oración simple: -Se murió mi mamá. 

Camino en la selva, cerca de San José, El Encanto, Amazonas

Lo digo en contradicción. Similar quizás a la de un admirado antropólogo a quién conocí por relatos de familias amigas de San José, El Encanto, Amazonas, no personalmente (lo leí de joven, me topé con artículos suyos sobre antropología de la vida cotidiana y quise conocerlo: Horacio Calle, ahora lo conozco por sus amigxs murui, que fueron cercanos a él y ahora son cercanos conmigo). Es la contradicción de lo que tiene sentido hacer y la apariencia del llamar la atención mediante lo escrito, es decir, la lucha con la vanidad de la ciencia (¿social?). 

Quiero pasar desapercibido pero también quiero poner un grano de arena para cambiar el mundo, no ser visto, pero ser el superhéroe y el agente secreto. Y ¿qué ocurre cuando se muere la mamá del agente secreto o del superhéroe? No responderé a mi pregunta (aunque quizás ¿ya lo hice?). 

    
Cerca de las cataratas de Iguazú (Foto de M.V. Lozano Zúñiga)


    Ojalá no muchos lean esto,     pero sé que lo harán.            Afortunadamente no tiene     mucha imagen y ello le            quita un poco de                    espectáculo, pero esta            exhibición de fragilidad,        resiliencia, fortaleza                (¿fingidas?) ¿no es                    inevitablemente                        espectacular? Hace 27            años me declaré en actitud     egocentrada                           (¿egocéntrico?), para            escribir mi monografía de        grado como antropólogo.        Me sigo dando cuenta de        que la primera persona            tiene sentido, pero ese            camino conduce a no                escribir, pues lo más honesto se toca inmediatamente con lo sinceramente modesto, pero ese camino conduce a la acción que nace del corazón, no a las parrafadas en primera persona que dan la sensación de miedo a actuar, a afrontar el riesgo de querer cambiar algo de una forma realmente creativa, sin que nadie te comprenda. Nuevamente, la misma contradicción puede inmovilizar otra vez, pues ¿no es hacer algo diferente equivalente a “dejar una marca”? Y ello es en todo caso el intento de dejar huella en la historia, en algún tipo de historia. Lo contrario sería sólo seguir la pauta, el guión social de lo que todo individux debe hacer (nunca mejor utilizada esta x, pues el género no importa para el capital, aunque sí para formas de reproducción social y material más tradicionales sin fuerza hoy en el mundo moderno)... 



¡Aquí vamos Ushuaia! (Foto en Puerto Iguazú, de D.A. Lozano Zúñiga)


Se murió mi mamá (¡Basta de parrafadas!) y junto con mi hermano, cuñada, sobrino, sobrina y primo-hijo, viajamos a Ushuaia a cumplir el sueño que quedó pendiente de mi mamá: conocer Tierra del Fuego, ver los pingüinos…. Salimos de Bogotá el dos de julio (hace cinco días), pasamos por Asunción (Paraguay) rapidámente, donde aterrizó ese primer vuelo, para llegar a Ciudad del Este (Paraguay), Foz de Iguazú (Brasil) y Puerto Iguazú (Argentina), y tener ahí nuestra primera parada para conocer las cataratas de Iguazú, desde el lado argentino. 

 

Inevitable recordar ahí cuando conocí las cataratas Victoria, hace ya 17 años. 

Foto de mi archivo personal 2006

Igualmente inevitable comparar, pues ambas son caídas de agua colosales, impresionantes y la experiencia está fuera de todo cálculo previo, así como cualquier imagen se queda corta literalmente, pues no da el tamaño de una foto para la dimensión del lugar, y cualquier lente que la quiera reducir la deforma. Por otra parte, las gotas de agua minúsculas, producto del choque violento con el fondo de la caída son una sensación que ninguna cámara logra captar. Esta lluvia invertida genera un microclima que abarca las islas del interior de las cataratas y que se siente con toda su fuerza cerca de la Garganta del Diablo (video arriba) aquí en Iguazú. 

Estas informaciones pueden buscarse en internet y no tienen el carácter único de la búsqueda familiar en que estamos envueltos en este momento estos y estas seis personas viajeras que recordamos a una mamá. 

