sábado, 1 de octubre de 2016

Un record olímpico nunca registrado

Antes de salir de San José, sobre la ribera oriental del río Caraparaná, con el avío preparado por doña Sofía, había que hacer al menos algo de visita. La propia doña Sofía, su esposo Juan, papás de Conrado, el estudiante que me facilitó la ruta y cuyo hermano Marcos sería mi compañero de viaje, guía y protector, me invitaban a desayunar con carne de puerco (jabalí, cerdo de monte) y envueltos de yuca. También llevábamos en el avío de la maleta de Marcos más carne de puerco, para asegurar no irnos a quedar sin energía. Yo llevaba en mi maleta dos paquetes de galletas saladas, una lata de sardinas y dos maracuyás. También llevaba tres bolsas de agua que me estorbarían los primeros 14 kilómetros. Ya me habían indicado que el agua de los caños por el camino se puede beber, así que en ese momento ya tenía la sensación de ser el que se complica la vida con peso de más. Llevaba tres mudas de ropa, cuatro o cinco libros que compré por la calle en Bogotá (pensando en contribuir a alguna biblioteca local en La Chorrera), uno sobre educación de una editorial reconocida (pensado más para Luz y su trabajo de pasantía) y algunos regalos: una quena, un par de flauticas, una libra de café, una de harina para arepas y un queso que compré a la salida de Sibundoy. Él llevaba cinco kilos de fariña y uno de mambe que yo debería llevar luego a su hermano en Manizales, una maletica con cosas dentro, la carne de puerco, fariña para él y mambe para él. Su maleta estaba hecha de fibras vegetales resistentes (lamenté no haberle tomado una foto, era una maleta hermosa), el interior envuelto en un plástico grueso que protegía todo el interior de la lluvia. Comparando su equipaje con el mío, me doy cuenta de varias ventajas: la protección para la lluvia era mejor (su plástico era más grueso que el de mi maleta), debido al material su maleta no absorbe tanto sudor como la mía, lo cual reduce la molestia de las abejas, que acuden en masa a chupar el sudor donde lo haya cada vez que paramos y el zumbido en las orejas es bastante aburridor. Pienso que aproximadamente cada uno llevaba 15 kilos. O quizás él llevaba más peso, a sus cosas se agregaba una escopeta que acostumbra llevar por si acaso (yo había dicho: -Aaa! Vamos es de cacería!, y ellos se rieron).

La experiencia de caminar la selva es emocionante y, al ser mi primera vez, también me dio un poco de miedo. El ímpetu inicial me duró 14 kilómetros. Pudimos recorrer 23 kilómetros sobrados de tiempo, hasta el kilómetro 57 (en la región acostumbran contar los kilómetros de los caminos haciendo el cero en La Chorrera). Marcos me hinchó el ego cuando me dijo: -Tienes paso fuerte, mejor así, porque llegaremos en dos días y no tengo que preocuparme de ir esperando. Vamos a su paso... A veces paraba para mirar el techo de la selva, tan arriba, gracias al cual no nos insolaríamos. Miraba atento bien adelante por si algún animal se atravesaba. Atrás seguía Marcos, con su maleta y la escopeta. Pensé que mi comida era poca, pero ya habíamos salido y en todo caso, la señora Sofía había enviado bastante carne de puerco para los dos. Antes de llegar al 57 cruzamos cuatro o cinco caños -perdí la cuenta muy rápido por el cansancio-, en alguno de ellos (el 61 quizás?), los dos maderos que había que pasar eran particularmente resbalosos, pero esto es la excepción a la regla. La mayoría de troncos y maderos que se dejan caer sobre los caños para poderlos cruzar son de maderas que no resbalan tanto, y afortunadamente, porque algunos de ellos (el 44, el 28, el 18) rondan o sobrepasan los diez metros de largo. ¡Hay que ser equilibrista para no caer a los rios! A veces, hay clavadas varas lo suficientemente largas como para ayudarse, a la manera de bastones, o se encuentra algún arreglo del que agarrarse. Mi amigo Jorge, complementa el dato sobre los puentes de troncos, comentando que por los caminos del Guaviare, hay intrépidos motociclistas que pueden atravesar estos rios en sus motos. Aquí, en los caños del Caraparaná a veces parece más bien que los puentes los hace la naturaleza misma. Cuatro o cinco troncos derribados caprichosamente, dispuestos en diagonales incómodas, formando X o asteriscos al entrelazarse sirven para cruzar.

