Antes
de salir de San José, sobre la ribera oriental del río Caraparaná,
con el avío preparado por doña Sofía, había que hacer al menos
algo de visita. La propia doña Sofía, su esposo Juan, papás de
Conrado, el estudiante que me facilitó la ruta y cuyo hermano Marcos
sería mi compañero de viaje, guía y protector, me invitaban a
desayunar con carne de puerco (jabalí, cerdo de monte) y envueltos
de yuca. También llevábamos en el avío de la maleta de Marcos más
carne de puerco, para asegurar no irnos a quedar sin energía. Yo
llevaba en mi maleta dos paquetes de galletas saladas, una lata de
sardinas y dos maracuyás. También llevaba tres bolsas de agua que
me estorbarían los primeros 14 kilómetros. Ya me habían indicado
que el agua de los caños por el camino se puede beber, así que en
ese momento ya tenía la sensación de ser el que se complica la vida
con peso de más. Llevaba tres mudas de ropa, cuatro o cinco libros
que compré por la calle en Bogotá (pensando en contribuir a alguna
biblioteca local en La Chorrera), uno sobre educación de una
editorial reconocida (pensado más para Luz y su trabajo de pasantía)
y algunos regalos: una quena, un par de flauticas, una libra de café,
una de harina para arepas y un queso que compré a la salida de
Sibundoy. Él llevaba cinco kilos de fariña y uno de mambe que yo
debería llevar luego a su hermano en Manizales, una maletica con
cosas dentro, la carne de puerco, fariña para él y mambe para él.
Su maleta estaba hecha de fibras vegetales resistentes (lamenté no
haberle tomado una foto, era una maleta hermosa), el interior
envuelto en un plástico grueso que protegía todo el interior de la
lluvia. Comparando su equipaje con el mío, me doy cuenta de varias
ventajas: la protección para la lluvia era mejor (su plástico era
más grueso que el de mi maleta), debido al material su maleta no
absorbe tanto sudor como la mía, lo cual reduce la molestia de las
abejas, que acuden en masa a chupar el sudor donde lo haya cada vez
que paramos y el zumbido en las orejas es bastante aburridor. Pienso
que aproximadamente cada uno llevaba 15 kilos. O quizás él llevaba
más peso, a sus cosas se agregaba una escopeta que acostumbra llevar
por si acaso (yo había dicho: -Aaa! Vamos es de cacería!, y ellos
se rieron).
La
experiencia de caminar la selva es emocionante y, al ser mi primera
vez, también me dio un poco de miedo. El ímpetu inicial me duró 14
kilómetros. Pudimos recorrer 23 kilómetros sobrados de tiempo,
hasta el kilómetro 57 (en la región acostumbran contar los
kilómetros de los caminos haciendo el cero en La Chorrera). Marcos
me hinchó el ego cuando me dijo: -Tienes paso fuerte, mejor así,
porque llegaremos en dos días y no tengo que preocuparme de ir
esperando. Vamos a su paso... A veces paraba para mirar el techo de
la selva, tan arriba, gracias al cual no nos insolaríamos. Miraba
atento bien adelante por si algún animal se atravesaba. Atrás
seguía Marcos, con su maleta y la escopeta. Pensé que mi comida era
poca, pero ya habíamos salido y en todo caso, la señora Sofía
había enviado bastante carne de puerco para los dos. Antes de llegar
al 57 cruzamos cuatro o cinco caños -perdí la cuenta muy rápido
por el cansancio-, en alguno de ellos (el 61 quizás?), los dos
maderos que había que pasar eran particularmente resbalosos, pero
esto es la excepción a la regla. La mayoría de troncos y maderos
que se dejan caer sobre los caños para poderlos cruzar son de
maderas que no resbalan tanto, y afortunadamente, porque algunos de
ellos (el 44, el 28, el 18) rondan o sobrepasan los diez metros de
largo. ¡Hay que ser equilibrista para no caer a los rios! A veces,
hay clavadas varas lo suficientemente largas como para ayudarse, a la
manera de bastones, o se encuentra algún arreglo del que agarrarse.
Mi amigo Jorge, complementa el dato sobre los puentes de troncos,
comentando que por los caminos del Guaviare, hay intrépidos
motociclistas que pueden atravesar estos rios en sus motos. Aquí, en
los caños del Caraparaná a veces parece más bien que los puentes
los hace la naturaleza misma. Cuatro o cinco troncos derribados
caprichosamente, dispuestos en diagonales incómodas, formando X o
asteriscos al entrelazarse sirven para cruzar.
Extrañé
no saber de botánica, ni de ornitología. En los primeras horas de
las mañanas, cuando el aliento me lo permitía aún, arremedaba
silvando algunos cantos matutinos. Ponía nombre a los pájaros: el
“arbitro”, el “buenos días”, el “quién es usted”, por
el sonsonetico de los cantos. Pero en la manera que íbamos
caminando, la verdad no paré a buscarlos en la espesura. Sólo
algunos tentes (pavitos pequeños) eran fáciles de identificar, pues
son los únicos que están a la altura del camino, en su torpeza no
alcanzaban a escapar y sé que si quisiéramos comerlos, fácilmente
se rendirían. Pero me dí cuenta rápidamente que el plan de mi
compañero de viaje era llegar lo más pronto posible para alcanzar a
regresarse antes de un campeonato de fútbol que se jugaba el martes
en San Rafael, un poblado con un colegio notable en la ribera
oriental del Caraparaná, una hora antes en pequepeque de San José,
de donde habíamos partido esa mañana. Decía: -Así podemos llegar
al kilómetro 40... -Así podemos llegar al kilómetro 44... Haciendo
sus cálculos en voz alta según las fuerzas y el ritmo que traíamos.