Foto de D.A. Lozano Zúñiga

En cambio, más parece único el encuentro con una mamá “complementaria” que nos sorprendió en Puerto Iguazú en El Sabroso Delivery (lugar que puede encontrarse en maps), un restaurante esquinero de techo y baranda, de construcción sencilla, en el que los tres más jóvenes del viaje insistieron en repetir cena, es decir, retornar en nuestra segunda noche ahí. El éxito: una pizza de jamón con pimientos del morrón. La pedimos tres veces y, aunque intentamos pedir más cosas para variar, era inútil: siempre alguien volvía a pedir la misma pizza. La señora que nos la sirvió, doña Juana (nombre cambiado temporalmente), con la dulzura propia de la gente de Tucumán, su provincia de origen, nos fue contando partes de su historia y nosotros de la nuestra. Cuando le contamos que mi mamá (nuestra mamá) había muerto y que tenía tiquete para ir hasta Ushuaia, y lo había perdido, y que por eso vamos hasta allá, para terminar por ella esa tarea pendiente, llevarla con nosotros y sorprendernos con el frio, el glaciar, los pingüinos y lobos marinos, como se habría sorprendido ella. 

Ella, la señora, de Tucumán, venida hace cuatro años aquí a Puerto Iguazú, conmovida no solo por nuestra historia, sino por la suya misma, nos contó que le pasó algo similar: su hijo murió hace pocos años en Tucumán, donde vivían. Después de eso fue que ella salió de su tierra y llegó aquí, y le ha ido bien, está contenta. Esto que ha logrado le habría gustado a su hijo, pero él ya no está. Entonces un poco conmovidos también, comimos lo que nos servía, agradecimos, intercambiamos datos para poder mantener luego el contacto: hijos que recuerdan a su mamá. Mamá que recuerda a su hijo. Gracias señora Juana. 

Esperando la pizza de jamón con morrón (Foto de C.D. Muñoz Lozano)



lunes, 23 de octubre de 2017

La desmesura

[Apartamento de Ricardo, Barrio Icaraí, Niteroi, 23 de octubre de 2017, 8 p.m.]

La desmesura es la medida del mundo. Hay que meterse en un bus a dormir varias noches, caminar horas bajo un sol inclemente por encima de los 40 grados centígrados, encontrar un grupo de personas diferente cada día a más de 500 ó 1.000 kilómetros, meterle al estómago una masa diferente, una bebida diferente cada vez y verlo hincharse y deshincharse muchas veces, olvidar el nombre de la persona amable que te acaba de recibir en un aeropuerto o confundirlo con el de la que te recibió ayer en otra parte cuyo nombre se te acaba de escapar, dar consejo sobre cosas de las que no estás seguro, pero en las que una fe o una memoria frágil te arrojan una mínima seguridad, tener tu cabeza o tu corazón más grandes que tu maleta, olvidar el nombre de lo que te estás comiendo y que antes lo olvidaron tus comensales, dudar constantemente sobre para dónde es que vas mañana y a qué hora, sonreir y asentir mientras te preparas para decir: –Nao, desculpa…, pasar de la extrema hambre y cansancio a una saciedad y satisfacción indigestos, tener ardor en los ojos y la espalda cansada pero las entrañas –o algo ahí- agradecidos, dejar de sentir que el sol te quema, no molestarte con el sudor entre tu espalda y la maleta, ni con las moscas rondando tu sudor, ver cómo se va el agua en lo seco y al borde del mar, para para darte cuenta de ello.

Estoy aquí en esta desmesura pegajosa o sensual, una tarde –ya noche- sin agua al borde del mar, a escasos 500 ó 600 metros de una playa, la de Icaraí, en Niteroi. Ninguna claridad me viene cuando pienso en lo que compartir con estudiantes, amigxs, gente curiosa que aún no conoce aquí y a quien esto pueda servir. No escribí nada y olvidé todo. Pero lo tengo todo conmigo mientras pienso y escribo. ¿Soy yo una desmesura y por eso me gusta este ambiente que alegremente me compartieron brasileros y colombianos en estos días anchos y luminosos?, risas amplias, dientes grandes, carcajada sonora, cuerpos voluminosos, rebelión y comunión con los estándares de belleza, el mayor orden y desorden a la vez… Saludar a Iván, abrazarlo, girar hacia un hombre flaco, estatura media, como la mía, verlo a los ojos y sonreir, decir: –prazer, y subirnos a un Fiat 1 viejito pero resistente, al que hay que cerrar la puerta con fuerza para enfrentarnos a más de 100 km por hora con unas tractomulas destartaladas que traquetean a esa gran velocidad como queriendo caer de lado sobre nuestra insignificancia.

