jueves, 12 de febrero de 2015

Balance de viaje

Siento que no soy bueno para contar historias. Cuando alguien me pregunta, después de mi regreso, qué hice, tiendo a resumir, como hace todo el mundo. Sucede que no siempre es fácil entender a cuál  significado se refiere quien nos pregunta, si al significado literal o al pragmático. La respuesta correcta entonces es algo del estilo de: -Nada... -Muchas cosas... -De todo un poquito... -Bien, con mi familia, etc. Sin embargo, me encuentro que a veces, amigos enfatizan ante mi resumen ramplón pero conversón, en que lo que quieren decir es que responda literalmente, que les eche el cuento. En ese momento me faltan las palabras para comenzar. No sé qué contar primero. Lo más fácil: comenzar con "El 23 de diciembre salí para Bogotá...", con la esperanza de que en algún momento del relato, tenga que cortar, cuando vea al otro u otra, cabeceando de sueño.

Lo que he contado hasta aquí podría ser mentira, y haber acomodado fotos de otras épocas con algunas recientes para hacer parecer como que realmente hice todas estas visitas entre el 23 de diciembre y el 22 de enero. Luego de mi toma del remedio donde el taita Juan, en cuyo ritual nocturno hay fuerte influencia católica, pero también un trato tierno con el tigre y el guacamayo, a quienes se dirige en diminutivo, para que lo ayuden, para que nos ayuden, me siento bien, entero, enérgico (no sé si por el viaje mismo por Colombia, o por el viaje del yagé). Me vienen recuerdos a veces de esa noche, pasada la medianoche, luego de haber esperado más de tres horas acostado en un junco (para quienes no conocen, unas cañitas secas pisadas, de una variedad que en este estado guarda aire y es abullonada), durmiendo intermitentemente. Me encanta la imagen de un tigrecito tigrecito viniendo en mi auxilio (aunque no la visualicé durante mi sueño). Cuando miré los cuadros católicos, brindé por mis antepasados y pensé en mi bisabuelo Nepomuceno, mis abuelos Germán, David, mis abuelas Bárbara, Benilda, mis padres... de la generación de mis abuelos el único que queda vivo es mi tío Salvador, el que visité en Barranquilla, dos días después de la cita con Pedro en Valledupar. Con todos sus problemas y sus hijas engendradas ya pasados los 60 años, es el superviviente de su época. Sobrevive incluso a mi padre, su compañero de pilatunas hace 50 años por las calles de Ciénaga. Él murió hace 15 años. Recordé tantos sueños con mi padre en estos 15 años. Pensé si lo vería. Influenciado por las enseñanzas sobre Don Juan, el chamán amigo de Carlos Castaneda, me pregunté bajo qué figura se podría presentar el yagé y qué diría... Mis compañeros de ritual dijeron: -Buena pinta... Yo me senté y cerré los ojos un rato. La verdad, en mi caso, encontré muchas imágenes borrosas, algunas motivadas por mí mismo en mi afán de "ver" algo... Comprendí que se trataba de orar en un sentido libre y dejé fluir ensoñaciones. Formas sin forma, al parecer sin motivo. Las manchas en la pared al otro lado de la habitación se me parecieron a una silueta de la costa de Cartagena, como la vi hace 22 años, llegando en un barco de contrabando, desde Isla Fuerte, con 15 molas en mi maleta, dispuesto a venderlas en las playas de Bocagrande: -Molas para regalaaar!... -Molas para decoraar!... contínuo, durante diez horas, tres días, hasta llegar a la conclusión de que debía contentarme con haber vendido la mitad de las molas y haber recuperado la inversión y un poco más. suficiente para llegar a donde mi tío Salvador, en Barranquilla. Podría haberme quedado a vivir en Barranquilla, siguiendo la invitación de mi tío y a lo mejor, tendría un hijo costeño próximo a entrar en la universidad, como mis compañeras y compañeros de generación. Poco antes del fin de año me enamoré y pensé en tener un hijo, pero esa relación se venía marchitando en las semanas anteriores al viaje. Este dolor también me empujó al viaje, y ahora buscaba claridad en este camino diferente. La claridad, en realidad, me la trajo el viaje. Mis anfitriones me mostraron su vida y cómo están viviendo, cada uno, cada una, me hizo antojar de lo que hace, de cómo vive. Pedro y su esposa Sandrine me mostraron tal cariño por sus niños -biologicos de ella-, adoptivos para él... Igual Wilton y su esposa en San Vicente... mis sobrinos me encantan y me quieren... La familia que me acogió aquí... las chicas más jóvenes del grupo que visitamos a don Sixto, que podrían ser mis hijas.. todo me pareció lindo, emocionante. Ver estas personas vivas, aprendiendo, gozando, riendo... podría ser. Pero también esta emoción de visitar, como si volara, todos estos lugares, ha sido posible por no estar amarrado a nada. ¿Qué será mejor? El yagé no me dijo nada al respecto. Es decir, lo que quiera que haga, será bueno.