Extrañé no saber de botánica, ni de ornitología. En los primeras horas de las mañanas, cuando el aliento me lo permitía aún, arremedaba silvando algunos cantos matutinos. Ponía nombre a los pájaros: el “arbitro”, el “buenos días”, el “quién es usted”, por el sonsonetico de los cantos. Pero en la manera que íbamos caminando, la verdad no paré a buscarlos en la espesura. Sólo algunos tentes (pavitos pequeños) eran fáciles de identificar, pues son los únicos que están a la altura del camino, en su torpeza no alcanzaban a escapar y sé que si quisiéramos comerlos, fácilmente se rendirían. Pero me dí cuenta rápidamente que el plan de mi compañero de viaje era llegar lo más pronto posible para alcanzar a regresarse antes de un campeonato de fútbol que se jugaba el martes en San Rafael, un poblado con un colegio notable en la ribera oriental del Caraparaná, una hora antes en pequepeque de San José, de donde habíamos partido esa mañana. Decía: -Así podemos llegar al kilómetro 40... -Así podemos llegar al kilómetro 44... Haciendo sus cálculos en voz alta según las fuerzas y el ritmo que traíamos.

Poco antes de llegar al 66, había sentido yo los efectos del hambre. Mi paso se redujo, la boca del estomago gruñió desde adentro y agradecí el cañito que pasaba por ahí. Descargué la maleta y me bañé, pero aunque era mediodía y Marcos preguntó si almorzábamos allí, preferí guardar comida para más adelante, calculando que la que llevaba era poca y debía rendir para dos días... Lamenté esa decisión. Los cinco kilómetros hasta el 61 me parecieron durísimos y definitivamente lentos. Allí fue: bañito obligado, engullimiento de sardinas y galletas, yo sólo, pues él prefirió un poquito de carne y mambear el tramo de la tarde. No se veía tan cansado como yo. No necesitó el baño revitalizador.

Vista desde dentro del toldillo, kilómetro 44.
La jornada de la tarde fue repetir esta experiencia del hambre en el paso, pero con números menores. El envión inicial duró unos ocho o nueve kilómetros. El descanso en el 50 fue bendito y los seis kilómetros hasta el 44 fueron de borracho. Pensaba como pidiendo a los mayores cuyas memorias habitan estos lugares fuerza para llegar pronto, para no desfallecer. Caminaba como un borracho, avanzando por la inercia del cuerpo y gastando mis escasas energías en frenar a un lado a otro, y no caer. Hacía rato que ya el agua había entrado en mis botas y sentía que llevaba más por dentro que la que había fuera, hasta que en algún charco, con una pisé la otra y saqué el pié con la media empapados, para luego darme cuenta que la tenía pisada y por eso no la podía sacar. Con las energías reducidas, algo desmoralizado, pero aún orgulloso, paramos en el 44. De nuevo bañito de rigor, comida, esta vez no tanta. Tender el chinchorro, huir de las abejas y avispas y meterse a ver cómo oscurecía al día lentamente, mientras hablábamos: -Mañana, si salimos a las 6 a.m. Y mantenemos este paso, llegamos a las 5 p.m. La Chorrera... decía él. Pero yo ya pensaba, calculaba que mi cuerpo no lo resistiría.