Poco
antes de llegar al 66, había sentido yo los efectos del hambre. Mi
paso se redujo, la boca del estomago gruñió desde adentro y
agradecí el cañito que pasaba por ahí. Descargué la maleta y me
bañé, pero aunque era mediodía y Marcos preguntó si almorzábamos
allí, preferí guardar comida para más adelante, calculando que la
que llevaba era poca y debía rendir para dos días... Lamenté esa
decisión. Los cinco kilómetros hasta el 61 me parecieron durísimos
y definitivamente lentos. Allí fue: bañito obligado, engullimiento
de sardinas y galletas, yo sólo, pues él prefirió un poquito de
carne y mambear el tramo de la tarde. No se veía tan cansado como
yo. No necesitó el baño revitalizador.
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Vista desde dentro del toldillo, kilómetro 44. |
El
segundo día se repitió la experiencia hambre-paso lento tres veces,
en secuencias más cortas, hasta el punto que a partir del kilómetro
12 Marcos decidió ponerse al frente y marcar el paso, y nos cogió
la noche en el monte. Desde el kilómetro seis ya sacamos las
linternas. Eran como las 8:30. Había resistido la jornada gracias a
dos ibuprofenos que un carguero que se cruzó con nosotros en el
kilómetro 36 me regaló. Marcos se reía de mí porque no quería
recibir. Pregunté: -¿Para qué?, y el señor me dijo: -¡Pues para
el dolor! En ese momento caí en cuenta que tenía los piés
doloridos, como si las uñas se fueran a levantar, las piernas más
que sin fuerzas, con dolor, la espalda cansada y cansado de la
maleta. Comprendí porqué entre la basura de los refugios que hay
cerca de los caños había empaques de pastillas y cápsulas. Recordé
que algo me había preguntado alguien sobre si llevaba calmantes y yo
no había entendido. ¿Para qué? Hablaron ellos un rato. El carguero
llevaba varios litros de vacuna contra la malaria para el Hospital de
El Encanto y otras medicinas. Como allí no hay avión, las habían
mandado por La Chorrera. Calculaba llegar al día siguiente.
Comentaba que él mismo, en su juventud, ¡había recorrido los 80
kilómetros en un día! En esa época era habitual. Se levantaban a
las 3 ó 4 de la mañana, y a las 5 de la tarde ya estaban al otro
lado.
El
ibuprofeno me había permitido andar ese día. Pero aún así los
kilómetros finales fueron los más duros. Él me dijo al llegar al
último caño, en el seis: -Ahora sí: una subida y una bajada y
luego todo es plano, hasta el rio, y ya está habitado, así uno se
motiva y coge más fuerza... A mí me pareció que fueron dos subidas
y dos bajadas. Y aunque sí es verdad que fue un poquito más plano.
Yo ya solo podía caminar de dos en dos. Paramos en el cuatro, en el
dos... Iba buscando dónde estaban las casas de estos habitantes,
pero no veía nada. Él señalaba en la oscuridad y decía: -Ahí hay
una chagra... Yo no la veía. Llegamos al dos y me tiré al suelo
nuevamente, quitándome aparatosamente la maleta. Desde allí
llamamos a Luz, ya por fin con señal para estar comunicado
nuevamente. Pero no contestaba. Le escribí por whatsapp y tampoco.
Caminamos un kilómetro más y me volví a tirar al piso. Intenté
varias veces, hasta que entró la llamada. ¡Qué alivio! Respiré
hondo y procuré animarme para agarrar las fuerzas que aún me
faltaban. Me dijo que avisando que era su profesor, un bote de la
comunidad nos pasaría al otro lado (en los días siguientes nadie me
cobró un peso por ninguno de los desplazamientos en bote). Pero
después de cruzar el rio, aún había que caminar un par más de
kilómetros. ¡Los más duros de todo el camino! Parecía que
entrábamos a un pueblo, pero comenzamos a avandonarlo y tuve un
último desconsuelo. Tuve que tirarme una vez más al piso a mitad de
este último camino hasta la casa. De nuevo Marcos tomó la
iniciativa y fue delante. Del lugar de la cita -la iglesia del
pueblo-, luego de haber dejado de lado el ruido de música fuerte del
internado en algún lugar al oriente del camino, hasta la casa de
Luz, al tramo fue de metros, afortunadamente.
El
resto: conocer a mis anfitriones, guindar chinchorro tambaleándome,
calmar la sede con cuatro o cinco vasos de caguana de milpesos, comer
ávidamente, agradecer a Marcos, quien había cedido su última
ración de carne de puerco para darme fuerzas en el camino y había
mambeado toda la última parte del camino, recostarse cada uno en su
hamaca, chinchorro, último esfuerzo de comprender el camino mirando
en el googlemaps del teléfono, tratando de encontrar dónde era que
el Caraparaná se devolvía de semejante rodeo tan grande que
requería de tres días de remolcador entre El Encanto y La Chorrera
si uno viene por agua... Tres días después alguien me explicó,
riéndose, que aquí no es el Caraparaná, sino el Igaraparaná,
entonces comencé a entender.
Estaba
sorprendido de haber llegado. Pero más sorprendido imaginando esta
modalidad deportiva: 80 kilómetros de campo traviesa con mucho
barro, lluvia, sol, puentes estrechos en un solo día. Si fuera una
prueba olímpica aquí en un a época fue habitual batir el record
mundial. Lo hacían todos los días.