En cambio interpreté otras imágenes, las pocas comprensibles y que aún recuerdo como una invitación a seguir viajando y a internarme en la selva. Un amigo, desde San José del Guaviare, me proponía en estos días ir a trabajar en educación indígena por allá, pero uno de los hermanos de mi anfitriona en Sibundoy decía en una imagen: -todavía no son fechas... Un hombre mayor, con un capisayo puesto corría tras una chiva que arrancaba hacia alguna parte, y decía: -espeere!, espeere! De un salto se ponía en la plataforma trasera y reía sonoramente. Pensé que era don Juan, el taita, burlándose de algo, quizás de mí... Solo lo compartí con la abuela de mi anfitriona, ya en la casa, habíendo regresado y ella lo interpretó como un signo de que el taita está armando viaje. Al día siguiente al viaje del yagé, mi amigo me explicó por teléfono que, por el momento, la posibilidad de trabajar en el Guaviare, para mí, quedaba postergada, no se habían dado todas las condiciones que esperábamos.

Finalicé mi viaje entero. Sin accidentes, mi recuperación de una herida que me había hecho en el pié derecho en noviembre pasado, cuando me clavé tontamente un escalón de escalera mecánica de aeropuerto en el empeine, era ahora completa, cierta infección cutánea, que molestaba un poco antes del viaje, había desaparecido ya, y sentía que el yagé y la limpieza que el taita me hizo por la mañana (me puso a cargar una piedra como de dos kilos (o kilo y medio) con las dos manos mientras el hacía el ritual (media hora, quizás? como que le caí bien al taita Juan). Del peso prolongado sobre mis antebrazos, hubo un momento que el cuerpo me empezó a temblar de manera casi incontrolable, mientras él terminaba de sacar lo que hubiera quedado de malo luego de la parte de la que el yagé se había encargado la noche anterior (mientras vomitaba, comprendía que era el yagé el que salía, sacando con él todo lo malo, limpiando). Pensé que este movimiento podía agregarle dramatismo al momento y que quizás el temblor no se debía a este peso sino genuinamente a algo fuerte que me estaba saliendo. Ese día me sentía fuerte, irresistible, nada se opondría ahora a mis nuevas determinaciones y planes. El olor de las yerbas utilizadas en esta parte del ritual me acompañó durante dos días, el baño del segundo día no consiguió borrarlo por completo. Era un olor fuerte, dulzón, en todo caso agradable. Cuando llegué a Manizales, dos días después, aún sentía este olor y este vigor. Mi vida no es perfecta ahora, ni ha mejorado sustancialmente aún, pero ciertas determinaciones, con sus dudas, me parecen algo más serias. Procuro apartar las dudas, a veces con éxito. Al parecer, este mes, incluida esta ultima experiencia me confirman como alguien muy comunitario, que puede serlo más todavía.

Lo que pase conmigo, en concreto, ya se verá. Si lo que vi significa que seguiré viajando, espero seguirlo compartiendo por aquí. Gracias por leer estas historias (perdonen lo presumido que aparezca a veces).

[Debo las fotos]