El segundo día se repitió la experiencia hambre-paso lento tres veces, en secuencias más cortas, hasta el punto que a partir del kilómetro 12 Marcos decidió ponerse al frente y marcar el paso, y nos cogió la noche en el monte. Desde el kilómetro seis ya sacamos las linternas. Eran como las 8:30. Había resistido la jornada gracias a dos ibuprofenos que un carguero que se cruzó con nosotros en el kilómetro 36 me regaló. Marcos se reía de mí porque no quería recibir. Pregunté: -¿Para qué?, y el señor me dijo: -¡Pues para el dolor! En ese momento caí en cuenta que tenía los piés doloridos, como si las uñas se fueran a levantar, las piernas más que sin fuerzas, con dolor, la espalda cansada y cansado de la maleta. Comprendí porqué entre la basura de los refugios que hay cerca de los caños había empaques de pastillas y cápsulas. Recordé que algo me había preguntado alguien sobre si llevaba calmantes y yo no había entendido. ¿Para qué? Hablaron ellos un rato. El carguero llevaba varios litros de vacuna contra la malaria para el Hospital de El Encanto y otras medicinas. Como allí no hay avión, las habían mandado por La Chorrera. Calculaba llegar al día siguiente. Comentaba que él mismo, en su juventud, ¡había recorrido los 80 kilómetros en un día! En esa época era habitual. Se levantaban a las 3 ó 4 de la mañana, y a las 5 de la tarde ya estaban al otro lado.

El ibuprofeno me había permitido andar ese día. Pero aún así los kilómetros finales fueron los más duros. Él me dijo al llegar al último caño, en el seis: -Ahora sí: una subida y una bajada y luego todo es plano, hasta el rio, y ya está habitado, así uno se motiva y coge más fuerza... A mí me pareció que fueron dos subidas y dos bajadas. Y aunque sí es verdad que fue un poquito más plano. Yo ya solo podía caminar de dos en dos. Paramos en el cuatro, en el dos... Iba buscando dónde estaban las casas de estos habitantes, pero no veía nada. Él señalaba en la oscuridad y decía: -Ahí hay una chagra... Yo no la veía. Llegamos al dos y me tiré al suelo nuevamente, quitándome aparatosamente la maleta. Desde allí llamamos a Luz, ya por fin con señal para estar comunicado nuevamente. Pero no contestaba. Le escribí por whatsapp y tampoco. Caminamos un kilómetro más y me volví a tirar al piso. Intenté varias veces, hasta que entró la llamada. ¡Qué alivio! Respiré hondo y procuré animarme para agarrar las fuerzas que aún me faltaban. Me dijo que avisando que era su profesor, un bote de la comunidad nos pasaría al otro lado (en los días siguientes nadie me cobró un peso por ninguno de los desplazamientos en bote). Pero después de cruzar el rio, aún había que caminar un par más de kilómetros. ¡Los más duros de todo el camino! Parecía que entrábamos a un pueblo, pero comenzamos a avandonarlo y tuve un último desconsuelo. Tuve que tirarme una vez más al piso a mitad de este último camino hasta la casa. De nuevo Marcos tomó la iniciativa y fue delante. Del lugar de la cita -la iglesia del pueblo-, luego de haber dejado de lado el ruido de música fuerte del internado en algún lugar al oriente del camino, hasta la casa de Luz, al tramo fue de metros, afortunadamente.

El resto: conocer a mis anfitriones, guindar chinchorro tambaleándome, calmar la sede con cuatro o cinco vasos de caguana de milpesos, comer ávidamente, agradecer a Marcos, quien había cedido su última ración de carne de puerco para darme fuerzas en el camino y había mambeado toda la última parte del camino, recostarse cada uno en su hamaca, chinchorro, último esfuerzo de comprender el camino mirando en el googlemaps del teléfono, tratando de encontrar dónde era que el Caraparaná se devolvía de semejante rodeo tan grande que requería de tres días de remolcador entre El Encanto y La Chorrera si uno viene por agua... Tres días después alguien me explicó, riéndose, que aquí no es el Caraparaná, sino el Igaraparaná, entonces comencé a entender.


Estaba sorprendido de haber llegado. Pero más sorprendido imaginando esta modalidad deportiva: 80 kilómetros de campo traviesa con mucho barro, lluvia, sol, puentes estrechos en un solo día. Si fuera una prueba olímpica aquí en un a época fue habitual batir el record mundial. Lo hacían todos los días.