Desmesura es torso desnudo de hombres y control sobre el comportamiento de las mujeres. Escribo esto y recuerdo un día común en Manizales, Medellín o Pereira. ¿Qué me da derecho a comentar? ¿No somos de los mismos? Y del fútbol, nada que decir, después de estos días de eliminatorias para el Mundial, es un terreno especial para salirnos de cualquier tamaño decente o normal.

http://www.rodoviariasbrasil.com.br/tag/rodoviaria-do-rio-de-janeiro/

La última desmesura que se atravesó de frente –entre una gran variedad de ellas- apareció hoy, y no fue la gran cantidad de habitantes de calle que rodean el Terminal Rodoviario, digna de ser comparada con el ambiente del Bronx bogotano, atacado por el último alcalde. El domingo, de mañana, llegando, me impresionó tanto que pensé –¿Cómo entra la gente aquí? ¿Cómo voy a entrar (o salir) yo? Pero había olvidado que era domingo, y cuando la gente no va al trabajo el centro de las ciudades queda a merced de sus habitantes. Al contrario, lo que me sorprendió hoy fue el aeropuerto más grande que he visto en Suramérica, a 90 kilómetros de Belo Horizonte y luego de tres cabezadas de a 15 minutos más o menos. Son realmente dos aeropuertos, uno de carga y otro –un poco más pequeño- de pasajeros, separados por unos dos kilómetros. El aeropuerto de pasajeros, por dentro, cuidadosamente pulcro, al detalle bien organizado, que me pareció que era de otra ciudad. Llamado Aeropuerto de Confins. Suena como si de repente el pasajero, desde una tierra ultraterrena, se despega del cochino suelo y llega al cielo, antes de subirse al avión.

Tancredo Neves International Airport Belo Horizonte, Brazil - illustration by Leif Peterson Design

Y mañana… pasaré de nuevo por esa avenida-cementerio, en frente del Terminal Rodoviario Novorio. Ignoro los nombres de esos edificios abandonados, de tamaño imperial –ya rotos, ruinosos y huecos-, que comenzando en uno que llaman Leopoldina van quedando por debajo de la vía elevada que circunvala la ciudad. Cuando iba pasando por allí hace unos días en el bus 710, que va de Niteroi a Rio de Janeiro y que pensé me dejaría cerca de Sao Cristovao. Evité, por miedo, bajarme en la parada que me llevaría en línea recta. Cantidad de habitantes de calle se levantaban, estilo zombi a media tarde, en una calle que atraviesa 500 metros de edificios abandonados, sin calles aledañas visibles, sino la sola sensación de restos de imperio caídos en desuso y desmesuradamente democráticamente puestos a disposición de quienes ocupan la parte inferior de la base de la pirámide…


martes, 10 de octubre de 2017

La generosidad porteña

[Casa Marcela, Villa Lugano, Buenos Aires, 9 de octubre de 2017: 8:45 a.m.]

Una amiga viene insistiéndome hace tiempo en la importancia de aprender a recibir. Así pues, en Buenos Aires estoy teniendo una oportunidad importante para lograrlo.
Marcel Mauss (sociologiac.net)
Desde que llegué, he venido siendo sujeto de relaciones de intercambio diferido dignas de ser citadas por Marcel Mauss, ese reconocido estudioso, antropólogo, de los regalos, presentes, ofrendas, trueques y otras formas de “negocio” que se mueven entre la generosidad y el interés.

Recién desempacadito del avión, en el Aeroparque Newbery, con la vista del Rio de la Plata en frente, la primera donante fue una joven tucumana de nombre a la cubana (se llama como la hija de Fidel). Como en otras ocasiones, pretendió que quien era del lugar era yo, preguntándome si por allí pasaba el autobús número 33. Ocasión para enterarme yo mismo que ese era el autobús que yo debía tomar. Pero una vez ya subidos en el número 33 en cuestión, a punto de volver a bajarme, dándome cuenta que hace años que ya no se puede pagar en el propio autobús, sino que debe ser con una tarjeta de SUBE, ella me detuvo: –No. Espera. No te bajés. Yo te marco. En serio… Sin vergüenza, pero agradecido, subí, insistiendo en pagarle el pasaje. –Pero si no pasa nada, tú acabas de llegar, es como la bienvenida… Mientras, la conversación se iba hacia su trabajo como artista en el sector de San Telmo, hace paisajes, expone y vende en esa calle (Defensa) que se abarrota de turistas buscando un lugar donde ver bailar tango, antigüedades, romper el aburrimiento del turista dándose codazos con otros turistas… Pensé en ofrecerle un regalo, algo colombiano, había traído media libra de café (uno bueno, pero no de la Federación), galletas de café y caramelos de miel, todo pequeño, pero mientras los buscaba en la maleta, me dio pereza. Es sólo una vez, me dije…
Calle defensa, un domingo (commons wikipedia)
La conversación dio para intercambiar correos electrónicos y continuar charlando después. Lamentablemente, no hubo segundo encuentro. Dos días después salió para Tucumán y no alcanzamos a encontrarnos para tomar un café, invitarla a algo, corresponder… 