Un record olímpico nunca registrado

Antes de salir de San José, sobre la ribera oriental del río Caraparaná, con el avío preparado por doña Sofía, había que hacer al menos algo de visita. La propia doña Sofía, su esposo Juan, papás de Conrado, el estudiante que me facilitó la ruta y cuyo hermano Marcos sería mi compañero de viaje, guía y protector, me invitaban a desayunar con carne de puerco (jabalí, cerdo de monte) y envueltos de yuca. También llevábamos en el avío de la maleta de Marcos más carne de puerco, para asegurar no irnos a quedar sin energía. Yo llevaba en mi maleta dos paquetes de galletas saladas, una lata de sardinas y dos maracuyás. También llevaba tres bolsas de agua que me estorbarían los primeros 14 kilómetros. Ya me habían indicado que el agua de los caños por el camino se puede beber, así que en ese momento ya tenía la sensación de ser el que se complica la vida con peso de más. Llevaba tres mudas de ropa, cuatro o cinco libros que compré por la calle en Bogotá (pensando en contribuir a alguna biblioteca local en La Chorrera), uno sobre educación de una editorial reconocida (pensado más para Luz y su trabajo de pasantía) y algunos regalos: una quena, un par de flauticas, una libra de café, una de harina para arepas y un queso que compré a la salida de Sibundoy. Él llevaba cinco kilos de fariña y uno de mambe que yo debería llevar luego a su hermano en Manizales, una maletica con cosas dentro, la carne de puerco, fariña para él y mambe para él. Su maleta estaba hecha de fibras vegetales resistentes (lamenté no haberle tomado una foto, era una maleta hermosa), el interior envuelto en un plástico grueso que protegía todo el interior de la lluvia. Comparando su equipaje con el mío, me doy cuenta de varias ventajas: la protección para la lluvia era mejor (su plástico era más grueso que el de mi maleta), debido al material su maleta no absorbe tanto sudor como la mía, lo cual reduce la molestia de las abejas, que acuden en masa a chupar el sudor donde lo haya cada vez que paramos y el zumbido en las orejas es bastante aburridor. Pienso que aproximadamente cada uno llevaba 15 kilos. O quizás él llevaba más peso, a sus cosas se agregaba una escopeta que acostumbra llevar por si acaso (yo había dicho: -Aaa! Vamos es de cacería!, y ellos se rieron).

La experiencia de caminar la selva es emocionante y, al ser mi primera vez, también me dio un poco de miedo. El ímpetu inicial me duró 14 kilómetros. Pudimos recorrer 23 kilómetros sobrados de tiempo, hasta el kilómetro 57 (en la región acostumbran contar los kilómetros de los caminos haciendo el cero en La Chorrera). Marcos me hinchó el ego cuando me dijo: -Tienes paso fuerte, mejor así, porque llegaremos en dos días y no tengo que preocuparme de ir esperando. Vamos a su paso... A veces paraba para mirar el techo de la selva, tan arriba, gracias al cual no nos insolaríamos. Miraba atento bien adelante por si algún animal se atravesaba. Atrás seguía Marcos, con su maleta y la escopeta. Pensé que mi comida era poca, pero ya habíamos salido y en todo caso, la señora Sofía había enviado bastante carne de puerco para los dos. Antes de llegar al 57 cruzamos cuatro o cinco caños -perdí la cuenta muy rápido por el cansancio-, en alguno de ellos (el 61 quizás?), los dos maderos que había que pasar eran particularmente resbalosos, pero esto es la excepción a la regla. La mayoría de troncos y maderos que se dejan caer sobre los caños para poderlos cruzar son de maderas que no resbalan tanto, y afortunadamente, porque algunos de ellos (el 44, el 28, el 18) rondan o sobrepasan los diez metros de largo. ¡Hay que ser equilibrista para no caer a los rios! A veces, hay clavadas varas lo suficientemente largas como para ayudarse, a la manera de bastones, o se encuentra algún arreglo del que agarrarse. Mi amigo Jorge, complementa el dato sobre los puentes de troncos, comentando que por los caminos del Guaviare, hay intrépidos motociclistas que pueden atravesar estos rios en sus motos. Aquí, en los caños del Caraparaná a veces parece más bien que los puentes los hace la naturaleza misma. Cuatro o cinco troncos derribados caprichosamente, dispuestos en diagonales incómodas, formando X o asteriscos al entrelazarse sirven para cruzar.

Extrañé no saber de botánica, ni de ornitología. En los primeras horas de las mañanas, cuando el aliento me lo permitía aún, arremedaba silvando algunos cantos matutinos. Ponía nombre a los pájaros: el “arbitro”, el “buenos días”, el “quién es usted”, por el sonsonetico de los cantos. Pero en la manera que íbamos caminando, la verdad no paré a buscarlos en la espesura. Sólo algunos tentes (pavitos pequeños) eran fáciles de identificar, pues son los únicos que están a la altura del camino, en su torpeza no alcanzaban a escapar y sé que si quisiéramos comerlos, fácilmente se rendirían. Pero me dí cuenta rápidamente que el plan de mi compañero de viaje era llegar lo más pronto posible para alcanzar a regresarse antes de un campeonato de fútbol que se jugaba el martes en San Rafael, un poblado con un colegio notable en la ribera oriental del Caraparaná, una hora antes en pequepeque de San José, de donde habíamos partido esa mañana. Decía: -Así podemos llegar al kilómetro 40... -Así podemos llegar al kilómetro 44... Haciendo sus cálculos en voz alta según las fuerzas y el ritmo que traíamos.

Poco antes de llegar al 66, había sentido yo los efectos del hambre. Mi paso se redujo, la boca del estomago gruñió desde adentro y agradecí el cañito que pasaba por ahí. Descargué la maleta y me bañé, pero aunque era mediodía y Marcos preguntó si almorzábamos allí, preferí guardar comida para más adelante, calculando que la que llevaba era poca y debía rendir para dos días... Lamenté esa decisión. Los cinco kilómetros hasta el 61 me parecieron durísimos y definitivamente lentos. Allí fue: bañito obligado, engullimiento de sardinas y galletas, yo sólo, pues él prefirió un poquito de carne y mambear el tramo de la tarde. No se veía tan cansado como yo. No necesitó el baño revitalizador.

Vista desde dentro del toldillo, kilómetro 44.
La jornada de la tarde fue repetir esta experiencia del hambre en el paso, pero con números menores. El envión inicial duró unos ocho o nueve kilómetros. El descanso en el 50 fue bendito y los seis kilómetros hasta el 44 fueron de borracho. Pensaba como pidiendo a los mayores cuyas memorias habitan estos lugares fuerza para llegar pronto, para no desfallecer. Caminaba como un borracho, avanzando por la inercia del cuerpo y gastando mis escasas energías en frenar a un lado a otro, y no caer. Hacía rato que ya el agua había entrado en mis botas y sentía que llevaba más por dentro que la que había fuera, hasta que en algún charco, con una pisé la otra y saqué el pié con la media empapados, para luego darme cuenta que la tenía pisada y por eso no la podía sacar. Con las energías reducidas, algo desmoralizado, pero aún orgulloso, paramos en el 44. De nuevo bañito de rigor, comida, esta vez no tanta. Tender el chinchorro, huir de las abejas y avispas y meterse a ver cómo oscurecía al día lentamente, mientras hablábamos: -Mañana, si salimos a las 6 a.m. Y mantenemos este paso, llegamos a las 5 p.m. La Chorrera... decía él. Pero yo ya pensaba, calculaba que mi cuerpo no lo resistiría.