[10 de octubre, 10 a.m.] El de Alina sería un caso aislado si no hubiera necesitado al día siguiente transporte para retornar desde la calle Santafé con 9 de julio hasta el hostal, que está a una cuadra de calle San Juan, por donde esta cruza a San Telmo. Había caminado por la mañana para recordar las calles y familiarizarme de nuevo con ellas. Llevaba más de cinco años sin venir, y había sido otra estancia aún más corta que esta. Son 45 minutos a paso de contrarreloj los que quería ahorrarme. Entonces, en la parada del colectivo (como se llama a los autobuses), pedí a la primera persona que vi ilustración sobre las rutas, que me marcara con su tarjeta y yo le pagaría el pasaje. La chica, en esta ocasión menos joven que el día anterior, me dijo –No te preocupées. Si no es naada… Llegó el autobús, subimos, marcó y no me quiso recibir nada. Así que poco después le regalaba yo los caramelitos de miel y le echaba un cuento de cómo se hacen.

La tercera víctima fue un hombre, y la cuarta también. Había pensado que a lo mejor se trataba de mi atractivo natural pues, como no me he afeitado desde que llegué y aquí ese look está de moda, y sin peinar… ¡mejor aún! Pero el hombre al que pedí que me marcara la tarjeta y yo le pagaba, para ir al coloquio a la segunda mañana de mi estancia en la ciudad dijo algó inaudible terminado en chée y tampoco me quiso recibir dinero. Y el que me marcó para ir del centro hasta la casa de Marcela, mi anfitriona de couchsurfing, tampoco me quiso cobrar, y ni recuerdo lo que dijo.

Grupo "A las Tres", en concierto. Ariadna (izq.), Marcela y Sole (der.)
Cuando le conté a Marcela, ella buscó una tarjeta sin usar que tenía por ahí y me la prestó. De manera que no seguí ya aprovechándome de la buena voluntad de los usuarios del transporte público. A lo más, me colé una vez, más o menos sin querer. Fue ayer, cuando con mi maleta a cuestas, de retorno a los hostales del centro quise tomar el premetro, un vagón de tren que hace ruta por barrios periféricos del sur de la ciudad y termina en una esquina de la línea E del metro. El pasaje es más barato, solo 2,50 pesos (el de metro vale 6,50). Como al subir, en avenida general Roca, a la altura de Villa Lugano, vi que nadie pagaba, y el vagón se llenaba, y todos pasábamos delante de un policía que vigilaba el vagón, me dije –o el policía está muy perezoso o se paga el tiquete a la salida… Me dormí y desperté ya en Plaza de los Virreyes, fin del recorrido, los niños y sus madres habían bajado ya. Los pocos que abordaban el metro, sacaban sus tarjetas y marcaban para salir. Yo no tenía ya tarjeta. Rápidamente me dirigí al guarda de seguridad de la estación y le dije –voy a comprar la tarjeta, déjame salir a la taquilla. Compré la tarjeta. Vale 25 pesos, pero no pagué el pasaje de premetro. 25 pesos me pareció muy caro… 

Imagen del pre-metro (dossiertransporte.com.ar)

Pero estoy olvidando otro episodio, también me quedé sin saldo en la tarjeta… Para llegar a la cita con David –casi mi familia aquí- en un teatro por Palermo, otro porteño me volvió a gastar. A este sí le dije –¡Es que no me dejan pagar!... Tampoco me hizo caso (¿o quizás recibió un billete de cinco y otro de dos y los guardo en silencio en su bolsillo? Lo he olvidado ya, recuerdos se confunden). Y después de las cervezas y la comida con David (esto sí lo invité yo, ¡algo es algo!), él tuvo que marcarme la tarjeta en el colectivo, pues la mía seguía sin recargar (marca al amigo y baja, como se hace a veces aquí). Pero estas dos transacciones son difíciles de calificar, pues David ahora es porteño-colombiano (¿lo es? ¿Será porteño-ñero? ¿quilmeñero? ¿De la estirpe de los neoñeros iniciada por su hermano mayor hace años en México?).