El segundo día se repitió la experiencia hambre-paso lento tres veces, en secuencias más cortas, hasta el punto que a partir del kilómetro 12 Marcos decidió ponerse al frente y marcar el paso, y nos cogió la noche en el monte. Desde el kilómetro seis ya sacamos las linternas. Eran como las 8:30. Había resistido la jornada gracias a dos ibuprofenos que un carguero que se cruzó con nosotros en el kilómetro 36 me regaló. Marcos se reía de mí porque no quería recibir. Pregunté: -¿Para qué?, y el señor me dijo: -¡Pues para el dolor! En ese momento caí en cuenta que tenía los piés doloridos, como si las uñas se fueran a levantar, las piernas más que sin fuerzas, con dolor, la espalda cansada y cansado de la maleta. Comprendí porqué entre la basura de los refugios que hay cerca de los caños había empaques de pastillas y cápsulas. Recordé que algo me había preguntado alguien sobre si llevaba calmantes y yo no había entendido. ¿Para qué? Hablaron ellos un rato. El carguero llevaba varios litros de vacuna contra la malaria para el Hospital de El Encanto y otras medicinas. Como allí no hay avión, las habían mandado por La Chorrera. Calculaba llegar al día siguiente. Comentaba que él mismo, en su juventud, ¡había recorrido los 80 kilómetros en un día! En esa época era habitual. Se levantaban a las 3 ó 4 de la mañana, y a las 5 de la tarde ya estaban al otro lado.

El ibuprofeno me había permitido andar ese día. Pero aún así los kilómetros finales fueron los más duros. Él me dijo al llegar al último caño, en el seis: -Ahora sí: una subida y una bajada y luego todo es plano, hasta el rio, y ya está habitado, así uno se motiva y coge más fuerza... A mí me pareció que fueron dos subidas y dos bajadas. Y aunque sí es verdad que fue un poquito más plano. Yo ya solo podía caminar de dos en dos. Paramos en el cuatro, en el dos... Iba buscando dónde estaban las casas de estos habitantes, pero no veía nada. Él señalaba en la oscuridad y decía: -Ahí hay una chagra... Yo no la veía. Llegamos al dos y me tiré al suelo nuevamente, quitándome aparatosamente la maleta. Desde allí llamamos a Luz, ya por fin con señal para estar comunicado nuevamente. Pero no contestaba. Le escribí por whatsapp y tampoco. Caminamos un kilómetro más y me volví a tirar al piso. Intenté varias veces, hasta que entró la llamada. ¡Qué alivio! Respiré hondo y procuré animarme para agarrar las fuerzas que aún me faltaban. Me dijo que avisando que era su profesor, un bote de la comunidad nos pasaría al otro lado (en los días siguientes nadie me cobró un peso por ninguno de los desplazamientos en bote). Pero después de cruzar el rio, aún había que caminar un par más de kilómetros. ¡Los más duros de todo el camino! Parecía que entrábamos a un pueblo, pero comenzamos a avandonarlo y tuve un último desconsuelo. Tuve que tirarme una vez más al piso a mitad de este último camino hasta la casa. De nuevo Marcos tomó la iniciativa y fue delante. Del lugar de la cita -la iglesia del pueblo-, luego de haber dejado de lado el ruido de música fuerte del internado en algún lugar al oriente del camino, hasta la casa de Luz, al tramo fue de metros, afortunadamente.

El resto: conocer a mis anfitriones, guindar chinchorro tambaleándome, calmar la sede con cuatro o cinco vasos de caguana de milpesos, comer ávidamente, agradecer a Marcos, quien había cedido su última ración de carne de puerco para darme fuerzas en el camino y había mambeado toda la última parte del camino, recostarse cada uno en su hamaca, chinchorro, último esfuerzo de comprender el camino mirando en el googlemaps del teléfono, tratando de encontrar dónde era que el Caraparaná se devolvía de semejante rodeo tan grande que requería de tres días de remolcador entre El Encanto y La Chorrera si uno viene por agua... Tres días después alguien me explicó, riéndose, que aquí no es el Caraparaná, sino el Igaraparaná, entonces comencé a entender.


Estaba sorprendido de haber llegado. Pero más sorprendido imaginando esta modalidad deportiva: 80 kilómetros de campo traviesa con mucho barro, lluvia, sol, puentes estrechos en un solo día. Si fuera una prueba olímpica aquí en un a época fue habitual batir el record mundial. Lo hacían todos los días.

Samai

¿En qué manos la Tierra, y en dónde están los que se enamoraron de ella?”
Pedro Ortíz


Caminando el valle de Sibundoy con amigos, enero de 2015
Muchos temas me hacen y me harán retornar a Sibundoy. Está la familia que me dio posada hace dos años, cuando en busca de sanación di una vuelta a Colombia cuya última estación fue allí -”Un perro me habló de esperar y se comió un pan que guardaba para almorzar...”, dice Pedro. Ana contempla las travesuras de Tobiash, Nerón, Max, Aura, Tony, y sonríe. Hasta ahora me doy cuenta de que el poema “Hija de la luna” es para ella. Hace dos años su hospitalidad y la de su familia me ayudaron a reorientar mi vida. Ahora, mi casa es un lugar que puede ayudar a otras personas a encontrarse. Imposible no sentir conexión con mi casa y con el proyecto impreciso, concreto intangible, práctico soñador que crece allí, mientras doy una vuelta para acompañar a Juana y Luz. Viaje impreciso, idealista insensible, poético realista, reduccionista abierto, javierto... estas cosas voy divagándolas, discurriéndolas mientras estoy sentado mirando el lugar de trabajo de Juana. Su jefa y ella, acordes al tamaño de la biblioteca sueñan suavecito, quizás cortico, cautas. El equipamiento tiene unas alas que andan sueltas por el pueblo, listas a ser dispuestas en conjunto, para volar. Pedro es una de ellas. Nombra el rio que seguiré: “Por aquí corren los días fríos de mayo. Leímos el Libro Rojo del Putumayo”. La palabra me da escalofrío. No olvido desde hace 23 años, cuando leí el adjetivo humble por primera vez. Era algo como “The native is so humble that...” '...cuando no llena el tarrito de la savia del caucho, agacha su cabeza y pone la mano para que se la corten' (lo recuerdo del artículo de M. Taussig que leímos en Etnohistoria, publicado en la revista Amazonia Peruana de 1976, si mal no recuerdo). Qué adjetivo tendrá la valentía y la bajeza de significar esta actitud? Humilde? Sumiso? Noble? Odiosas palabras, cada una que se atreva condenará a quien se atreva a pronunciarla... Ese camino es el que recorreré luego, cuando baje del Sibundoy a Puerto Asís. Después de la ruta que por Puerto Leguízamo lleva a El Encanto. Desde la casa de Santos, en un poblado en los alrededores de este puerto del Putumayo, a medio camino entre los Andes y la frontera con Brasil, en el punto llamado Tarapacá.

Pedro me explica que su poesía tiene el sabor de la tierra, transmite el calor de la tierra, del amor, de las pequeñas cosas, y tiene un toque de conciencia social, de educar a la gente y enseñar compromiso. Por eso anuncia guerreros que cambien los capítulos amargos de la vida. Es un indígena ingano recordando el régimen del terror de las caucherías de la Casa Arana. En pocos días estaré en esa casa, ahora convertida en el Colegio de La Chorrera, donde estudian los jóvenes Bora, Murui-Muina, M+n+ka y Okaina.
Vista del Colegio de La Chorrera

Paola Andrea me muestra la biblioteca y me anuncia ideas pendientes con Pedro y los escritores locales, rescates de las memorias en peligro de desaparecer, actividades con los niños, de creación de palabras nuevas, de nueva poesía, nuevos cuentos. Escuchamos a estos niños, piensan en cuento, cuando llega el momento de compartir lo que crearon en grupo, levantan todos la mano, todos los grupos quieren contar... Son guerreros de la palabra que se alistan para venir. Gracias Pedro. Gracias Pao.

Alguien me dijo, a propósito del tiempo,
que una mañana de neblina y trueno nació un guerrero.
Me he tendido a pensar en ese momento,

y en el viento, y en el viento...”
Pedro Ortíz (Samai)