Barrio Papa Francisco, en construcción, frente al Jumbo de Escalada
En cambio, ¿yo qué he dado? Con orgullo, puedo decir que ya le gasté el primer viaje a un desconocido. Fue en el viaje a Quilmes el sábado en la tarde, a un balbuciente trabajador que regresaba de su trabajo a su casa y al parecer había perdido su tarjeta. Su acento me resultaba tan difícil, y parecía algo borracho, la gente no le hacía conversación, yo seguí el ejemplo un poco, pero con respuestas cortas lo tenía a raya en la fila del colectivo. Me ayudó en todo caso a saber que la ruta 98 tiene variantes, la 1, 2, 3, 4, y 5, y quizás más, pero no quise preguntar. Al final de su monólogo me propuso lo mismo que yo le había propuesto a mis donantes –marcáame y yo te pago a vos… Le dije que no. Después de que le marqué se fue a la última silla entre la multitud apretada y no habló más.

Para coronar: al día siguiente, luego de andar la playa de Quilmes, en busca de un negocio con wi-fi para poderme comunicar con David, en el único negocio que parecía tenerlo, el hombre de la barra, no me entendió que no llevo señal de datos y necesito wi-fi, pensó que no tenía tarjeta de crédito y estaba sin dinero. Había yo preguntado precios y mi cara reflejaba alguna contrariedad (pues lo más barato: el jugo de naranja, me pareció caro, 80 pesos, unos 15.000 pesos colombianos). Entonces lo resolvió fácil –El jugo te lo invito yooo… si no es naaada… Hay que sumarlo al vaso de sidra casi lleno que me regalaron en un bar donde cené el sábado, algo perdido en Quilmes Oeste, buscando wi-fi, y terminé bailando con cuatro señoras con sus canas pintadas de amarillo y rojo y el marido de una de ellas.

Ribera del Rio de la Plata en Quilmes. A la derecha (a lo lejos) el club de pesca Pejerrey.
Con saldo en contra, si contamos la infinita generosidad de Marcela, que me ha dado posada, comida, planes culturales y sociales, información, y me ha presentado a cantidad de gente interesante, creo que mi aporte aquí va siendo risible (la noche que tuve que pagar hotel –regateando como pude- en Quilmes: 450 pesos, en los hostales el promedio diario es 200 pesos en habitación compartida con seis). Antes de anoche intenté corresponder un poco y la situación fue propicia: tras el concierto de Marcela, con su grupo “A las Tres” y el solista Gastón Massenzio, cuatro músicxs hambrientos y dos amigas fueron mis primeras receptoras de algo: chorizo picante, queso pategras y pan con chicharrón, que eran mis tesoros del día, desaparecieron en cuestión de minutos… aaa!

Sesión fotográfica de "A las Tres" después del concierto.
Y ayer cociné algo para Marcela: patacones, marranitas (adaptadas a productos locales: pategras y dulce de batata) y ensalada de mis hallazgos en Liniers (el mercado popular más interesante que he visto por aquí, con muchos bolivianos, peruanos y chilenos: chuño del altiplano, huesito chileno, cancha peruana, restaurante boliviano…). Le eché radicheta, alfalfa, ajos triturados (bien secos, que pueden comerse como pasabocas), y las más conocidas cebolla roja, tomate, más queso pategras, ciruelas pasas y nueces pecanas. El balance de la medida de generosidad, sigue a favor de los porteños.

La cuenta que haría Rusell Bernard, para mis amigxs antropólogxs fieles al registro pormenorizado de la vida social, que aporte a la administración (estilo colonial?), sería más o menos esta (¡gracias Marcela!):


Item
Entradas
Donante
Salidas
Seis viajes en autobús
39 AR$
La generosidad porteña

Una bolsita de caramelos de maní

Javier – detalle viajero
3.000 COP
Una cajita de galletas de café

Javier – detalle viajero
7.000 COP
250 gramos de café

Javier – detalle viajero
5.000 COP
Tres noches de hospedaje gratuito en habitación individual
1350 AR$
La generosidad porteña + couchsurfing Marcela

Tres desayunos y una cena
250 AR$
La generosidad porteña + couchsurfing Marcela

Un jugo de naranja
80 AR$
La generosidad porteña

Cena improvisada de pategras, pan de chicharrón y chorizo

Javier – detalle viajero
150 AR$
Cena de raviolis y pizza con David

Javier – detalle viajero
250 AR$
Un vaso de sidra
80 AR$
La generosidad porteña

Ensalada, marranitas, patacones, yuca frita

Javier – detalle viajero
Invaluable
Tres CDs: Patuá, Amalgama y Mar Adentro, de Marcela Viciano
Invaluable
La generosidad porteña + couchsurfing Marcela


El almuerzo de hoy -la despedida- será preparado entre los dos. La cuenta de lo que me he atrevido a avaluar, va 1799 AR$ - 475 AR$. La generosidad porteña, al parecer, me triplica al momento de esta etapa del viaje. Pero contando lo invaluable...